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28 octubre 2011

Justicia

Hace tiempo le deseé el mal a una persona. Es de esas veces que te enfurruñas y te pones a soltar barbaridades porque necesitas canalizar tu furia, no porque verdaderamente quieras que al otro le pase nada malo...  Pues bien, la maldición que le eché a esa persona se ha cumplido, y me decía mi querida Gordi el otro día por twitter que soy mejor persona que ella por no alegrarme.


Por otro lado, hace también un tiempo, (bueno..yo tenía 12 años, en realidad hace MUCHO tiempo xD) me subí en el autobús camino del centro con mis amigas. Íbamos eufóricas a gastarnos nuestros ahorros en chucherías y helados, y charlábamos como cotorras en la parte trasera del autocar. Fue entonces cuando un señor mayor (viejo asqueroso a partir de ahora) se me acercó y se quedó de pie a mi lado, agarrado a la barra del techo para no caerse. Yo pensé por un instante que tampoco había tanta gente en el autobús para que tuviese que pegárseme tanto, pero era joven e inocente y no le di mayor importancia. Hasta que empezó a restregar su minga contra mi pantalón. Al principio despacio, con timidez, pero al ver mi cara de desconcierto y mi boquita cerrada, se envalentonó y empezó un frotamiento paquetil evidente que me puso histérica.
Yo me aparté sin decir ni mu, nerviosa, y me puse al otro lado del autobús. Me senté al lado de una señora, a ver si eso amedentraba al viejo asqueroso. Pero no. Volvió a venir a mi lado y, haciéndose el loco y perdiendo su mirada por la ventanilla, siguió con sus frotamientos contra mi pierna. La señora no pareció darse cuenta de nada, y yo me debatía entre gritar o salir corriendo del autobús en la siguiente parada.
Pero fue él el que se bajó, quizá dándose cuenta de que mis amigas empezaban a notar algo raro y a cuchichear.
No volví a verle, pero por si acaso me pasé varios meses sin querer subirme a ese autobús. A ninguno. Sentía verdadero asco y terror ante el viejo asqueroso acosador de niñas.

A ese señor le deseo una muerte lenta. Quizá ya se haya muerto, y espero que haya sido un proceso lento y doloroso. Que se le haya encangrenado el pene, o que se le haya caído a pedazos al intentar restregarlo contra otra jovencita asustada. O que se lo haya mordido un perro hasta arrancárselo de cuajo.
Que haya estado sollozando de puro dolor en una cama de hospital hasta su muerte.
Me da igual que tuviese esposa, hijos, nietos.
Me dará igual  si dentro de unos meses me entero de que era un pobre hombre demente o enfermo.
Si le viese hoy en día, os aseguro que lo último que me daría es miedo. Sería capaz de darle patadas hasta dejarlo inconsciente, por muy viejo que fuese.



No es que yo sea buena persona, Gordi. Es que tengo muy arraizado mi sentido de la justicia.

10 enero 2010

Portadora de lluvia.

Ya lo dije en algún otro post; supongo que es algo común en los humanos: tenemos algo de animal en nuestro comportamiento que nos hace defender nuestro espacio personal ante desconocidos. Marcar territorio de forma inconsciente... y por eso nunca nos sentamos al lado de un extraño en el autobús o en el parque, si es que hay otro asiento libre y aislado unos metros más allá.

Ella es diferente. Me la topé por primera vez hace algunos años, una tarde que iba en autobús al centro. Era temprano para ser hora punta y la mayoría de los asientos estaban desocupados, así que cuando ella se subió en la parada siguiente a la mía supuse que se sentaría en cualquiera menos en el que lo hizo: a mi lado.
Al principio me sentí algo incómoda, como... atacada. Es difícil de explicar, pero tenía la sensación de estar a la defensiva ante esa extraña que invadía mi espacio personal sin razón aparente. Porque cuando no hay asientos libres y el autobús va de bote en bote, lo esperas... pero esa tarde su elección del asiento no podía ser injustificada: quería viajar a mi lado.

Era una mujer joven de aspecto agradable, aunque no especialmente guapa. Vestía ropa colorida y alegre, tenía el pelo recogido en una coleta y escuchaba música con sus walkman a un volumen lo suficientemente alto como para que la escuchase.
Pero sin duda el rasgo más característico de aquella muchacha, lo que más captó mi atención, fue su olor. No olía a perfume, (al menos a ningún perfume que yo conozca) sino a hierba mojada. A lluvia. Seguro que si cerráis los ojos y os concentráis, encontraréis en vuestra memoria olfativa ese aroma tan delicioso, tan relajante...

Inspiré profundamente para llenar mis pulmones de aquel rocío en forma de mujer que tarareaba en voz baja mirando por la ventanilla, ajena al mundo, y bajé la guardia. Escondí las uñas porque comprendí que esa persona no suponía ningún tipo de amenaza: tan sólo era una chica que viajaba a mi lado.
Y el resto del trayecto lo pasé en silencio, contemplando el paisaje por el ventanal y escuchando de fondo la música de los walkman de la misteriosa mujer.
Se bajó dos paradas antes que yo sin decirme ni una sola palabra... tan sólo dejando la estela de olor a lluvia tras de sí.


Hace algunas semanas me la volví a encontrar. Yo estaba sentada en un banco del paseo marítimo de mi ciudad, contemplando el amanecer con los ojos todavía medio cerrados y una sombra oscura dándome vueltas por el corazón.
A mi alrededor sólo había calma y murmullo de olas, y una humedad fría y cruel que mojaba sin piedad las farolas y mis ojos.
Contemplaba las gaviotas volando en círculos y a los primeros madrugadores del día haciendo deporte por la orilla, valientes, y recordaba sin poder evitarlo aquellos paisajes matutinos tan diferentes en los que fui tan feliz, aunque fuese por unos meses.

Me pilló distraída y cabizbaja y por eso no la vi acercarse y sentarse en mi banco, a una distancia prudencial pero no lo suficientemente amplia como para evitar que me encontrase con su olor, de nuevo. Cerré los ojos todavía sin mirarla e inspiré, reconociéndola al instante y sorprendiéndome sin saber si alegrarme o asustarme de su llegada.

Y la lluvia ni siquiera me saludó. Seguía llevando el walkman encendido y la mirada perdida, aunque esta vez vestía un chaquetón de color morado con capucha con la que se tapaba parte del rostro y por la que se escapaban algunos mechones rubios despeinados. Se echó hacia atrás en el banco, acomodándose lo mejor que pudo, y entrecerró los ojos para contemplar el mar en silencio.
Yo no supe qué hacer. Por un instante casi me levanto del banco y me alejo en busca de otro, algo incómoda... pero volví a razonar y pensé que no tenía motivos para asustarme. Que era sólo una chica; alguien que, como yo y por alguna razón, necesitaba estar allí.

Pasaron veinte o treinta minutos en los que yo no me moví y la chica estuvo sumida en su trance particular, hasta que de pronto se levantó y se encaminó hasta el quiosco del paseo. Se compró un refresco y, para beberlo, se sentó junto a una pareja de ancianos que daban de comer a las palomas. Cerca, muy cerca de ellos. Incluso les saludó y les sonrió, amable.
Desapareció dos calles más allá media hora después.

Todavía no comprendo por qué esa chica con olor a lluvia va siempre buscando un asiento libre junto a desconocidos. Seguro que muchos de ellos alguna vez se han sentido violentados y se han levantado,  prudentes.
Pero de lo que estoy segura es que aquella mañana, contemplando las olas junto a mi amiga desconocida y escuchando su música tranquila y dulce de fondo, dejé de sentirme sola por unos minutos y la humedad de mi alma dejó de dolerme.



Quizá yo también pruebe a sentarme junto a alguien la próxima vez.

27 marzo 2009

Quejicas

Cada noche se repite la misma secuencia: cuando el reloj de pared de mi trabajo marca las diez apago todas las luces, me pongo el abrigo, enciendo la alarma, cierro la puerta y bajo corriendo las escaleras camino de la parada del autobús. Si me entretengo más de medio minuto podría ser que el conductor pasase de largo sin mí, así que estoy ejercitando los gemelos cosa mala...

El lunes pasado le vi, sentado en la parada. Llegué misteriosamente a tiempo para sentarme diez segundos a su lado,(respirando hondo después de la carrera) y le escuché hablando solo, en voz alta. Era un señor de unos cuarenta años bien vestido, que iba cargado con un montón de bolsas del Carrefour y una mirada de hastío impresionante. Gritaba con acento sudamericano, quejándose por la tardanza de los autobuses, de lo harto que estaba del sistema de transporte catalán y de que todo se estropease en esta puta ciudad. Que cualquier día se volvía a su tierra, donde sin duda todo iba mucho mejor... Le miré de reojo, pensando que por mucho tiempo que llevase esperando sus ademanes y gritos estaban descompensados y fuera de lugar, -todo el mundo le miraba, curioseando- pero entonces mi autobús apareció por el horizonte y me levanté de un salto para volver a casa.

Por el camino, acordándome del señor extranjero que se quejaba, empecé a pensar en todas las cosas que no funcionan en Barcelona. Las ayudas para que los jóvenes puedan pagar su alquiler son de risa: te las dan año y medio después de solicitarlas. Vamos, cuando has vuelto con tus padres porque no podías pagar el alquiler.
Con el ceño fruncido me acordé también del tráfico; de esas estúpidas leyes de regulación de la velocidad, a veces variable. Además de no conseguir reducir la contaminación, porque los acelerones y frenazos producen mucha más... encima estresan al conductor, que tiene que ir todo el rato pendiente del aforador para no pasarse de ochenta. Y encima caravanas a porrillo en las entradas y salidas de Barcelona. A diario.
¿Y los precios? Coñe, es que son para echarse a temblar. Vas a comprarte un par de zapatos normales, de diario, y te clavan mínimo 60€. Por un café y un bollo, 5€, y por ir al cine una tarde con tu pareja prepara 30€ para las entradas, palomitas y coca-cola. Es normal que la gente se agobie, se amargue, se deprima. Que la ciudad parezca tan gris, que los catalanes vivan siempre con la soga al cuello. Ya mismo nos cobrarán por sentarnos a tomar el sol en el parque...


Esa noche me dormí cabreada, de tanto darle vueltas al tema. Cuando me levanté hacía sol y yo ya había olvidado (de momento) todas mis quejas y preocupaciones, hasta ayer.
Salí del trabajo a las diez, como siempre, y de nuevo repetí mi sprint final con éxito: llegué a tiempo a la parada. Me apoyé en la marquesina para tomar aire, y entonces le escuché pegando berridos de nuevo:
-¡Que asco de transporte! ¡Estoy hasta los huevos! El día menos pensado pillo la maleta y me vuelvo a casa, porque ésta nunca será mi casa.

Pobre, pensé, dedicándole una mirada comprensiva. En el fondo tiene razón, es normal que se queje...
Una señora se acercó a él, tímida, y le dijo entre susurros:
-Oiga, que su autobús es ése que está ahí...

El hombre pegó un brinco, cogió sus bolsas rápidamente y agradeciéndoselo a la señora entró en el autobús que esperaba justo a tiempo.
Miré a la heroína de la noche con curiosidad, preguntándome cómo sabría ella que ése era justo el autobús que estaba esperando nuestro amigo, y casi leyéndome el pensamiento me sonrió y me dijo:

-Cada noche igual. No es la primera vez que me lo encuentro, y si yo no le aviso de que viene su autobús, se le escapa y él se queda aquí quejándose toda la noche. Ay Dios mío, qué hombres más tontos...






Esa noche me dormí pensando que todos somos un poco así: tontos. Porque a veces con tanto quejarnos no podemos ver lo que tenemos delante y nos perdemos las mejores oportunidades de la vida...
Qué más da el tráfico, los precios, las ayudas. Puedo conseguir todo lo que necesite para ser feliz... y mi autobús seguirá pasando por mi parada cada noche a las diez y diez para llevarme de vuelta a casa.

16 enero 2009

Expediente autobús.

Bueno, pues aquí estoy otra vez.
Os prometo que hoy no tenía intención de actualizar, pero aún sigo traumatizada y tenía que contaros lo que me ha pasado esta mañana antes de que se me olvidase.


Iba yo al trabajo en el autobús de siempre, cuando un grupo de ancianitas empezaron a discutir y a elevar la voz cada vez más y más. Al principio yo no llegaba a escuchar qué decían concretamente, pero entonces una de ellas supongo que se indignó y se puso de pie para gritarles a las otras:

-¡¡¡¡¡¡DIOS ES LIBERTAD!!!!!!

Joder. Yo no sé si Dios es o no es libertad; lo que sé es que todos los que íbamos en el bus, conductor incluído, pegamos un bote tremendo y nos volvimos para mirar qué coñe pasaba allí...

En ese momento pensé: Bea, ésto tienes que escribirlo en tu blog...
Pero luego llegué a la conclusión de que me paso la vida escribiendo en el blog historias de autobús, que parece que no tengo nada más que hacer durante el día que montarme en el autobús a ver qué sucesos apasionantes me esperan... Así que no, no iba a postear la historia de las viejecitas religiosas.


Hasta que sucedó.
Un señor picó el botón para parar el autobús en la siguiente parada demasiado tarde, por lo que el conductor pasó de largo la que supongo sería su parada...
El señor que se enciende y le grita:

-¡¡¡OIGAAA!!! ¡¡¡¡¡Que había picado la parada!!!!! ¡¡¡Pare inmediatamente!!!

El conductor, más chulo que un ocho, mete tercera y grita:

-NO. ¡Haber picado antes!

Ea. Otra vez todos que nos giramos hacia delante para ver cómo el señor se acerca al coductor pegando alaridos y le arrea un puñetazo en toda la boca así, con todas sus fuerzas.
El conductor que da un volantazo, frena en mitad de la Gran Vía (yo ya tengo experiencia en este tipo de conducciones temerarias) y se encara con el señor en plan a mí no me toca ni Dios, que es libertad.

Un grupo de viajeros corrieron para separarles, mientras desde la parte trasera del autobús las ancianitas gritaban asustadas y yo me agarraba, histérica, al asiento de delante.
Pudieron separar a las fieras vete a saber cómo, y la historia terminó con un conductor con el labio sangrante diciendo que llamaría a la policía si el otro no se bajaba del autobús... cosa que, gracias al Dios Libertino, sucedió en breve.

Y aquí estoy, sana y salva de forma milagrosa, preguntándome qué carajo pasa con el transporte metropolitano de Barcelona... que saca lo peor de nosotros mismos. ¿Será una brecha por la que se escapa el aliento de Metrópoli? (Chiste Kult)

Mejor me compro una bici, creo.

22 noviembre 2008

¿Cómo se llaman los conductores?

Volvía yo anoche a casa después del curro, sentada en el primer asiento (justo detrás de la cabina del conductor) del autobús que pillo a diario, cuando de pronto el conductor da un volantazo, se atraviesa (literalmente) en la carretera y para el motor. Los que seáis de Barcelona, imaginaos un atobús atravesado en mitad del cruce Gran Vía-Marina, frente a la Monumental...
Obviamente los demás coches empezaron a dar volantazos por doquier, yo me agarré como pude a mi asiento y recé porque ningún otro autobús nos embistiese y mi madre no llegase nunca a ponerse la pamela en la boda de su primera nieta...

Pasaron dos interminables minutos en los que mis desconocidos compañeros de autobús empezaron a chillarle al conductor, que parecía ajeno al mundo y miraba por la puerta lateral como un poseso, concentrado.
Hasta que entonces otro autobús apareció a nuestro lado. Nuestro coductor abrió las puertas y tocó el claxon haciendo así detenerse al otro conductor, con un frenazo similar al nuestro...

Y cuando yo ya me temía lo peor (que el conductor de mi autobús estuviese poseído por el espíritu de una vaca loca o de un pollo con gripe aviar) el tío va y se pone a chillar a grito pelao:

-¡¡¡¡OZEEEEEEEEEEEE!!!!! QUE ME HE ENTERAO QUE LA CENA DE EMPRESA ES EL JUEVES, ¿¿¿TÚ VAS A IR????

No me lo podía creer. Ni yo, ni los demás viajeros... todos observábamos atónitos la dantesca escena. Nadie dijo ni mu cuando escuchamos al conductor del otro autobús responder, sonriendo:

-POH CLARO, TÍO... ¡¡¡LLAMA AL JORDI, QUE ÉL SABE DÓNDE ES!!!

Y así fue como, tras despedirse con un "hasta luego, mamonazoooo" que me llegó al alma, nuestro conductor y su amigo volvieron a poner en marcha los motores de sus autobuses y continuaron con su jornada laboral como si nada hubiese sucedido, haciendo la vista gorda ante la caravana monumental que se había formado por su culpa en dos de las principales calles de Barcelona.



Toda esta historia me ha hecho acordarme de aquel chiste que contaba mi abuelo, en el que nos presentan dos pilotos, uno llevando un avión con 50 pasajeros y el otro llevando uno con 60 turistas, y justo después nos preguntan cómo se llamaban los pilotos.
La diferencia está en que nuestros dos "pilotos" reales no se llaman por radio... sino a grito pelao, como en el Libro de la Selva.


Para que luego digan de los andaluces.

01 octubre 2008

Padre e hijo

A veces creo que paso demasiado tiempo esperando el autobús (esperando, en general), porque es de esos momentos cuando más anécdotas podría contar.

Ayer llegaba con el tiempo justo al trabajo y ya empezaba yo a impacientarme esperando de pie entre dos mujeres en la parada del 7. Encima hacía bastante calor allí al sol, y como en esta época es difícil acertar con el vestuario yo iba demasiado abrigada con mis botas, mi jersey y mis pantalones vaqueros.

En un gesto de impaciencia que me salió del alma , medio resoplo medio puchero de crío de cinco años, les escuché. El chico que hablaba tendría treinta y tantos años, y decía:

-Venga, muy bien, tienes que agarrarte fuerte al manillar y pedalear con fuerza, o nunca avanzarás...

Y el intrépido conductor de la bicicleta del Bicing fruncía el ceño y miraba concentrado hacia el manillar y la rueda delantera, mientras con torpeza trataba de mantener el equilibrio al levantar los pies del suelo y pedalear.

No pude más que sonreir. Gracias a ellos comprendí que en esta era de tecnologías e internet aún queda ternura y complicidad, y que las familias siguen siendo familias aunque hoy por hoy las tornas hayan cambiado bastante.

Por cierto, por si no ha quedado claro, el hijo era el que no consiguió retener una mirada de puro orgullo cuando su padre por fin fue capaz de pedalear con la fuerza suficiente para alejarse por entre los sauces...