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30 enero 2016

El malo de la clase.

Antes de nada y para acallar rumores, me gustan los niños. No me gustan los hijos, o sea, el hecho de tener yo niños, que es diferente. Pero en general los niños me gustan a la barbacoa y creo que tengo buena mano con ellos. 

Hace años que trabajo con niños. En el hotel dirigía hordas de infantes ávidos de fiesta y minidisco, y ahora soy profesora de Lengua y de Inglés. Tengo un primo de siete años al que adoro y al que veo crecer a pasos agigantados, como si cada día sin verle contase como treinta y cualquier tarde de estas viniera a despedirse porque se va a casarse a Las Vegas.

Y la cuestión es que tengo miedo. Tengo buena memoria a largo plazo y, en mis tiempos, los niños eran más niños. No me refiero a la inocencia exclusivamente, (quizá estábamos demasiado empanaos entonces, viviendo en nuestra burbuja del colegio de monjas donde nos saltábamos los temas de educación sexual y si nos tocábamos se nos caerían las manos) sino a... no sé, ternura. Empatía. Bondad. Cariño.  A ninguno de los de mi generación se le ocurriría jamás faltar al respeto a un profesor, a una madre o a cualquier adulto en general. Hacíamos travesuras, claro, pero el que llegaba a hacerle daño de verdad a otro era visto como "el malo de la clase" por todos los demás.
Últimamente es difícil encontrar niños bonicos, tiernos, achuchables. Hoy todos son los malos de la clase. Tengo un alumno que, a sus siete años, me llama hija de puta con total naturalidad justo antes de empujarme y pirarse en mitad de una clase. Por la calle veo a grupitos de niños dándoles patadas a los perros, acosando a los más débiles -induciéndoles al suicidio, cosa que me aterra sobremanera-  insultando, faltando al respeto, creyéndose los amos y señores del universo. 
Y yo siempre digo que los peques no tienen la culpa, sino esos padres que, a pesar de hacerlo lo mejor que supieron, no lo hicieron bien. No soy madre y debe ser muy complicado, pero los progenitores tienen una gran responsabilidad que no todos son capaces de asumir.

No sé qué ha cambiado, a quién o a qué echarle la culpa de esta nueva generación de pequeños demonios sin empatía ni sensibilidad. ¿Es porque ahora se crían medio solos, mientras sus dos padres tienen que trabajar? ¿Es porque lo tienen todo sin esfuerzo ninguno? ¿Es porque tienen demasiada libertad a la hora de ver la televisión, navegar por internet y, en definitiva, disponen de demasiada información no apta para menores? ¿Es porque las normas son necesarias, y los nuevos padres lo olvidaron? ¿Es porque ya no sabemos dar ejemplo de amor, cariño y respeto en casa?
No lo sé. Es difícil, supongo.  
Lo que sí sé es que esos niños a los que hoy les reímos las gracias cuando nos hablan como viejos verdes serán los que gobiernen el mundo en el futuro. Y ya me dirás tú qué mierda de mundo será ese en el que el niño que lee, el niño sensible, el niño que llora porque "a las niñas no se les llama putas" son acosados, humillados y perseguidos hasta que algo se les quiebra por dentro. 
¿Sentirán algo de culpa los acosadores cuando son conscientes de las consecuencias de sus actos? ¿Qué pensarán ahora los que pegaban a Diego en el cole? ¿Cambiarán? ¿Se puede "reconducir" a un niño malo? Me decía hoy mi amigo Fernando que esto debe ser como lo que decía César Millán en la tele: hay un punto de no retorno. En cuanto un perro traspasa cierto nivel de agresividad, es imposible encauzarlo. Pues con los niños, me pregunto yo, ¿existirá ese punto de no retorno?

Ojalá mi primo no se vuelva un demonio nunca... O igual sería mejor para él por la cuenta que nos trae. Bah.


31 octubre 2015

This is Jalogüín 2015: especial cortos de suhto

Gabri, mi estudiante particular, me ha animado a que atualice hoy el blog con los mejores cortos de terror que he visto este año yo, que soy una amante del canguelo y de ver películas con media cara tapada. Y oye, como estamos en Jalogüín y pega, pues vamos allá.

Las culpas a él, ojo.







16 octubre 2013

Las puertas del mal.

De verdad, no gano pa sustos. 
Ya os lo he dicho otras veces y aquí nadie me hace caso, pero mi vida está llena de Expedientes-X. 
Esta vez se trata de un posterguei de esos, que me tiene negra ya y que ha conseguido que mi familia me tache de loca. 
La cuestión es que el armarito de mi cuarto de baño se abre solo, durante la noche. Cada madrugada, cuando me voy a acostar, entro en el baño a lavarme los dientes y me aseguro de que todo esté en orden y el armario se quede cerrado, y cada mañana cuando me levanto me lo encuentro abierto de par en par. Teniendo en cuenta que tan sólo yo uso ese baño el asunto es inquietante, cuanto menos. 

Se lo comenté a mi madre la segunda o tercera vez que me pasó y ella se descojonó primero y me regañó por pensar estupideces, después.... y mi padre ya hace chistes sobre el tema a la hora de la comida.  Así que está claro que estoy sola en esto. Quien quiera (o lo que quiera) que abra las puertas del armarito ha conseguido aislarme y que nadie me crea. Ya no digo nada cuando lo sobrenatural sucede porque total, se van a reír de mí. Esto es algo que tengo que lidiar por mí misma. 
Ahora que una cosa sí que os digo: así empiezan todas las víctimas de las pelis de miedo, y acaban descuartizadas y semidesnudas en un bosquecillo. 

En twitter (porque fui a contároslo muy asustada hace unos días) me habéis sugerido mil soluciones para desentrañar el misterio, tales como comprobar que el armario no esté inclinado y que las puertas se abran por pura gravedad, o pegarlas con celo a ver si el fantasma tiene narices de abrirlas. 
Pienso estudiarlo a fondo. Esta noche voy a pegarlas con celo muy fuerte, y a ver si tiene lo que hay que tener para amanecer abierto mañana.

Si algún día dejo de escribir en el blog, que sepáis que el armarito del baño me ha engullido.

Este es el armario del mal. Lo de abajo son los pantalones de mi pijama.

28 junio 2013

Lastre.

Soltemos lastre.

No necesitamos ni la mitad de las cosas que acarreamos encima a diario: recuerdos, miedos, fotos, ropa vieja, juguetes, preocupaciones, compromisos.

Facebook, Twitter, Instagram, etc no te están espiando con fines oscuros. No pasa nada por usarlos.
Tampoco pasa nada si me lees y no me dejas ningún comentario. Fuera contratos de fidelidad en blogs.
No me voy a enfadar si no te acuerdas de mí, o si se te ha roto aquello que te regalé con todo mi cariño e ilusión.
No necesito que vengas a mi cumpleaños, si no puedes. No hay por qué celebrarlo todo, sin excepción.
No tengo por qué caerte bien, ni tú fingirlo.
No tenemos que estar de acuerdo en todo.
No necesito mi jersey favorito desde los doce años.
No me hacen falta excusas o explicaciones sin sentido.
La casa puede estar desordenada de vez en cuando sin que llegue el Apocalipsis.
Perderse, a veces, es la única forma de llegar.
En mi cuarto no hay espacio para fotos, cartas, postales, llaveros, posters, viejos mapas, souvenirs, discos, cds, dvds, carpetas llenas de garabatos, muñecos, etc. Pero sí en mi memoria.

Si intentas volver al pasado, (lugares, personas) nada será igual. No somos los mismos.

Si vas a querer a alguien, que sea sin miedo y de verdad.

No eres un fracasado por equivocarte.



No se acaba el mundo si no me quieres. 






31 octubre 2012

This is Halloween II


Otro año más y ya vuelve a ser jallogüín. Y, como ya viene siendo costumbre en mi vida cada vez que se acerca una celebración, lo voy a pasar con gripe y sin salir de casa. 

De todos modos os diré que tampoco me importa demasiado, puesto que no entiendo muy bien esa costumbre yankee de celebrar la muerte como si fuese algo chachiguay. Yo en todo caso comprendo mejor y respeto lo de acordarse de los difuntos queridos, ir a la misa de Todos los Santos y demás, y eso que no soy creyente.


Aún así debo confesar que lo que más rabia me va a dar esta vez es no haberme podido disfrazar. Y es que para mí esta noche tan sólo es una excusa para disfrazarme, cosa de la que soy muy fan. Si por mí fuese me disfrazaría cada finde de juerga; prueba de ello es que trabajé dos años de animadora turística tan sólo porque tendría que vestirme de pirata, hawaiana, fantasma, cabaretera, etc.

Y para hoy tenía pensado un par de looks que iban a ser sin duda la sensación. No os diré nada porque igual los exploto el año que viene :P 

Pero nah, aquí estoy, con mi bata fashion, mis mocos, mis frenadolses y mis toses. Y como no quería que esta fiesta pasara sin pena ni gloria por Una de Rizos..., os dejo con mis mayores pesadillas del momento. 
Vosotros salid, pasadlo bien, sembrad el terror y contádmelo todo. ¿De qué os vais a disfrazar, si es que lo haréis? 

Feliz Halloween. Mwahahahah...





Sin duda este es el que acojona más


31 octubre 2009

Las copas del terror

Halloween ya está aquí. Hoy parece que incluso el clima se las ha apañado para crear un ambiente jallogüinero: Málaga ha amanecido con una neblina extraña que hace que la bahía parezca el Chicago de los años 20 xD

Y bueno, no pensaba yo añadir mucho más al tema terrorífico; es más, tenía planeado publicar una foto mía haciendo el canelo (para variar) con unas antenas con calabazas de los chinos, pero... tenía que hacerlo. Tenía que venir rauda y veloz a publicar una historia que me ha puesto la piel de gallina, porque es real. Verdaderamente verídica, valga la redundancia.

No sé si lo he contado ya, pero mi madre se ha aficionado a la fotografía y hasta se ha comprado una Reflex muy chula. Dice que la mejor luz para las fotos son al amanecer y al anochecer, así que no es extraño levantarme temprano por la mañana y encontrármela en pijama y zapatillas haciendo fotos en la terraza...
Y así ocurrió hace unos días. Me desperté a eso de las nueve y media, me levanté y me arrastré hasta la cocina en busca de café... y me choqué con ella en el salón. Mi padre aún no se había levantado, y mi perro dormitaba en su sofá. Mi madre, en cambio, estaba ya muy sonriente y emocionada: Bea, Bea, Bea, ¡no sabes lo que me ha pasado! 
Entorné los ojos mirándola como ese smiley que tanto me gusta: ¬¬ qué te ha pasado, mamá...

Y entonces me hizo sentarme delante de su portátil y me enseñó las fotos que había estado haciendo esa mañana. Al principio no veía nada extraño: composiciones que pretendían ser artísticas, como ella dice, y fotos bastante bonitas de las flores y cactus del balcón. Ahí fue cuando ella señaló otra serie de fotos, en las que se veía  su juego de copas de colores puestas delante de folios de papel para simular un fondo blanco:



-Muy bonitas, mamá. Aunque deberías usar una sábana o algo, en vez de papel, que queda cutre...


-¿¿ES QUE NO LO VES, BEA??

Yo abrí los ojos como platos y traté de despertarme del todo para fijarme bien en la foto, pero no veía ná. Hasta que ella le dio al botón de ampliar, buscó el pedazo de foto que le interesaba y me lo plantó delante de las narices... y lo comprendí todo:



Supuse que se trataba de una de las genuinas bromas de mi familia, y me giré para ver si mi señor padre estaba por ahí escondido y descojonándose de mí... pero no. Mi madre había estado sola, completamente sola, mientras hacía esas fotos. Me contó que se había sentado en el suelo al hacerlas, para no salir reflejada en el cristal. Era imposible que nadie más hubiese estado de pie a su lado esa mañana... así que ¿quién (o qué) es esa sombra que aparece en la foto, reflejada en la copa roja? ¿Por qué parece un hombre de pie, con las piernas abiertas, y se ve con tanto detalle?

Nunca lo sabré. No pienso mandar las fotos a Cuarto Milenio, porque como no le encuentren una explicación científica al asunto me veré obligada a mudarme inmediatamente.
Así que aquí estoy, respetando el día de los muertos más que nunca. Y si vivir con un fantasma en casa es mi castigo por jugar con fuego... más me vale acostumbrarme, supongo.

Os dejo, que me voy a leer un libro de poltergueistes. Sed buenos esta noche, ligad mucho y, sobre todo, alejaos de las copas de colores.



Queda finalizada -por este año- la sección terrorífica de Una de Rizos... Mañana mismo continuará la pava.

28 octubre 2009

Creo que me he hecho pipins

¿Os gusta el cine?
A mí me apasiona, y más si la película en cuestión es de esas que enganchan y que me mantienen en vilo durante dos horas.
Como os podréis imaginar, las de terror son mis favoritas. Os dejo con algunos de los momentos del cine que verdaderamente consiguieron que me temblasen hasta los rizos:


















24 octubre 2009

Fear of the dark

Soy bastante cagueta. Le tengo miedo a lo desconocido, a caminar sola por la calle a partir de las ocho de la tarde, a los que van haciendo el loco en el coche por la autovía.
Pero lo que más miedo me da, lo que me aterra de verdad... es lo que no puedo ver. Lo que siento, pero no se ve.

Hace algunos años escuché por la radio una historia que me heló la sangre: una mujer contaba que al conducir de madrugada camino de su casa por una carretera comarcal desierta, se topó con un coche volcado y un montón de gente alrededor. Se bajó inmediatamente, dispuesta a ayudar a los accidentados, y se acercó al grupo observando un extraño comportamiento en ellos: nadie se movía. Todo el mundo estaba de espaldas a ella, parados mirando el coche destrozado.
La mujer se acercó entonces a un hombre y le preguntó qué estaba pasando ahí, a lo que el extraño caballero se giró hacia ella con una expresión extraña en el rostro y le dijo, muy serio: aléjate de aquí. Vete inmediatamente; ésto no es para ti.
Ella se asustó y se dio la vuelta para irse, pero a medio camino entre el lugar del accidente y su coche decidió dejarse de tonterías y hacer algo para ayudar. Se giró de nuevo para pasar del tío raro y acercarse al coche volcado, pero allí no había nada ni nadie. Sólo campo y oscuridad.

Aquella historia me puso la piel de gallina, sobre todo porque la escuché conduciendo de camino a casa, de noche. Me pasé todo el trayecto imaginándome fantasmas caminando por la autovía; tenía miedo al torcer cada curva, no fuese a salir nadie raro de detrás de la esquina.
Y no, no salió ningún fantasma... pero fue horrible. Seguramente fruto de mi imaginación, sentía cosas chungas, malas energías en el ambiente... y estaba segura de que había alguien más por allí, aunque yo no pudiese verlo.
Aún hoy me pasa que cuando conduzco de noche a veces noto sensaciones raras y se me pone la piel de gallina. Entonces recuerdo aquella historia radiofónica y ya se me ponen a temblar las manos, como a una quinceañera.

No lo puedo evitar. Mi imaginación es mucho más poderosa que mi vista, y más teniendo en cuenta que veo poco y mal sin gafas.
Pero cuando voy a entrar en una habitación a oscuras y alargo la mano hacia el interruptor para encender la luz, me acuerdo de una historia que me contó mi madre hace tiempo y me entra el canguelo, pensando que hay alguien agazapado en la oscuridad y que me rozará el brazo justo cuando apoye la mano en el interruptor.

Lo que se siente, pero no se ve.
¿Qué es lo que te da más miedo a ti? Cuéntamelo y quizá esta noche a todos nos una el mismo temor...

19 octubre 2009

Noche en el monte rizoso

Somos de naturaleza condicionable y sensorial. A todos nos ha pasado alguna vez que, caminando por la calle en una noche tranquila y hermosa de luna llena, nos acordamos de pronto de aquella peli en la que los vampiros o los zombies o los hombres lobo atacaban a los pobres paseantes solitarios... y sin poder evitarlo terminamos aligerando el paso para llegar pronto a casa.

En mi caso es fácil asustarme. Tengo una imaginación traviesa que adora gastarme bromas de mal gusto, así que tan sólo hace falta un mínimo de creatividad para hacer que se me ponga la piel de pollo: una película de serie B cualquiera, una historia de terror contada a la luz de las velas, una frase malintencionada en el momento preciso, una canción intimidante de melodía lúgubre, un paisaje oscuro y siniestro al torcer la esquina conduciendo...

Junto con el olfato, la música tiene el poder del tiempo. Una canción cualquiera puede hacernos retroceder al pasado y hacernos revivir de nuevo aquel episodio que nos marcó hace muchos años, aunque por entonces decidiésemos que es mejor olvidar.
Cuando se trata de miedos la cosa se hace incluso más irremediable: ¿alguien no ha sentido cierto malestar al escuchar los chirridos de la banda sonora de Psicosis, o la angustiosa melodía del Exorcista?
Yo no lo puedo evitar. Quizá porque mi vida ha estado siempre repleta de música de todo tipo, aquellas canciones que me provocan castañeteo de dientes no se podrían contar con los dedos de las manos.
Os dejo con las más importantes, y os invito a que me digáis las vuestras propias.


MusicPlaylist

18 octubre 2009

Marmolina.

Yo siempre escuchaba a mi profesora de manualidades atentamente, mientras ella nos contaba mil historias de fantasmas para amenizar esos ratos en los que nosotras, sus cuatro aprendizas de once años, dábamos pinceladas de turquesa y magenta sobre la delicada marmolina.

Tenía una casa verdaderamente grande. Para llegar hasta la terraza, que era donde teníamos las pinturas y pinceles y aquella mesa enorme que olía a bosque viejo que tanto me gustaba, había que recorrer un pasillo estrecho y sinuoso desde el que se podían adivinar bastantes habitaciones, todas en sempiterna penumbra y silencio. Sandra, la profesora, solía decirnos que le gustaba la tranquilidad y que por eso no quería abandonar aquella casa familiar perdida en mitad de la nada: la ciudad no estaba hecha para los artistas, o al menos para los bohemios como ella.
Yo pasaba mi mirada por cada estantería repleta de libros, polvo, jarrones rotos decorados a mano y fotografías en blanco y negro, y pensaba que quizá un poquito de ciudad no le iría mal a aquel lugar que casi parecía tender al derrumbe.
Justo antes de llegar a la terraza, en el salón, un butacón orejero gigante presidía la esquina más oscura. Allí era donde la mamá de Sandra, (nunca me la presentó pero supuse que sería su madre, por la edad y el parecido físico) una anciana seria y a menudo ausente, solía sentarse a dormir la siesta o ver la tele. Jamás conseguí sacarle una sonrisa a pesar de saludarla a diario con educación, así que después de unos meses yendo a clases opté por ignorar su presencia tal y como hacía la anciana con nosotras las niñas.

Pues bien, como os comentaba, a Sandra le encantaba contarnos historias de terror mientras trabajábamos. Creo que es la mujer más imaginativa y divertida que he conocido, y sabía como hacer que nos temblasen las rodillas en sólo diez minutos. Aseguraba que cada una de las vivencias relatadas eran reales: que ella misma había escuchado aquellas voces en caserones deshabitados y contemplado esas sombras amenzantes bajando escaleras. En más de una ocasión me puse tan nerviosa que no conseguí dominar al pincel y acabé por salpicarlo todo de pintura... con su reprimenda correspondiente, eso sí, entre risas.

Aún recuerdo aquella mañana como si fuese ayer. Yo cumplía doce años y para celebrarlo me llevé a casa de mi profesora una tarta de chocolate y batidos, consciente de que tanto Sandra como mis compañeras eran unas golosas sin remedio.
Limpiamos de trastos y pinceles la mesa de la terraza, colocamos un mantel de colores y vasos de plástico y nos sentamos formando un círculo para dar buena cuenta de los manjares festivos. Justo antes de cortar el primer pedazo, Sandra se giró hacia el salón y gritó:
-¡Mamá! ¿Quieres tarta de cumpleaños de Bea?

Como era de esperar, no obtuvo respuesta alguna. La vieja continuó con la mirada fija en la tele, sentada en su butacón de la esquina. Mis compañeras me miraron entonces muy serias, quizá pensando lo mismo que yo: la pobre anciana estaba senil o simplemente pasaba del resto del mundo... incluida su hija.
Pero aquello no pareció inmutar a Sandra, que cortó la tarta en pedazos bastante generosos y nos fue sirviendo una por una con su mejor sonrisa en los labios. Comimos hasta hartarnos charlando sobre no se qué casa encantada de la playa, hasta que me armé de valor y, dejando la cucharilla de plástico sobre el plato, comenté con voz temblorona:

-Oye, Sandra... ¿qué le pasa a tu mamá? ¿Está bien? A mi abuelo le han comprado un sonotone que es realmente bueno, y quizá no tendría que poner la tele tan alta si...

No pude terminar la frase. Sandra se levantó de un salto con los ojos muy abiertos, desorbitados, y dando una palmada seca sobre la mesa se volvió hacia mis compañeras y gritó, sosteniendo el cuchillo en el aire de una forma un tanto violenta:

-¡¡¡LO VEIS!!! ¡¡NO ESTOY LOCA!! Decídselo a vuestras madres, ¡no estoy loca!

Las niñas casi se atragantan ante tal griterío y, asustadas, se levantaron y casi atropelladamente salieron de allí sin despedirse como alma que lleva el diablo. Yo me quedé estupefacta, sin saber cómo reaccionar. Opté por levantarme también, azorada y sin comprender qué pasaba ahí, y me despedí de Sandra con la mano sin ni siquiera poder articular palabra. Salí de la terraza caminando hacia el pasillo confundida, y cuando estaba a punto de torcer la esquina me topé de frente con la anciana en su butaca. Tenía la mirada encendida, clavada en mí, y me asustó el verla tan... despierta y seria. Como si de pronto tuviese algo que decirme. Como si me advirtiese de algo malo.

Solté un alarido y eché a correr. Ya era demasiado para una niña asustada... Tardé menos de un minuto en alcanzar la puerta y salir de aquella maldita casa. No podía quitarme de la cabeza la imagen de mi profesora enloquecida, chillando frases sin sentido sin venir a cuento. También me sentía mal porque presentía que ese ataque de demencia fue provocado por algo que dije yo, y no lograba entender el qué ni por qué.
Y la vieja, con esa mirada enfadada y profunda después de meses de ausencia y pasotismo. Pensaba en todo a la vez mientras cruzaba la calle y llegaba a la parada del autobús para volver a casa, cuando me topé con mis compañeras de manualidades, que también esperaban allí. Me miraron por un instante con una expresión muy rara que me hizo detenerme en seco.

-¿Pero qué narices os pasa? ¿Qué ha pasado allí dentro?

Tardaron unos minutos en responderme. Una de ellas, la más pizpireta, susurró:

-Bea, ¿en qué estabas pensando? ¿Por qué mencionaste a su madre, sabiendo que Sandra está medio loca? Mi madre me prohibirá volver allí si se entera de que ha tenido un ataque...

De nuevo más confusión. Ya sí que no tenía ni idea de qué estaba ocurriendo, y como debieron verlo en mi mirada perdida, traté de explicarme como mejor pude:

-Pero vamos a ver. ¿Por qué no puedo nombrar a la vieja? Es normal que los ancianos no escuchen, sólo me preocupaba por ella y por Sandra, que la pobre tiene que llevar fatal el estado de su mamá...

-Su mamá murió hace dos años, Bea. Mis padres fueron a su entierro.






No volví a aquel caserón. Pero aún ahora, dieciséis años más tarde, sigo viendo en mis peores pesadillas aquella última mirada de la madre de Sandra, amenazante... siniestra. Me pregunto si a día de hoy volvería a verla si fuese a visitar a mi profesora con alguna excusa.

La verdad es que prefiero no saberlo.

17 octubre 2009

Pumpkins scream in the dead of night

Ya se acerca jallogüín, y con motivo de tan bonito día mi blog celebra un especial dedicado a ese género tan adorado por algunos y detestado por otros: el terror.
Desde hoy y hasta el 31 de Octubre, Una de Rizos... se viste de negro murciélago y todos los posts que publique hablarán de lo oscuro, lo misterioso, lo sobrenatural... y no, no me refiero a Jorge Javier Vazquez ni a su premio Ondas, sino al maravilloso mundo del miedo.

Debo decir que como buena cagueta que soy, mi vida ha estado siempre salpicada de episodios extraños y expedientes-x que, todo sea dicho, han dado una nota de color entre tanta monotonía... pero es que a veces ya era la leche, vamos. ¡Cuántas noches he pasado dando vueltas en la cama tapada hasta las cejas, cual tierna infante, muerta de calor y con la gélida sensación de que alguien me observaba!

En fin, sin más dilación y para romper el hielo terrorífico, os dejo con una instantánea de Cholo... que también quiso contribuir y ayudarme a disfrazar este vuestro blog.


Sed buenos, no os acostéis tarde y, sobre todo, no caminéis solos por la calle a altas horas de la madrugada...


MWAHAHAHAH....

03 octubre 2009

REC 2: Atención, spoilers

Pues bien... acabo de volver del cine. He visto Rec 2, la peli que se rodó justo al lado de mi trabajo en Barcelona.

No diré qué me ha parecido aún, ya que acaban de estrenarla y no quiero condicionar a nadie con mi humilde opinión, pero... he tenido una visión. Justo cuando salía de la sala de cine acompañada por mi madre, (pues sí, la gente es muy valiente, pero yo a ver pelis de miedo me llevo a mi mamá) un flash ha venido a mi mente: el cartel de una posible REC 3, continuación de la saga.
Os dejo con lo que más o menos he visto durante dos segundos, salvando las diferencias provocadas quizá por mis precarios instrumentos de edición fotográfica:



10 septiembre 2009

Si mi vida se acaba

Me asusta la muerte. No me gusta hablar de ello, ni ver películas en las que el protagonista sabe que va a morir.
Me pone muy nerviosa cuando por la noche doy vueltas en la cama repasando mi día a día antes de dormir y, por alguna extraña razón, me pongo a pensar en cuándo moriré y si será doloroso.

A veces me gustaría ser creyente. Me da igual la religión: católica, hindú, árabe. Pero creer en que todo no se acaba aquí y que no nacemos para nada, nada en absoluto. Que desde nuestro primer llanto no avanzamos lentamente y sin remedio hasta la muerte sin ningún motivo...

Quizá todo fuese mejor si supiésemos cuándo vamos a morir. Si lo aceptásemos como algo natural, es decir, que al nacer se nos entregase el don de la clarividencia y todos considerásemos como normal el conocer desde siempre si nuestra vida va a durar meses, años o décadas.
Supongo que de esa forma no perderíamos tanto el tiempo: nos preocuparíamos menos por cosas que no tienen importancia, y valoraríamos más aquellas que sí la tienen.

Si yo supiese que mi vida se va a acabar dentro de dos años, por ejemplo, dejaría de quejarme por haber engordado. Me iría de tiendas y me compraría algun vestido bonito que me favoreciese, y me preocuparía por salir más y dejarme ver luciendo mi mejor sonrisa escogida con cariño para cada ocasión.

Me buscaría un trabajo de poca responsabilidad, horario flexible y sueldo modesto pero suficiente para vivir tranquila. Iría a la orficina de mucho mejor humor por las mañanas, trataría de hacer mis tareas de la forma más eficiente y procuraría dejar constancia en mi empresa de mi gran esfuerzo y dedicación. Asimismo ayudaría en todo lo que pudiese a la que me sustituya cuando no esté, para que aprendiese rápidamente y mi legado no muriese conmigo.

Volvería a aprender a querer. Me dejaría de vergüenzas, inseguridades e historias... abrazaría más y me callaría menos. Total, de qué sirve mantener las distancias, ser prudente, evitar mostrarse vulnerable.
Si me hiciesen daño, además, la rabia y el rencor me durarían menos.

Si supiese que mi vida termina en 2011, mañana mismo haría la maleta y emplearía mis ahorros en viajar por todo el mundo. Olería cada brisa, saboreraría cada color y disfrutaría de cada melodía que se cruzase por mis sentidos.
Me empaparía del cariño, personalidad y cultura de cada persona que entrase en mi vida, dejando de lado los prejuicios y los miedos.






Si supiese que mi vida se acaba, en definitiva... aprendería a ser feliz.


10 marzo 2009

Charlie y la academia de idiomas II

Hacía ya meses que no os hablaba de él, pero eso no significa que se haya ido al paraíso de los fantasmas o que haya conocido a la de la serie de Cuattro los domingos noche y haya cambiado de vivienda...
Charlie sigue aquí, entre nosotros. Cuidando de la academia de idiomas y saludándonos de vez en cuando con su sentido del humor habitual.

Hoy he llegado al curro canturreando algo alegre, como siempre, y nada más abrir la puerta me grita mi compi: "¡¡Beaaaaaaaa, tengo miedoooooo!!" Joder, del susto que me ha dado casi me quedo clavada en la entrada...
Pues bien. Resulta que estaba ella sola en recepción esta mañana, sobre las ocho y media, cuando la impresora empezó a funcionar. Mi compañera se levantó entonces a ver si había alguien en la sala de ordenadores y no se había dado cuenta, pero no: nadie.
La impresora seguía ocupada mientras ella empezaba a buscarle explicaciones racionales: le habré dado sin querer, así que ahora se imprimirá el recibo de la alumna que estaba mirando antes...

Pero no. Lo que se había imprimido solo era un billete de avión de una tal Fabianne, inglesa y azafata de British Airways. Para más inri, el billete era para el día 13, viernes.
Imaginaos la cara de mi compañera.... un poema, vamos.

Por eso y desde Una de Rizos hago un llamamiento para los familiares o amigos de la tal Fabianne. Si alguien la conoce y puede darnos una explicación (aunque sea de tipo expediente-x) ruego se pongan en contacto con nosotros, porque este nuevo juego de Charlie es bastante peculiar e inquietante... ¿será Fabianne una amiga suya, también fantasma? ¿Será el espíritu de una antigua alumna de la academia fallecida en extrañas circunstancias, que volverá el día 13 para matricularse en inglés desde el más allá?

No lo sabemos, y hasta que Charlie nos conteste o alguien pueda hablarnos de Fabianne, yo no me quedo aquí sola ni jartavino.

28 noviembre 2006

Phantasma

A veces me pregunto por qué hay fantasmas que nos persiguen durante toda nuestra vida, retorcidos, insaciables. Por más que intentemos no hacerles caso mostrándonos escépticos y fuertes como el acero, al final esa sombra gris que nos hiela la sangre siempre consigue colarse por entre las rendijas de la ventana y pasearse tras nosotros una y otra vez, una y otra vez.

Todos tememos a algún tipo de fantasma. Incluso el más valiente y sabio de los hombres, capaz de encararse a los dragones de la vida con entereza y templanza, conserva en algún rinconcito de su alma un resquicio por el que sus miedos logran escaparse de vez en cuando y salir a la luz. Algunos tienen miedo de fantasmas invisibles que encantan mansiones y mueven cuadros. Otros llaman fantasmas a esos fenómenos extraños de la naturaleza que aún no logramos descifrar y que quizá no lleguemos a resolver mientras vivamos. La palabra "fantasma" proviene de "phantasma" en griego, y posee tantos significados y connotaciones como miedos tiene el hombre...

Mis fantasmas tienen forma humana. Soy yo misma. Y aún hoy, que he conseguido remodelarme y rehacerme completamente, conservo algo de miedo a los espejos y a las miradas ajenas. Mi yo-fantasma me sigue y persigue incluso ahora que camino más rápido y piso con más fuerza. Y es en ciertas ocasiones curiosas (como cuando tengo que "inventar" un personaje en mis clases de interpretación y sólo atino a crear un personaje femenino e inseguro) cuando comprendo que, por más que nos esforcemos, el ser humano es incapaz de vivir sin ningún rastro de temor y que si una sombra extraña y gris se cruza a nuestro lado... todos temblaremos por igual al mirarla por el rabillo del ojo.