El pasado, por mucho que nos empeñemos, no es pasado.
Podemos pasar página en nuestra vida, cerrar los ojos y tratar de olvidar para siempre aquel desengaño amoroso o ese episodio fatal que la diosa fortuna nos regaló en un arrebato de crueldad pero... todo sigue ahí. Las rupturas (de alma y de corazón), las discusiones, las experiencias tristes y los errores son como nuestras pecas de la nariz: podemos no verlas, pero forman parte de nuestro cuerpo.
Nos pasamos la vida queriendo guardar en la memoria los momentos felices y aquellas tardes de verano en las que fuimos dichosos, sin darnos cuenta de que la fatídica noche posterior también forma parte de lo que fuimos, de lo que somos, de lo que seremos.
Yo he cometido muchos errores en mi vida y esas equivocaciones han tratado de esconderse inconscientemente en algún lugar de mi memoria, pero al final siempre las encuentro porque una parte de mí las necesita. Yo no sería yo sin haber aprendido de ellos, sin haber comprendido que aunque me pese seguiré equivocándome y seguiré acordándome de la vez primera cuando en un traspiés de la vida me encuentre cara a cara con alguien o algo que me los recuerda.
Por eso, cuando leo tu blog y rememoro sin poder evitarlo aquellos días en los que éramos enemigas por acuerdo silencioso, no puedo más que sonreir y pensar que gracias a aquella época en la que te vi tan diferente a lo que te veo ahora (una chica dulce y perdida) aprendí que los enemigos nos los buscamos nosotros mismos para sentirnos vivos.
Me equivoqué con él y, sobre todo, me equivoqué contigo. Sé que no lees este blog, aunque yo no haya dejado nunca de leer el tuyo, y quiero que sepas que en el fondo no somos tan diferentes, aunque llamemos de modo distinto a nuestros miedos; los tuyos aparecen en tus sueños con forma de monstruo y los míos me hacen burla desde el espejo.