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23 diciembre 2016

2016 Mashup

Un Enero extraño, tímido y asustado. Requisitos para ser una persona normal que no cumplo. Familia y amigos que me arropan. Me propongo el año del sí.
Febrero de nuevos amigos. De carreras con tutú. De San Valentín de cine en soledad y palomitas con el moquillo colgando. De revelaciones.
Marzo que empieza a clarear entre las nubes. Rencores reminiscentes cada día más débiles. Vuelta al trabajo duro, más acción y menos pensamiento. Clases particulares.
Abril imponente. Cumpleaños que hace olvidar todos los cumpleaños anteriores. Amigos, amigos, amigos. Amor diferente. Risas. Ibuprofeno. Otra vez señales con flores.
Mayo que trae el calor de nuevo. Paz. La promesa de la #operaciónNY2018. Say yay ay ay!.
Junio y la feria de la tapa. Gogós de playa y salmorejo. Bikini y mis lorzas al sol. Huelo a cambio. California dreamin. San Juan.
Julio y trabajo. Trabajo. Trabajo. Risas. Go, go, go. Sigue nadando.
Agosto y alguna desilusión, pero pequeña. Piel curtida contra gente helada. Kintsugi. El blog cumple diez años y estoy tan ocupada que ni lo celebro, pero está bien. Reuniones maravillosas en Granada. Feria.
Septiembre y el apogeo de Tinder. Adverbios. Cosas que quiero y que no quiero. Be myself again.
Octubre y gente que se va y que deja un vacío. Gente que llega. Vértigo repentino. Recuerdos que ya duelen poco. Nuevas friendzones que provocan risas miserables. Qué más da.
Noviembre y vuelta a la paz laboral. Comprender, de golpe, que todo puede pasar. Este año y los que están por llegar. La chica con todos los dones y Platania Conection.
Diciembre y corroborar que era cierto: in omnia paratus. Médicos. Hospitales. Preocupaciones. Unicornios que llegan y se van. Guasaps que salvan tardes y semanas y meses enteros. Amigos que vuelven a casa por Navidad. Reuniones bonitas. Cambios de look por fuera y por dentro. Miedos que se desvanecen y gafas nuevas. Años locos que terminan pero que no acaban para mí.

Gracias por todo, 2016. Por lo bueno, por lo menos bueno y por lo peor. Gracias por darme la oportunidad de vivir un año más, por las nuevas canas de mi flequillo y por haber podido aprender todo lo que he aprendido.

Y  a vosotros, amigos, os deseo unas felices fiestas y un 2017 cargado de cosas buenas. No sé qué nos depara el futuro... pero ya está aquí y, como bien dice Odin Duperyon,  más nos vale estar preparados :)




13 noviembre 2016

Lejos.

Yo siempre he sido muy partidaria del odio, así en general, y debo reconocer que a veces prefiero que me odien a que me quieran para siempre. El amor hacia un ideal utópico e irreal es corrosivo: te va consumiendo y te impide seguir adelante. El odio controlado y temporal, en cambio, te ayuda a curar. A renacer. A borrar. A continuar.

Por eso sonrío cuando me llaman bruja. Loca. Zorra. Superficial. Histérica. Cuando hablan guiados por su rencor y los falsos recuerdos. Cuando intentan demostrar algo innecesario. Cuando se descubren. Yo me quedo al margen, observando, con calma. 


Realmente soy puro altruismo: me gusta que me odien porque sé que esa es, de alguna forma, la única salida hacia su felicidad. Y yo quiero que sean felices.

Lejos.

18 agosto 2016

Kintsugi

Kintsugi significa literalmente, en japonés,  cicatriz dorada. También es el nombre que se le da al arte oriental de reparar objetos con oro, mejorando la pieza inicial y convirtiéndola en una obra de arte. 
El kintsugi forma parte de una preciosa filosofía vital que plantea que las roturas y reparaciones conforman también la historia de un objeto y que deben mostrarse en lugar de ocultarse, constatando así su transformación y evolución. 

Lo leí el otro día en un blog (no recuerdo en cuál, lo siento por no poner la referencia) y me fascinó. Me quedé impresionada porque mientras leía sobre el tema y contemplaba fotografías de jarrones y platos maravillosamente restaurados, no podía sino verme reflejada en ellas. Yo, que me he roto tantas veces. Que me pegado cada pedacito una y otra vez. Que me he remendado. Que tengo mil pespuntes por cada rinconcito de mi anatomía. Que me he cosido de nuevo el corazón al pecho. Que llevo pegotes de pegamento hasta en las orejas. Que me las he apañado no sé bien cómo para seguir siendo yo, con mis ilusiones iniciales y mi forma de ver la vida. 
Yo me siento un poco así, porque me gusta cómo soy (con mis imperfecciones y mis cicatrices) y porque por muchas experiencias pasadas y peso que haya sobre mis hombros, desde mi infinita resiliencia me niego a desmoronarme y a pensar que ya no volveré a sentir igual nunca más.  Cada vez que me caigo y me rompo, me recupero y vuelvo a empezar. Desde cero, aunque aún más dorada -sabia- que antes. 

Mi experiencia me ha enseñado que si hablamos de dolor hay dos tipos de personas: las que no pueden evitar cambiar con los golpes de la vida y se transforman en una versión más fría y gris y deslucida de sí mismas, y las que lucen cicatrices de oro y siguen queriéndolo todo.
Y cada vez que alguien me dice "lo siento mucho pero  es que yo estoy roto", a mí se me desprende un pedacito del pecho y tengo que irme corriendo; alejarme lo máximo posible de esa persona que trata de mermar mis ilusiones para poder pegármelo de nuevo y seguir adelante. Yo no quiero rotos y medias tintas: me merezco a alguien que quiera bañarse en oro y seguir funcionando conmigo. 








24 mayo 2016

Personas.

Hay personas que te marean. Que te atraen como un imán pero que cuanto más cerca estás te sientes como en una goma elástica que se estira y que está a punto de lanzarte por los aires. Que tan pronto te hacen reír a carcajadas como que de golpe te hacen sentirte fatal.

Hay personas por las que sientes que lo darías todo si te lo permitieran, si te convencieran de que merece la pena. Te mueres por creer, igual que Fox Mulder. Suelen ser las mismas personas que más daño te hacen, porque al final nunca te convencen.

A esas personas hay que alejarlas de una vez por todas de tu vida. Y lo escribo aquí para ver si me acabo aplicando el cuento.