Girl From Lebanon: -¡En Barcelona estoy desatada!
Rizosa: -¡Qué me dices? ¿Qué has hecho?
Girl From Lebanon: -Anoche me fui a dormir y... ¡dejé las gafas puestas al revés en la mesilla!
Fle: -Ostras... y las bragas, ¿dónde?
Paseando por el gótico y pasando frente a una corsetería:
Adalías: -¡¡¡Ains... es que me super-encantan las fajas!!!
Girl From Lebanon: -Ah, Flé, no sabía que fueses castaña.
Fle: -Siquierestenseñoelchocho, ehn.
Al y Rizos cantando Alejandro, de Lady Gaga, con el moquillo colgando de la emoción:
-Ale, Alexstraszaa, Ale Alexstraszaaaaaaaaaaaa
Sentadas en las escaleras del metro, esperando a que escampase la lluvia:
-Gordipé: Parecemos las damnificadas por una catástrofe natural...
-Rizosa: ¡A ver si nos traen la manta y un caldito!
Rizosa: -Oye, Emilio, qué día es hoy?
Emilio: Viernes...
Rizosa: FUN FUN FUN FUN FUN FUN!
Sábado noche, bareto heavy repleto de jovenzuelos alcoholizándose con cervezas y sangrías de dos litros. Mi amiga Valeria me mira, muy seria, y me dice:
-Oye, Beíta, ¿aquí puedo pedirme coca-cola?
Mi memoria anda algo perjudicada hoy. Mi memoria y toda yo, pero me lo he pasado tan bien que repetiría sin dudarlo. ¿Para cuándo decís que es la próxima, mozas? :D
¡Un besico a mis bloggers favoritos!
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01 agosto 2011
25 febrero 2010
De nianonianos, xinosxanos, rizos y mojitos varios.
Sabes cuándo te lo estás pasando bien cuando no puedes dejar de sonreír, y los mofletes te duelen ya de tanto esfuerzo...
He pasado un finde fantástico. Y lo digo así, rotundamente, a pesar de que uno de mis resfriados característicos haya hecho aparición, porque es que ni siquiera el dolor de garganta o la falta de sueño han conseguido aguarnos la fiesta al grupillo pseudo-blogero que nos hemos reunido en Barcelona hace unos días...
No os voy a contar todo lo que hicimos minuto a minuto, (para ello podéis ir a leer las estupendas crónicas de mis queridas Sil y Fle) pero os diré que ha habido un poco de todo: risas, mojitos, calçots, sombrasdelviento, bailoteos, pizzerías, abrazos, vinicos y LOST.
Cabe destacar el refranero español de la Sil, siempre oportuno y acertado. O esa pedazo de taza isleña que me regaló la rubia, que tiene un corazón que no le cabe en el pecho (y eso que no es pequeño, ejem). O la comida revival con Valeria. O los trucos con monedas de Ha, que consiguieron hacer moverse a las pocas neuronas que nos quedaban después de una caminata. O la estación Dharma el Faro, dentro de la Estación de Francia sin que nadie se de cuenta. O mis cuasi-regañinas a la Sil, porque es la nueva República Independiente del Born. O los bailes salseros que me di con el Pocholings a ritmo de Fito, que es muy tropical aunque no lo parezca. O Marta haciéndoles fotos a los símbolos de LOST en el Bharma, sin tener ni idea de lo que estaba fotografiando ni por qué me emocionaba yo tanto. O esa Fle cantando eso de "dame pan, dame pan" al camarero moreno de la taberna donde cenamos. O San, aleccionándonos sobre las ilegalidades de la vida. O la Sil, muy seria, criticando al pobre tenor que se ganaba las pelas en la Catedral, porque no le salía el lalala como le tiene que salir. O la maravillosa Canasta Estelar, cerca de Orión. O el bar friki, friki repleto de Chapulines Colorados y Hombres-G. O las chapas lostianas y la expansión del WOW que me agencié en la Fnac de Plaza Cataluña, we. O las fotacas que no paro de mirar cada día, con el moquillo colgando de la emoción.
Podría seguir rememorando momentazos y ésto se alargaría demasiado, así que concluiré con un gracias de corazón. Porque soy muy afortunada: tengo amigos de verdad al otro lado de los blogs y más allá, que vienen a ser los cónyuges y relacionados.
Y estos amigos han compartido conmigo un finde estupendo que espero que se repita muy pronto, que quiero más carcajadas auténticas en mi vida.
Me voy, que quiero volver a mirar las fotos...
Un beso gordo, gordo. Sois geniales :)
Ah, porcier. Os habéis ganado el cielo soportándome con tanto Daniel Diges. Conste que OSLO DIGES, que ganaría... ¡ahora a Eurovisión!
También os merecéis un monumento por aguantar mi fanatismo lostiano... y eso que algunos sois no-iniciados. Hacedme caso: algún día todos seremos la Isla. Está en nosotros.
Hmmm... mención especial tiene vuestra paciencia mientras me escuchabais poner verde a la Innombrable, y explicaros mil veces mis planes de dominar la red y hacerme con los pageranks más altos...mwahahahah...
Ahora que lo pienso, igual soy un poco insoportable :P
He pasado un finde fantástico. Y lo digo así, rotundamente, a pesar de que uno de mis resfriados característicos haya hecho aparición, porque es que ni siquiera el dolor de garganta o la falta de sueño han conseguido aguarnos la fiesta al grupillo pseudo-blogero que nos hemos reunido en Barcelona hace unos días...
No os voy a contar todo lo que hicimos minuto a minuto, (para ello podéis ir a leer las estupendas crónicas de mis queridas Sil y Fle) pero os diré que ha habido un poco de todo: risas, mojitos, calçots, sombrasdelviento, bailoteos, pizzerías, abrazos, vinicos y LOST.
Cabe destacar el refranero español de la Sil, siempre oportuno y acertado. O esa pedazo de taza isleña que me regaló la rubia, que tiene un corazón que no le cabe en el pecho (y eso que no es pequeño, ejem). O la comida revival con Valeria. O los trucos con monedas de Ha, que consiguieron hacer moverse a las pocas neuronas que nos quedaban después de una caminata. O la estación Dharma el Faro, dentro de la Estación de Francia sin que nadie se de cuenta. O mis cuasi-regañinas a la Sil, porque es la nueva República Independiente del Born. O los bailes salseros que me di con el Pocholings a ritmo de Fito, que es muy tropical aunque no lo parezca. O Marta haciéndoles fotos a los símbolos de LOST en el Bharma, sin tener ni idea de lo que estaba fotografiando ni por qué me emocionaba yo tanto. O esa Fle cantando eso de "dame pan, dame pan" al camarero moreno de la taberna donde cenamos. O San, aleccionándonos sobre las ilegalidades de la vida. O la Sil, muy seria, criticando al pobre tenor que se ganaba las pelas en la Catedral, porque no le salía el lalala como le tiene que salir. O la maravillosa Canasta Estelar, cerca de Orión. O el bar friki, friki repleto de Chapulines Colorados y Hombres-G. O las chapas lostianas y la expansión del WOW que me agencié en la Fnac de Plaza Cataluña, we. O las fotacas que no paro de mirar cada día, con el moquillo colgando de la emoción.
Podría seguir rememorando momentazos y ésto se alargaría demasiado, así que concluiré con un gracias de corazón. Porque soy muy afortunada: tengo amigos de verdad al otro lado de los blogs y más allá, que vienen a ser los cónyuges y relacionados.
Y estos amigos han compartido conmigo un finde estupendo que espero que se repita muy pronto, que quiero más carcajadas auténticas en mi vida.
Me voy, que quiero volver a mirar las fotos...
Un beso gordo, gordo. Sois geniales :)
Ya sé que está cutre, pero os hacéis una idea xD
Ah, porcier. Os habéis ganado el cielo soportándome con tanto Daniel Diges. Conste que OSLO DIGES, que ganaría... ¡ahora a Eurovisión!
También os merecéis un monumento por aguantar mi fanatismo lostiano... y eso que algunos sois no-iniciados. Hacedme caso: algún día todos seremos la Isla. Está en nosotros.
Hmmm... mención especial tiene vuestra paciencia mientras me escuchabais poner verde a la Innombrable, y explicaros mil veces mis planes de dominar la red y hacerme con los pageranks más altos...mwahahahah...
Ahora que lo pienso, igual soy un poco insoportable :P
16 febrero 2010
Viaje a Barcelona
Como dice el título del post, el jueves el pocholo y servidora nos vamos de viaje (de placer y esparcimiento) a la ciudad condal. Voy a una reunión bloguera que me hace mucha ilusión, porque voy a conocer en persona a Sil y a volver a ver a la Flé... además de rememorar viejos tiempos con mis amigas Valeria, Ximena, Marta y Carmen.
Estaré fuera todo el finde, así que no escribiré nada hasta la semana que viene.
Que sí, que sí. Que no se me asusten los miembros del Club de Fans de Daniel Diges en Fareborn que leen mi blog, que el lunes por la noche estaré pegadita al televisor pendiente de la gala de TVE para elegir al candidato para Eurovisión.
Y sí, no os preocupéis que luego os lo contaré todo... que además tengo una sorpresa curiosa xD
Hasta entonces sedme buenos y abrigaos bien, que viene más frío.
Estaré fuera todo el finde, así que no escribiré nada hasta la semana que viene.
Que sí, que sí. Que no se me asusten los miembros del Club de Fans de Daniel Diges en Fareborn que leen mi blog, que el lunes por la noche estaré pegadita al televisor pendiente de la gala de TVE para elegir al candidato para Eurovisión.
Y sí, no os preocupéis que luego os lo contaré todo... que además tengo una sorpresa curiosa xD
Hasta entonces sedme buenos y abrigaos bien, que viene más frío.
11 diciembre 2009
Mi princesa
Hubo una vez en que a mí una princesa me cambió la vida. Así, como lo leéis. Sé que parece que me estoy tirando un farolazo, pero os aseguro que es completamente cierto.
Resulta que la conocí de casualidad un día en el que ella estaba harta de la vida de palacio y se daba una vuelta por su reino, como Jasmine en la peli de Disney. Yo, una pobre trabajadora en tiempos de crisis, estaba enfrascada en líos contables cuando ella abrió la puerta de la academia y se me plantó delante, sonriente, diciendo que quería trabajar y que si podía dejarme su currículum.
No sé si lo sabéis, pero las princesas auténticas (nada de esposas-de, ya me entendéis) no pueden ocultar su condición real a pesar de que se disfracen de ciudadano de a pie. Más que nada porque no pueden quitarse la corona y... hombre, las hay más discretitas, pero siempre dan el cante.
Así que allí me vi yo, delante de una princesa sonriente que pedía un empleo.
Intenté ser profesional y no parecer sorprendida, así que acepté el currículum y le hice las preguntas de rigor:
-¿Estás disponible actualmente? ¿Tienes experiencia en recepción?
Ella me respondió muy dignamente que no tenía experiencia, pero que disponibilidad tenía toda la del mundo. Ya, ya me hago a la idea, pensé yo mientras le daba las gracias y nos despedíamos educadamente.
La siguiente media hora la pasé alucinando. Leía su currículum una y otra vez ( experiencia laboral: Auxiliar Real, coordinadora de eventos de Palacio) y no podía creerme que una mujer así quisiese cambiar su cómoda vida por la de una recepcionista cualquiera.
Pero lo hizo, porque mi jefe finalmente le hizo una entrevista y, cosas de la vida, la contrató. La princesa trabajaría a mi lado de lunes a viernes, algunos sábados incluidos.
Y fue lo mejor que pudo pasarme en mucho tiempo...
¿Sabéis ese tipo de personas que consiguen animar cualquier reunión, que sacan una sonrisa de las expresiones más serias? Pues así era ella. Ya desde que entraba por la puerta cada mañana, con su corona escondida bajo un sombrero para -según ella- no llamar la atención, iluminaba la estancia con su alegría y desparpajo. Recuerdo que a veces le costaba comunicarse con nosotros porque hablaba muy raro... Supongo que es el dialecto real o algo así, pero en ocasiones soltaba palabrejas incomprensibles con las que yo siempre me reía a carcajadas. Después le intentaba enseñar cómo lo decimos nosotros, el vulgo, y ella rápidamente sacaba su libretita de notas para apuntarlo y no volver a decirlo mal jamás.
Creo que quería ser pobre. En serio, no hay otra explicación posible, porque todo lo que tenía lo regalaba. Dejó de dormir en palacio y se alquiló un pisito de un dormitorio en el Barrio Gótico, y siempre que tenía ocasión nos invitaba a todas a comer a su casa. Nos preparaba platos exquisitos, eso sí, de esos que sirven sólo en los actos sociales más refinados y que nos hacían felices al primer bocado.
En Navidad siempre nos preparaba felicitaciones a mano, como las de antes, hechas con cartulina por ella misma y con una muestra de su cariño en forma de palabras en el interior. No nos podía comprar nada porque encima andaba en números rojos... ¡una princesa en bancarrota! Y ella era feliz así.
Cuando yo tenía un mal día y llegaba al curro triste, ella se sentaba a mi lado y me contaba sus sueños de amor imposible. No sé por qué, pero creo que la gente de sangre real sueña cosas distintas a las que soñamos el resto. Sueños Reales, supongo. Y a mí me encantaba escucharlos en boca de esta chiquilla pizpireta y curiosa, siempre sonriente.
Otras veces en las que yo me quedaba en recepción y ella se sentaba a trabajar en el cuarto de administración, (porque no le quedaba otro remedio, ya que odiaba estar sola) abría el skype y me decía por el chat:
-Beíta, ¡cuéntame una historia!
Y claro, yo no podía hacer otra cosa que sonreir y empezar a darle vida a mi imaginación. ¡Quién puede desobedecer una orden real tan bonita!
Como os decía, me cambió la vida... porque gracias a ella las jornadas laborales se me hicieron mucho más llevaderas. Su estrambótica filosofía de vida me ayudó a ver las cosas desde un punto de vista completamente diferente al que estaba yo acostumbrada, y muchas veces tuve que darle la razón cuando me regañaba cual madre preocupada y me decía que tenía que quererme más, que a veces hay que mandarlo todo a tomar por saco y buscar la felicidad.
Y bueno, por alguna extraña razón mi princesa consiguió ser una más. Al final logró que todos olvidásemos quién era realmente y la quisiéramos de verdad. Se convirtió en la "niña" del grupo, la mimada, la traviesa. Nos encantaba chincharla y hacerle rabiar entre risas y bromas, porque adorábamos sus mejillas encendidas y su carita enfurruñada diciéndonos que la respetásemos, que era un superior, justo antes de buscarnos las cosquillas para continuar la pelea.
Puede que ella ande mal de dinero, pero es la mujer más rica del mundo. Y yo, a su lado, también lo fui.
Te quiero mucho y te echo de menos, Princesa. Muchas felicidades. Aquí tienes mi historia de hoy:
Sonatina
Rubén Darío
Resulta que la conocí de casualidad un día en el que ella estaba harta de la vida de palacio y se daba una vuelta por su reino, como Jasmine en la peli de Disney. Yo, una pobre trabajadora en tiempos de crisis, estaba enfrascada en líos contables cuando ella abrió la puerta de la academia y se me plantó delante, sonriente, diciendo que quería trabajar y que si podía dejarme su currículum.
No sé si lo sabéis, pero las princesas auténticas (nada de esposas-de, ya me entendéis) no pueden ocultar su condición real a pesar de que se disfracen de ciudadano de a pie. Más que nada porque no pueden quitarse la corona y... hombre, las hay más discretitas, pero siempre dan el cante.
Así que allí me vi yo, delante de una princesa sonriente que pedía un empleo.
Intenté ser profesional y no parecer sorprendida, así que acepté el currículum y le hice las preguntas de rigor:
-¿Estás disponible actualmente? ¿Tienes experiencia en recepción?
Ella me respondió muy dignamente que no tenía experiencia, pero que disponibilidad tenía toda la del mundo. Ya, ya me hago a la idea, pensé yo mientras le daba las gracias y nos despedíamos educadamente.
La siguiente media hora la pasé alucinando. Leía su currículum una y otra vez ( experiencia laboral: Auxiliar Real, coordinadora de eventos de Palacio) y no podía creerme que una mujer así quisiese cambiar su cómoda vida por la de una recepcionista cualquiera.
Pero lo hizo, porque mi jefe finalmente le hizo una entrevista y, cosas de la vida, la contrató. La princesa trabajaría a mi lado de lunes a viernes, algunos sábados incluidos.
Y fue lo mejor que pudo pasarme en mucho tiempo...
¿Sabéis ese tipo de personas que consiguen animar cualquier reunión, que sacan una sonrisa de las expresiones más serias? Pues así era ella. Ya desde que entraba por la puerta cada mañana, con su corona escondida bajo un sombrero para -según ella- no llamar la atención, iluminaba la estancia con su alegría y desparpajo. Recuerdo que a veces le costaba comunicarse con nosotros porque hablaba muy raro... Supongo que es el dialecto real o algo así, pero en ocasiones soltaba palabrejas incomprensibles con las que yo siempre me reía a carcajadas. Después le intentaba enseñar cómo lo decimos nosotros, el vulgo, y ella rápidamente sacaba su libretita de notas para apuntarlo y no volver a decirlo mal jamás.
Creo que quería ser pobre. En serio, no hay otra explicación posible, porque todo lo que tenía lo regalaba. Dejó de dormir en palacio y se alquiló un pisito de un dormitorio en el Barrio Gótico, y siempre que tenía ocasión nos invitaba a todas a comer a su casa. Nos preparaba platos exquisitos, eso sí, de esos que sirven sólo en los actos sociales más refinados y que nos hacían felices al primer bocado.
En Navidad siempre nos preparaba felicitaciones a mano, como las de antes, hechas con cartulina por ella misma y con una muestra de su cariño en forma de palabras en el interior. No nos podía comprar nada porque encima andaba en números rojos... ¡una princesa en bancarrota! Y ella era feliz así.
Cuando yo tenía un mal día y llegaba al curro triste, ella se sentaba a mi lado y me contaba sus sueños de amor imposible. No sé por qué, pero creo que la gente de sangre real sueña cosas distintas a las que soñamos el resto. Sueños Reales, supongo. Y a mí me encantaba escucharlos en boca de esta chiquilla pizpireta y curiosa, siempre sonriente.
Otras veces en las que yo me quedaba en recepción y ella se sentaba a trabajar en el cuarto de administración, (porque no le quedaba otro remedio, ya que odiaba estar sola) abría el skype y me decía por el chat:
-Beíta, ¡cuéntame una historia!
Y claro, yo no podía hacer otra cosa que sonreir y empezar a darle vida a mi imaginación. ¡Quién puede desobedecer una orden real tan bonita!
Como os decía, me cambió la vida... porque gracias a ella las jornadas laborales se me hicieron mucho más llevaderas. Su estrambótica filosofía de vida me ayudó a ver las cosas desde un punto de vista completamente diferente al que estaba yo acostumbrada, y muchas veces tuve que darle la razón cuando me regañaba cual madre preocupada y me decía que tenía que quererme más, que a veces hay que mandarlo todo a tomar por saco y buscar la felicidad.
Y bueno, por alguna extraña razón mi princesa consiguió ser una más. Al final logró que todos olvidásemos quién era realmente y la quisiéramos de verdad. Se convirtió en la "niña" del grupo, la mimada, la traviesa. Nos encantaba chincharla y hacerle rabiar entre risas y bromas, porque adorábamos sus mejillas encendidas y su carita enfurruñada diciéndonos que la respetásemos, que era un superior, justo antes de buscarnos las cosquillas para continuar la pelea.
Puede que ella ande mal de dinero, pero es la mujer más rica del mundo. Y yo, a su lado, también lo fui.
Te quiero mucho y te echo de menos, Princesa. Muchas felicidades. Aquí tienes mi historia de hoy:
Sonatina
La princesa está triste... ¿Qué tendrá la princesa? Los suspiros se escapan de su boca de fresa, que ha perdido la risa, que ha perdido el color. La princesa está pálida en su silla de oro, está mudo el teclado de su clave sonoro, y en un vaso, olvidada, se desmaya una flor. El jardín puebla el triunfo de los pavos reales. Parlanchina, la dueña dice cosas banales, y vestido de rojo piruetea el bufón. La princesa no ríe, la princesa no siente; la princesa persigue por el cielo de Oriente la libélula vaga de una vaga ilusión. ¿Piensa, acaso, en el príncipe de Golconda o de China, o en el que ha detenido su carroza argentina para ver de sus ojos la dulzura de luz? ¿O en el rey de las islas de las rosas fragantes, o en el que es soberano de los claros diamantes, o en el dueño orgulloso de las perlas de Ormuz? ¡Ay!, la pobre princesa de la boca de rosa quiere ser golondrina, quiere ser mariposa, tener alas ligeras, bajo el cielo volar; ir al sol por la escala luminosa de un rayo, saludar a los lirios con los versos de mayo o perderse en el viento sobre el trueno del mar. Ya no quiere el palacio, ni la rueca de plata, ni el halcón encantado, ni el bufón escarlata, ni los cisnes unánimes en el lago de azur. Y están tristes las flores por la flor de la corte, los jazmines de Oriente, los nelumbos del Norte, de Occidente las dalias y las rosas del Sur. ¡Pobrecita princesa de los ojos azules! Está presa en sus oros, está presa en sus tules, en la jaula de mármol del palacio real; el palacio soberbio que vigilan los guardas, que custodian cien negros con sus cien alabardas, un lebrel que no duerme y un dragón colosal. ¡Oh, quién fuera hipsipila que dejó la crisálida! (La princesa está triste, la princesa está pálida) ¡Oh visión adorada de oro, rosa y marfil! ¡Quién volara a la tierra donde un príncipe existe, —la princesa está pálida, la princesa está triste—, más brillante que el alba, más hermoso que abril! —«Calla, calla, princesa —dice el hada madrina—; en caballo, con alas, hacia acá se encamina, en el cinto la espada y en la mano el azor, el feliz caballero que te adora sin verte, y que llega de lejos, vencedor de la Muerte, a encenderte los labios con un beso de amor». |
Rubén Darío
28 junio 2009
Adiós.
Nuestra relación podría calificarse como agridulce.
Ya desde el primer momento fue pasional, irracional, puramente física. La conocí en aquel momento de mi vida en el que andaba perdida por el mundo y ella me ofreció la oportunidad de perderme en su belleza, acariciándome con aquella delicadeza que me sorprendió.
Pasé casi dos años extasiada por su carácter activo, por las sorpresas diarias tras despertarme a su lado, por esa luz en su mirada y esos largos paseos por la Ciutadella.
Jamás me paraba a pensar en serio en que ella nunca me ofreció estabilidad. Que era difícil vivir a su lado, y que quizá no era para mí. Me autoengañaba, eso está claro, y cuando las fuerzas me flaqueaban y me veía sola en casa un sábado por la noche prefería irme a dormir antes que replantearme las cosas. Ahora que todo ha acabado pienso que puede que en el fondo, por otra parte, siempre haya sabido que a pesar de pasarlo bien juntas yo no le pertenecía...
No sé si soy yo la que nunca podrá ser suya, o si es ella la que no me pertecene.
Pero ahora tengo que volver a darle un giro a mi vida, y aunque la oportunidad de contemplarla al amanecer en mi terraza sea algo que muy pronto se convertirá en pasado, sé que me guardo en la memoria nuestros mejores momentos juntas... y que no permitiré que estos casi dos años se conviertan en un mal recuerdo.
Me quedo con lo mejor, sin duda. Con toda la gente que conocí gracias a ella; con todo lo que me ha enseñado sobre la vida, sobre mí misma.
Con San Juan, los dos. Con los mojitos en el bar del Gótico. Con las clases de salsa los sábados. Con Port Aventura. Con el cine en catalán al aire libre en el parque. Con las risas con mis compañeras de trabajo. Con las mañanas de compras por Portal del Ángel. Con las vistas desde Tibidabo. Con el chino de Hospitalet. Con los cuentos antes de dormir. Con las clases de inglés y de italiano. Con las torrades. Con Paseo de Gracia al anochecer. Con el olor de Rambla Cataluña en verano. Con la horchata de calle Provenza. Con la luz del sol que me daba en la cara cuando despertaba en aquella habitación de Sants.
Sé que la echaré de menos, pero es ley de vida y ahora me vuelve a tocar mover ficha.
Barcelona, muchas gracias por haberme querido tanto, al fin y al cabo. Sabes que no es por ti, ¿verdad? Es por mí, y no sirve de nada tratar de buscar culpables.
Yo te prometo que estaré bien... ¡vuelvo a Málaga! (sólo con pensarlo ya sonrío). Y además me llevo algo muy importante que nunca me cansaré de agradecerte: me has ayudado a aclarar mis ideas y a darme cuenta de que mi sitio está al sur. He tenido que viajar mil kilómetros para darme cuenta pero, ¿sabes? no me arrepiento de nada.
Y bueno, sobra que te lo diga, pero ésto no es un adiós para siempre. Sé que alguna vez volveremos a vernos, (dejo mucha gente importante aquí), pero ahora necesito descansar y recuperarme.
Te deseo lo mejor. Sé que estarás bien, pero me gustaría pedirte un último favor: no me olvides nunca. Ojalá guardes en algun rinconcito de tu alma el sonido de mi risa.
29 mayo 2009
Refugios
No sé por qué, (creo que es debido a unos árboles que florecen de noche) pero en verano a partir de las ocho de la tarde Rambla Cataluña huele tremendamente bien.
Anoche me quedé parada en medio de la calle con la nariz en alto y un sonrisón, pensando que si yo fuese un hada del juego de rol Changeling, ése sería sin duda mi refugio feérico en Barcelona.
Aprovecho pues, hablando de juegos de rol, para comentaros que hoy empieza el salón del Comic de Barcelona... y que como el lunes es fiesta en Cataluña, si os paseáis por sus stands igual os chocáis conmigo.
¡Que paséis un buen fin de semana!
Anoche me quedé parada en medio de la calle con la nariz en alto y un sonrisón, pensando que si yo fuese un hada del juego de rol Changeling, ése sería sin duda mi refugio feérico en Barcelona.
Aprovecho pues, hablando de juegos de rol, para comentaros que hoy empieza el salón del Comic de Barcelona... y que como el lunes es fiesta en Cataluña, si os paseáis por sus stands igual os chocáis conmigo.
¡Que paséis un buen fin de semana!
24 abril 2009
Rosa rosae
Ayer me regalaron cinco rosas, bombones con pétalos de rosa, un punto de libro de rosas y sorbete de fresa con esencia de rosa. No lo digo por fardar, (de hecho creo que hubiese preferido menos rosas y más libros) sino para comenzar dejando bien claro que lo que voy a decir ahora no es fruto de la envidia o la rabia. Sólo de la pena.
En San Jordi todas las chicas de Barcelona tienen que pasearse por la calle con una rosa, al menos. En teoría tu chico, tu padre, tu hermano o cualquier hombre que te aprecie debere regalarte la flor si quiere respetar la tradición, así que cuando vas caminando por Rambla Cataluña con tu rosa en mano es como si llevases un cartel que diga "pues sí, a mí también me quieren". Absolutamente todas las mujeres, ya sean niñas, jovencitas de buen ver, ancianitas o marujonas en bata lucen sus flores tanto como pueden, aunque sea muy incómodo pasarte el día con la rosaca y la espiga y el pedazo de papel que le ponen de una mano a otra.
Mientras caminaba anoche por Rambla Cataluña de vuelta a casa, me puse a observar los restos de la inundación florida y a las pocas parejas que aún quedaban paseando de la mano, y no pude evitar acordarme de aquellos tiempos en los que yo paseaba sola por el mundo. Por aquel entonces lo más probable es que de haber vivido en Barcelona no hubiese recibido ninguna rosa por San Jordi...
Mi sonrisa se congeló, y mi mente comenzó a vagar otra vez sin poder remediarlo por aquella amargura de saber que era invisible; aquella certeza de soledad que empapaba de lágrimas mis tardes adolescentes.
La camarera del bar donde como a diario estaba limpiando las mesas para cerrar su local. Pasé junto a ella y observé su frente sudorosa, sus manos cansadas y ese gris en la mirada que denota hastío y pesadumbre. Me acerqué a ella, la saludé con la mirada y le tendí una de mis rosas, consciente de que lo más probable es que fuese la primera que recibía ese día.
Entonces ella dejó el trapo sobre una mesa, puso los brazos en jarras y exclamó, tratando de parecer alegre:
-¡Gracias, Bea! Es la segunda que me regalan hoy, me ha hecho mucha ilusión...
Vaya, pensé yo, enfurruñada. Se me han adelantado...
Ella pareció captar mis pensamientos y me dijo, ufana:
-La primera me la compré yo misma, esta mañana.
Me despedí de ella con un gesto cariñoso, mirando mis rosas de otra manera.
Aún tengo mucho que aprender en esta vida... así que abriré bien los ojos, agudizaré el oído y dejaré que mi pasado se quede donde está, de una vez por todas.
En San Jordi todas las chicas de Barcelona tienen que pasearse por la calle con una rosa, al menos. En teoría tu chico, tu padre, tu hermano o cualquier hombre que te aprecie debere regalarte la flor si quiere respetar la tradición, así que cuando vas caminando por Rambla Cataluña con tu rosa en mano es como si llevases un cartel que diga "pues sí, a mí también me quieren". Absolutamente todas las mujeres, ya sean niñas, jovencitas de buen ver, ancianitas o marujonas en bata lucen sus flores tanto como pueden, aunque sea muy incómodo pasarte el día con la rosaca y la espiga y el pedazo de papel que le ponen de una mano a otra.
Mientras caminaba anoche por Rambla Cataluña de vuelta a casa, me puse a observar los restos de la inundación florida y a las pocas parejas que aún quedaban paseando de la mano, y no pude evitar acordarme de aquellos tiempos en los que yo paseaba sola por el mundo. Por aquel entonces lo más probable es que de haber vivido en Barcelona no hubiese recibido ninguna rosa por San Jordi...
Mi sonrisa se congeló, y mi mente comenzó a vagar otra vez sin poder remediarlo por aquella amargura de saber que era invisible; aquella certeza de soledad que empapaba de lágrimas mis tardes adolescentes.
La camarera del bar donde como a diario estaba limpiando las mesas para cerrar su local. Pasé junto a ella y observé su frente sudorosa, sus manos cansadas y ese gris en la mirada que denota hastío y pesadumbre. Me acerqué a ella, la saludé con la mirada y le tendí una de mis rosas, consciente de que lo más probable es que fuese la primera que recibía ese día.
Entonces ella dejó el trapo sobre una mesa, puso los brazos en jarras y exclamó, tratando de parecer alegre:
-¡Gracias, Bea! Es la segunda que me regalan hoy, me ha hecho mucha ilusión...
Vaya, pensé yo, enfurruñada. Se me han adelantado...
Ella pareció captar mis pensamientos y me dijo, ufana:
-La primera me la compré yo misma, esta mañana.
Me despedí de ella con un gesto cariñoso, mirando mis rosas de otra manera.
Aún tengo mucho que aprender en esta vida... así que abriré bien los ojos, agudizaré el oído y dejaré que mi pasado se quede donde está, de una vez por todas.
21 abril 2009
Asertividad.
Una de la tarde del medio día de hoy. La Rizos se dispone a zamparse un menú del Pans & Company de Rambla Cataluña compuesto por bocata de pollo, coca-cola light (sigh) y patatas fritas.
Le da un mordisco al bocadillo, aceptable. Bebe un sorbo de coca-cola, prueba una patata y... ARG! Horror. Recalentadas, duras, secas, insípidas. Mi mente hace un cálculo veloz y adivina el tiempo que llevan fritas: media hora. He de decir que una sibarita de las patatas como yo es incapaz de tomarse algo así, y mucho menos tras haber pagado una cantidad más que notable por ello... así que me levanté y me dirigí rauda hasta la barra con el sobrecito de patatas y le dije a la cajera, poniendo mi mejor cara de Bambi:
-Disculpe, estas patatas están recalentadas y no se pueden comer. No me importa esperar un rato, pero ¿podrían prepararme otras?
Durante 0,2 segundos la chica se quedó pasmada, no sé si porque no está acostumbrada a que le hagan este tipo de quejas o a que se las hagan con tanta educación. Lo digo con conocimiento de causa, que sufro en mis carnes a diario la pichacortez y estreñimiento de miles de personas que vienen a quejarse de mala manera a mi academia por cosas completamente estúpidas...
Al final, cogió las patatas y sin mediar palabra se metió en la cocina, ( escuché cómo comentaba con otra lo ocurrido, y cómo se mofaban que las patatas esas no estaban tan malas) y yo volví a mi mesa a seguir dando buena cuenta de mi bocata.
Tardaron cinco minutos en volver a prepararme una ración de papas más que decente, calentitas y crujientes. Cuando otra mujer salió de la cocina y las depositó en la bandeja, mirando hacia abajo, amplié mi sonrisa hasta el infinito y le dije:
-Muchas gracias. Y dígale que se lo agradezco también a la persona que las volvió a hacer...
La chica fue entonces quien sonrió, (-¡fui yo! ^_^) y volvió a meterse en la cocina no sin antes preguntarme, aún con risa floja: ¿quieres ketchup o mayonesa? ¿están buenas éstas?
Conclusiones y moralejas varias: ser asertivo y exigir lo que pagas no significa ser borde. Si todo el mundo fuese consciente del poder de una sonrisa, las guerras la utilizarían como arma principal y se olvidarían de bombas...
Ah, otra conclusión: las trabajadoras del Pans de Rambla Cataluña son muy majas. Verdaderamente no les costaba nada volver a prepararme las patatas, y además lo que conseguían con ello era mucho más importante: una cliente satisfecha.
Ojalá muchas empresas mayores tomasen nota.
Le da un mordisco al bocadillo, aceptable. Bebe un sorbo de coca-cola, prueba una patata y... ARG! Horror. Recalentadas, duras, secas, insípidas. Mi mente hace un cálculo veloz y adivina el tiempo que llevan fritas: media hora. He de decir que una sibarita de las patatas como yo es incapaz de tomarse algo así, y mucho menos tras haber pagado una cantidad más que notable por ello... así que me levanté y me dirigí rauda hasta la barra con el sobrecito de patatas y le dije a la cajera, poniendo mi mejor cara de Bambi:
-Disculpe, estas patatas están recalentadas y no se pueden comer. No me importa esperar un rato, pero ¿podrían prepararme otras?
Durante 0,2 segundos la chica se quedó pasmada, no sé si porque no está acostumbrada a que le hagan este tipo de quejas o a que se las hagan con tanta educación. Lo digo con conocimiento de causa, que sufro en mis carnes a diario la pichacortez y estreñimiento de miles de personas que vienen a quejarse de mala manera a mi academia por cosas completamente estúpidas...
Al final, cogió las patatas y sin mediar palabra se metió en la cocina, ( escuché cómo comentaba con otra lo ocurrido, y cómo se mofaban que las patatas esas no estaban tan malas) y yo volví a mi mesa a seguir dando buena cuenta de mi bocata.
Tardaron cinco minutos en volver a prepararme una ración de papas más que decente, calentitas y crujientes. Cuando otra mujer salió de la cocina y las depositó en la bandeja, mirando hacia abajo, amplié mi sonrisa hasta el infinito y le dije:
-Muchas gracias. Y dígale que se lo agradezco también a la persona que las volvió a hacer...
La chica fue entonces quien sonrió, (-¡fui yo! ^_^) y volvió a meterse en la cocina no sin antes preguntarme, aún con risa floja: ¿quieres ketchup o mayonesa? ¿están buenas éstas?
Conclusiones y moralejas varias: ser asertivo y exigir lo que pagas no significa ser borde. Si todo el mundo fuese consciente del poder de una sonrisa, las guerras la utilizarían como arma principal y se olvidarían de bombas...
Ah, otra conclusión: las trabajadoras del Pans de Rambla Cataluña son muy majas. Verdaderamente no les costaba nada volver a prepararme las patatas, y además lo que conseguían con ello era mucho más importante: una cliente satisfecha.
Ojalá muchas empresas mayores tomasen nota.
18 abril 2009
Con mucho gusto
La memoria a veces me recuerda a una de esas niñas traviesas y descaradas que, con los ojos brillantes y la boca mellada, nos dan un abrazo meloso y zalamero justo después de cometer una trastada. En ocasiones dulce, otras más amarga, es capaz de despertar todo tipo de sentimientos y emociones encontradas en nuestro interior, en esa parte del cerebro que reservamos para nuestros recuerdos más preciados.
Y cuando la memoria se va de cañas con los sentidos, (sobre todo con el del oído y el del olfato) nos volvemos meras marionetas del pasado y revivimos fácilmente nuestra época escolar al escuchar aquellas canciones que escuchábamos de niños o al oler a caramelo y algodón de azúcar. ¿Quién no se ha puesto tonto cuando al encender la radio del coche vuelve a escuchar aquella canción de los Piratas con la que lloró al perder a su primer amor? ¿Quién no recuerda a qué olía mamá, dejando esa estela perfumada allá por donde sonaban sus tacones por el pasillo?
Hoy me puse a pensar en esos resortes que activan nuestros recuerdos mientras me zampaba un bocadillo de tortilla de patatas, y entonces me acordé. Volví la vista atrás y me encontré con aquella chiquilla vestida de uniforme, con falda de tablas y calcetines azules hasta las rodillas. Recordé como si no hubiesen pasado quince años a qué olían los bocatas que repartían las monjas en el recreo, pura delicia para nuestros paladares, y lo contenta que me ponía cada mañana al dar las once y colarme por entre los chicos mayores que hacían cola en el bar hasta conseguir uno de esos tesoros.
También me acordé de aquellos caramelos de color morado que imitaban a las violetas, con ese aroma floral y ese sabor tan suave que me volvía loca y que yo guardaba como oro en paño en bolsitas de plástico, para comérmelos a escondidas entre clase y clase.
Sonriendo, dejé que el tiempo pasara unos años en mi mente hasta llegar a los menús de la facultad de Filología Inglesa. Por seis euros te ponías morado a base de macarrones, ensaladas, sopas, cremas, carnes y guisos. Aún recuerdo bien lo riquísimo que me sabía el pollo al horno con patatas después de las seis horas seguidas de clase de los viernes, y de cómo empezábamos las tardes entre cafés aguados y risas, haciendo planes para el fin de semana.
Avanzando algo más en la historia gastronómica de mi vida llegué hasta mis tres años de Turismo y me detuve para recordar a Antonio, a Luismi, a Cristelle, a Fernando. A aquellas horas de clase de inglés que perdíamos -sinvergüenzas- desayunando en la Baranda y tomándonos un Reliao y un mitad doble. Creo que jamás conseguiré prepararme un bocadillo tan bueno como el Reliao, quizá porque ni el lugar, ni la compañía ni el momento sean los mismos.
Acabé la facultad y llegué al hotel, donde probé por primera vez todos los granizados del mundo y el helado barato de máquina. Es curioso lo rico que me sabía entonces, debido quizá al calor que hacía y a lo mucho que me refrescaba después de bailar con los guiris durante horas.
Esa fue también la época del Swan y de los White Russian, de los camperos de Mafalda y de las pipas Tijuana.
Y hoy, que me emociono con una ración de bravas del Bar Tomás y que adoro los mojitos frutales de mi bar favorito del Born, sé que estoy creando de alguna forma esos recuerdos juguetones y alegres que algún día volverán a hacerme cosquillas cuando, allá donde sea que yo baile en el futuro, alguien me ofrezca un cóctel con frutas y no pueda más que sonreir al acordarme de aquellos días en Barcelona en los que retomaba mis clases de salsa los sábados por la noche y las regaba con cócteles brindando por ti, por mí. Por todos nosotros.
Seguro que tú también recuerdas algo que comías o bebías en los mejores momentos de tu vida. ¿Me lo cuentas?
Y cuando la memoria se va de cañas con los sentidos, (sobre todo con el del oído y el del olfato) nos volvemos meras marionetas del pasado y revivimos fácilmente nuestra época escolar al escuchar aquellas canciones que escuchábamos de niños o al oler a caramelo y algodón de azúcar. ¿Quién no se ha puesto tonto cuando al encender la radio del coche vuelve a escuchar aquella canción de los Piratas con la que lloró al perder a su primer amor? ¿Quién no recuerda a qué olía mamá, dejando esa estela perfumada allá por donde sonaban sus tacones por el pasillo?
Hoy me puse a pensar en esos resortes que activan nuestros recuerdos mientras me zampaba un bocadillo de tortilla de patatas, y entonces me acordé. Volví la vista atrás y me encontré con aquella chiquilla vestida de uniforme, con falda de tablas y calcetines azules hasta las rodillas. Recordé como si no hubiesen pasado quince años a qué olían los bocatas que repartían las monjas en el recreo, pura delicia para nuestros paladares, y lo contenta que me ponía cada mañana al dar las once y colarme por entre los chicos mayores que hacían cola en el bar hasta conseguir uno de esos tesoros.
También me acordé de aquellos caramelos de color morado que imitaban a las violetas, con ese aroma floral y ese sabor tan suave que me volvía loca y que yo guardaba como oro en paño en bolsitas de plástico, para comérmelos a escondidas entre clase y clase.
Sonriendo, dejé que el tiempo pasara unos años en mi mente hasta llegar a los menús de la facultad de Filología Inglesa. Por seis euros te ponías morado a base de macarrones, ensaladas, sopas, cremas, carnes y guisos. Aún recuerdo bien lo riquísimo que me sabía el pollo al horno con patatas después de las seis horas seguidas de clase de los viernes, y de cómo empezábamos las tardes entre cafés aguados y risas, haciendo planes para el fin de semana.
Avanzando algo más en la historia gastronómica de mi vida llegué hasta mis tres años de Turismo y me detuve para recordar a Antonio, a Luismi, a Cristelle, a Fernando. A aquellas horas de clase de inglés que perdíamos -sinvergüenzas- desayunando en la Baranda y tomándonos un Reliao y un mitad doble. Creo que jamás conseguiré prepararme un bocadillo tan bueno como el Reliao, quizá porque ni el lugar, ni la compañía ni el momento sean los mismos.
Acabé la facultad y llegué al hotel, donde probé por primera vez todos los granizados del mundo y el helado barato de máquina. Es curioso lo rico que me sabía entonces, debido quizá al calor que hacía y a lo mucho que me refrescaba después de bailar con los guiris durante horas.
Esa fue también la época del Swan y de los White Russian, de los camperos de Mafalda y de las pipas Tijuana.
Y hoy, que me emociono con una ración de bravas del Bar Tomás y que adoro los mojitos frutales de mi bar favorito del Born, sé que estoy creando de alguna forma esos recuerdos juguetones y alegres que algún día volverán a hacerme cosquillas cuando, allá donde sea que yo baile en el futuro, alguien me ofrezca un cóctel con frutas y no pueda más que sonreir al acordarme de aquellos días en Barcelona en los que retomaba mis clases de salsa los sábados por la noche y las regaba con cócteles brindando por ti, por mí. Por todos nosotros.
Seguro que tú también recuerdas algo que comías o bebías en los mejores momentos de tu vida. ¿Me lo cuentas?
27 marzo 2009
Quejicas
Cada noche se repite la misma secuencia: cuando el reloj de pared de mi trabajo marca las diez apago todas las luces, me pongo el abrigo, enciendo la alarma, cierro la puerta y bajo corriendo las escaleras camino de la parada del autobús. Si me entretengo más de medio minuto podría ser que el conductor pasase de largo sin mí, así que estoy ejercitando los gemelos cosa mala...
El lunes pasado le vi, sentado en la parada. Llegué misteriosamente a tiempo para sentarme diez segundos a su lado,(respirando hondo después de la carrera) y le escuché hablando solo, en voz alta. Era un señor de unos cuarenta años bien vestido, que iba cargado con un montón de bolsas del Carrefour y una mirada de hastío impresionante. Gritaba con acento sudamericano, quejándose por la tardanza de los autobuses, de lo harto que estaba del sistema de transporte catalán y de que todo se estropease en esta puta ciudad. Que cualquier día se volvía a su tierra, donde sin duda todo iba mucho mejor... Le miré de reojo, pensando que por mucho tiempo que llevase esperando sus ademanes y gritos estaban descompensados y fuera de lugar, -todo el mundo le miraba, curioseando- pero entonces mi autobús apareció por el horizonte y me levanté de un salto para volver a casa.
Por el camino, acordándome del señor extranjero que se quejaba, empecé a pensar en todas las cosas que no funcionan en Barcelona. Las ayudas para que los jóvenes puedan pagar su alquiler son de risa: te las dan año y medio después de solicitarlas. Vamos, cuando has vuelto con tus padres porque no podías pagar el alquiler.
Con el ceño fruncido me acordé también del tráfico; de esas estúpidas leyes de regulación de la velocidad, a veces variable. Además de no conseguir reducir la contaminación, porque los acelerones y frenazos producen mucha más... encima estresan al conductor, que tiene que ir todo el rato pendiente del aforador para no pasarse de ochenta. Y encima caravanas a porrillo en las entradas y salidas de Barcelona. A diario.
¿Y los precios? Coñe, es que son para echarse a temblar. Vas a comprarte un par de zapatos normales, de diario, y te clavan mínimo 60€. Por un café y un bollo, 5€, y por ir al cine una tarde con tu pareja prepara 30€ para las entradas, palomitas y coca-cola. Es normal que la gente se agobie, se amargue, se deprima. Que la ciudad parezca tan gris, que los catalanes vivan siempre con la soga al cuello. Ya mismo nos cobrarán por sentarnos a tomar el sol en el parque...
Esa noche me dormí cabreada, de tanto darle vueltas al tema. Cuando me levanté hacía sol y yo ya había olvidado (de momento) todas mis quejas y preocupaciones, hasta ayer.
Salí del trabajo a las diez, como siempre, y de nuevo repetí mi sprint final con éxito: llegué a tiempo a la parada. Me apoyé en la marquesina para tomar aire, y entonces le escuché pegando berridos de nuevo:
-¡Que asco de transporte! ¡Estoy hasta los huevos! El día menos pensado pillo la maleta y me vuelvo a casa, porque ésta nunca será mi casa.
Pobre, pensé, dedicándole una mirada comprensiva. En el fondo tiene razón, es normal que se queje...
Una señora se acercó a él, tímida, y le dijo entre susurros:
-Oiga, que su autobús es ése que está ahí...
El hombre pegó un brinco, cogió sus bolsas rápidamente y agradeciéndoselo a la señora entró en el autobús que esperaba justo a tiempo.
Miré a la heroína de la noche con curiosidad, preguntándome cómo sabría ella que ése era justo el autobús que estaba esperando nuestro amigo, y casi leyéndome el pensamiento me sonrió y me dijo:
-Cada noche igual. No es la primera vez que me lo encuentro, y si yo no le aviso de que viene su autobús, se le escapa y él se queda aquí quejándose toda la noche. Ay Dios mío, qué hombres más tontos...
Esa noche me dormí pensando que todos somos un poco así: tontos. Porque a veces con tanto quejarnos no podemos ver lo que tenemos delante y nos perdemos las mejores oportunidades de la vida...
Qué más da el tráfico, los precios, las ayudas. Puedo conseguir todo lo que necesite para ser feliz... y mi autobús seguirá pasando por mi parada cada noche a las diez y diez para llevarme de vuelta a casa.
El lunes pasado le vi, sentado en la parada. Llegué misteriosamente a tiempo para sentarme diez segundos a su lado,(respirando hondo después de la carrera) y le escuché hablando solo, en voz alta. Era un señor de unos cuarenta años bien vestido, que iba cargado con un montón de bolsas del Carrefour y una mirada de hastío impresionante. Gritaba con acento sudamericano, quejándose por la tardanza de los autobuses, de lo harto que estaba del sistema de transporte catalán y de que todo se estropease en esta puta ciudad. Que cualquier día se volvía a su tierra, donde sin duda todo iba mucho mejor... Le miré de reojo, pensando que por mucho tiempo que llevase esperando sus ademanes y gritos estaban descompensados y fuera de lugar, -todo el mundo le miraba, curioseando- pero entonces mi autobús apareció por el horizonte y me levanté de un salto para volver a casa.
Por el camino, acordándome del señor extranjero que se quejaba, empecé a pensar en todas las cosas que no funcionan en Barcelona. Las ayudas para que los jóvenes puedan pagar su alquiler son de risa: te las dan año y medio después de solicitarlas. Vamos, cuando has vuelto con tus padres porque no podías pagar el alquiler.
Con el ceño fruncido me acordé también del tráfico; de esas estúpidas leyes de regulación de la velocidad, a veces variable. Además de no conseguir reducir la contaminación, porque los acelerones y frenazos producen mucha más... encima estresan al conductor, que tiene que ir todo el rato pendiente del aforador para no pasarse de ochenta. Y encima caravanas a porrillo en las entradas y salidas de Barcelona. A diario.
¿Y los precios? Coñe, es que son para echarse a temblar. Vas a comprarte un par de zapatos normales, de diario, y te clavan mínimo 60€. Por un café y un bollo, 5€, y por ir al cine una tarde con tu pareja prepara 30€ para las entradas, palomitas y coca-cola. Es normal que la gente se agobie, se amargue, se deprima. Que la ciudad parezca tan gris, que los catalanes vivan siempre con la soga al cuello. Ya mismo nos cobrarán por sentarnos a tomar el sol en el parque...
Esa noche me dormí cabreada, de tanto darle vueltas al tema. Cuando me levanté hacía sol y yo ya había olvidado (de momento) todas mis quejas y preocupaciones, hasta ayer.
Salí del trabajo a las diez, como siempre, y de nuevo repetí mi sprint final con éxito: llegué a tiempo a la parada. Me apoyé en la marquesina para tomar aire, y entonces le escuché pegando berridos de nuevo:
-¡Que asco de transporte! ¡Estoy hasta los huevos! El día menos pensado pillo la maleta y me vuelvo a casa, porque ésta nunca será mi casa.
Pobre, pensé, dedicándole una mirada comprensiva. En el fondo tiene razón, es normal que se queje...
Una señora se acercó a él, tímida, y le dijo entre susurros:
-Oiga, que su autobús es ése que está ahí...
El hombre pegó un brinco, cogió sus bolsas rápidamente y agradeciéndoselo a la señora entró en el autobús que esperaba justo a tiempo.
Miré a la heroína de la noche con curiosidad, preguntándome cómo sabría ella que ése era justo el autobús que estaba esperando nuestro amigo, y casi leyéndome el pensamiento me sonrió y me dijo:
-Cada noche igual. No es la primera vez que me lo encuentro, y si yo no le aviso de que viene su autobús, se le escapa y él se queda aquí quejándose toda la noche. Ay Dios mío, qué hombres más tontos...
Esa noche me dormí pensando que todos somos un poco así: tontos. Porque a veces con tanto quejarnos no podemos ver lo que tenemos delante y nos perdemos las mejores oportunidades de la vida...
Qué más da el tráfico, los precios, las ayudas. Puedo conseguir todo lo que necesite para ser feliz... y mi autobús seguirá pasando por mi parada cada noche a las diez y diez para llevarme de vuelta a casa.
13 marzo 2009
La colmena.
El chico de azul pedaleaba con fuerza bajando Paseo de Gracia por la acera. Pasaba de ir por el carril-bici, tan estrecho y aburrido. Todos sus compañeros de clase decían que él era el que mejor manejaba la bicicleta, los skates y la tabla de snow, y no podía desaprovechar la menor ocasión de corroborar tales afirmaciones.
Eran las doce del medio día, y la calle se abarrotaba de gente que subía y bajaba con prisas cual hormiguitas atareadas; ésto es como el terrario del instituto, pensó él. Un hombre que llevaba un ramo de rosas gigante se cruzó en su camino, gilipollas, y el ciclista tuvo que hacer un quiebro para no estamparse contra tal atontao. Estaba cabreado y lo único que quería era pedalear con fuerza, perderse entre la gente, marcharse lejos. Qué coño sabrían sus padres. ¿Por qué una psicóloga que no le conocía tenía que decidir su futuro?
Dejó un momento las bolsas en el suelo, (pesaban) mientras esperaba a que el semáforo se pusiese en verde para los peatones. ¿Le gustará el pescado?, pensaba, tratando de recordar la receta de rape de su madre y lamentándose por no haberle prestado más atención cuando todavía vivía con ella.
El semáforo cambió de color, y agarró sus bolsas para cruzar calle Aragón pisando fuerte, contoneando las caderas al ritmo del golpeteo de sus zapatos de tacón. Sonreía, nerviosa, tratando de imaginarse cómo acabaría esa cena con la que tanto había soñado y que por fin iba a hacerse realidad. ¿Qué le gustaría más a él, tanga o cullotte? Quizá disimularía mejor la barriga con el cullotte... ¿Se dejaba el pelo suelto, o se lo recogía? ¿Quedo como una fresca si le pido que se quede a dormir? ¿Y si no le gusto?
Barcelona, por fin. Sentado en un banco decorado con trencadís, frente a él se extendía la avenida más amplia y hermosa que había contemplado en su vida. Acostumbrado a las estrechas calles de su pueblo natal, blanco y rural, aquella enorme calle del Ensanche le parecía extraordinaria, majestuosa.
Estaba contento. Traía consigo una maleta llena de mapas, direcciones, ilusiones y teléfonos de interés, y no podía dejar de pensar que por fin tendría la oportunidad de empezar de cero. Había tardado meses en darse cuenta de que la vida sigue, y que aunque el amor no sea para siempre la vida continúa y no podemos cerrar los ojos ante su belleza.
Se levantó y tiró de su maleta calle arriba, buscando la Gran Vía de las Cortes Catalanas (apartamento soleado e impecable en pleno centro de Barcelona) que era, a la vez, su nueva oportunidad de ser feliz.
Una hermosa mujer de melena pelirroja pasó por su lado cargada con mil bolsas de H&M, Zara y Carrefour, y al observarla más detenidamente y descubrir su sonrisa enigmática y el rubor de sus mejillas pensó, animado, que quizá las grandes ciudades no fuesen tan malas como decía su padre, al fin y al cabo.
Arrugó la frente y rompió a llorar. No seas maricón, Joan, trató de decirse a sí mismo mientras caminaba despacio calle abajo, sin rumbo. Lo había perdido todo, todo. Su trabajo, (maldita crisis) su familia, sus amigos. Había estado tan ocupado buscando clientes y ampliando sus redes sociales que no había sido capaz de cuidar la única red que verdaderamente importa...
Obviamente ya era tarde. Ella no había querido escucharle ni aceptar sus rosas, y se había llevado a los niños a casa de su madre. Seguramente ahora se pondría a buscar un trabajo de mierda donde la explotarían por cuatro duros. O igual conocía a otro, alguien con estabilidad económica y mejor que él en la cama que la haría feliz de verdad. Porque era una mujer guapa, coño.Valía mucho, mucho más que él. No le costaría nada sobrevivir por su cuenta, pero él...
Miraba escaparates sin ver nada, sin ser consciente de lo que le rodeaba. Las lágrimas empañaban su vista y su mente, y por eso no fue capaz de ver al chiquillo en bibicleta que casi se lo lleva por delante en el cruce de Paseo de Gracia con Gran Vía. Abrió los ojos como platos, dio un brinco haciendo aspavientos con las rosas (que salieron despedidas por los aires) y finalmente pudo salir airoso con el corazón desbocado y el suelo gris repleto de pétalos multicolores.
Al menos me queda una... pensó él, irónico.
Qué asco de suelo, yo no sé qué educación enseñan a la gente. Barría el pedazo de acera que pertenecía a su bar cada mañana, y siempre terminaba enfadado. Mira que ya había prometido mil veces no ponerse nervioso, tomarse las cosas con más calma... Pero es que anoche antes de cerrar lo dejó todo niquelao, las mesas brillantes y el suelo como una patena, y hoy al llegar se había quedado boquiabierto con los restos de bocadillo, botellas de cerveza rotas y cacas de perro de la acera. A ver dónde cojones pongo yo las mesas hoy si no limpio ésto antes de la una, joder. Y encima tengo a Neus enferma, con lo rápida que es ella organizando.
Meneaba la escoba como un poseso de ceño fruncido y mirada encendida, cuando alguien dejó caer sin querer una bolsa frente a su escoba. Dos botes de nata montada y un pintalabios rojo empezaron a rodar hasta él que, curioso, alzó la vista para descubrir a una tiabuena tremenda que se acercaba, azorada, a recoger sus cosas.
-Uys, perdone, estoy tonta hoy...
Joder, qué escote.
-No te preocupes, guapa, que yo a ti te ayudo todo lo que quieras...
Le escuché soltarle una sarta de piropos tremenda, mientras ella se alejaba calle abajo todavía colorada y tropezando sin querer presa de los nervios.
Sonreí, divertida, mirando la cara del camarero que se frotaba las manos contra el delantal mugriento y pasaba de seguir limpiando en una mañana tan primaveral (y con tantas mujeres con poca ropa a su alrededor), y torcí por Gran Vía camino del trabajo.
-Perdone, señorita, ¿es ésta la Gran Vía de las Cortes esas?
Miré al hombre que me hablaba, sosteniendo un enorme mapa pintarrajeado frente a mis ojos, y asentí haciendo gala de mi experiencia como guía para decirle, señalando en el mapa:
-Sí. Mire, está usted aquí, y si quiere ir a donde tiene puesta la cruz tiene que seguir hacia delante.
Me dio las gracias antes de volver a agarrar su maleta y seguir su camino, y recé en silencio porque pasase desapercibido en esta ciudad donde el guiri es como un conejillo herido entre una bandada de cuervos.
Continué caminando y justo cuando pasaba frente al bar de los pitos, un hombre se paró frente a mí impidiéndome el paso, me dio los buenos días con voz temblorosa y lágrimas en los ojos y me regaló una rosa.
¿San Jordi no era en abril? Me pregunté yo dándole las gracias, extrañada, y continuando mi camino sin volverme para ver cómo seguía llorando sentado en un banco de Rambla Cataluña.
Eran las doce del medio día, y la calle se abarrotaba de gente que subía y bajaba con prisas cual hormiguitas atareadas; ésto es como el terrario del instituto, pensó él. Un hombre que llevaba un ramo de rosas gigante se cruzó en su camino, gilipollas, y el ciclista tuvo que hacer un quiebro para no estamparse contra tal atontao. Estaba cabreado y lo único que quería era pedalear con fuerza, perderse entre la gente, marcharse lejos. Qué coño sabrían sus padres. ¿Por qué una psicóloga que no le conocía tenía que decidir su futuro?
Dejó un momento las bolsas en el suelo, (pesaban) mientras esperaba a que el semáforo se pusiese en verde para los peatones. ¿Le gustará el pescado?, pensaba, tratando de recordar la receta de rape de su madre y lamentándose por no haberle prestado más atención cuando todavía vivía con ella.
El semáforo cambió de color, y agarró sus bolsas para cruzar calle Aragón pisando fuerte, contoneando las caderas al ritmo del golpeteo de sus zapatos de tacón. Sonreía, nerviosa, tratando de imaginarse cómo acabaría esa cena con la que tanto había soñado y que por fin iba a hacerse realidad. ¿Qué le gustaría más a él, tanga o cullotte? Quizá disimularía mejor la barriga con el cullotte... ¿Se dejaba el pelo suelto, o se lo recogía? ¿Quedo como una fresca si le pido que se quede a dormir? ¿Y si no le gusto?
Barcelona, por fin. Sentado en un banco decorado con trencadís, frente a él se extendía la avenida más amplia y hermosa que había contemplado en su vida. Acostumbrado a las estrechas calles de su pueblo natal, blanco y rural, aquella enorme calle del Ensanche le parecía extraordinaria, majestuosa.
Estaba contento. Traía consigo una maleta llena de mapas, direcciones, ilusiones y teléfonos de interés, y no podía dejar de pensar que por fin tendría la oportunidad de empezar de cero. Había tardado meses en darse cuenta de que la vida sigue, y que aunque el amor no sea para siempre la vida continúa y no podemos cerrar los ojos ante su belleza.
Se levantó y tiró de su maleta calle arriba, buscando la Gran Vía de las Cortes Catalanas (apartamento soleado e impecable en pleno centro de Barcelona) que era, a la vez, su nueva oportunidad de ser feliz.
Una hermosa mujer de melena pelirroja pasó por su lado cargada con mil bolsas de H&M, Zara y Carrefour, y al observarla más detenidamente y descubrir su sonrisa enigmática y el rubor de sus mejillas pensó, animado, que quizá las grandes ciudades no fuesen tan malas como decía su padre, al fin y al cabo.
Arrugó la frente y rompió a llorar. No seas maricón, Joan, trató de decirse a sí mismo mientras caminaba despacio calle abajo, sin rumbo. Lo había perdido todo, todo. Su trabajo, (maldita crisis) su familia, sus amigos. Había estado tan ocupado buscando clientes y ampliando sus redes sociales que no había sido capaz de cuidar la única red que verdaderamente importa...
Obviamente ya era tarde. Ella no había querido escucharle ni aceptar sus rosas, y se había llevado a los niños a casa de su madre. Seguramente ahora se pondría a buscar un trabajo de mierda donde la explotarían por cuatro duros. O igual conocía a otro, alguien con estabilidad económica y mejor que él en la cama que la haría feliz de verdad. Porque era una mujer guapa, coño.Valía mucho, mucho más que él. No le costaría nada sobrevivir por su cuenta, pero él...
Miraba escaparates sin ver nada, sin ser consciente de lo que le rodeaba. Las lágrimas empañaban su vista y su mente, y por eso no fue capaz de ver al chiquillo en bibicleta que casi se lo lleva por delante en el cruce de Paseo de Gracia con Gran Vía. Abrió los ojos como platos, dio un brinco haciendo aspavientos con las rosas (que salieron despedidas por los aires) y finalmente pudo salir airoso con el corazón desbocado y el suelo gris repleto de pétalos multicolores.
Al menos me queda una... pensó él, irónico.
Qué asco de suelo, yo no sé qué educación enseñan a la gente. Barría el pedazo de acera que pertenecía a su bar cada mañana, y siempre terminaba enfadado. Mira que ya había prometido mil veces no ponerse nervioso, tomarse las cosas con más calma... Pero es que anoche antes de cerrar lo dejó todo niquelao, las mesas brillantes y el suelo como una patena, y hoy al llegar se había quedado boquiabierto con los restos de bocadillo, botellas de cerveza rotas y cacas de perro de la acera. A ver dónde cojones pongo yo las mesas hoy si no limpio ésto antes de la una, joder. Y encima tengo a Neus enferma, con lo rápida que es ella organizando.
Meneaba la escoba como un poseso de ceño fruncido y mirada encendida, cuando alguien dejó caer sin querer una bolsa frente a su escoba. Dos botes de nata montada y un pintalabios rojo empezaron a rodar hasta él que, curioso, alzó la vista para descubrir a una tiabuena tremenda que se acercaba, azorada, a recoger sus cosas.
-Uys, perdone, estoy tonta hoy...
Joder, qué escote.
-No te preocupes, guapa, que yo a ti te ayudo todo lo que quieras...
Le escuché soltarle una sarta de piropos tremenda, mientras ella se alejaba calle abajo todavía colorada y tropezando sin querer presa de los nervios.
Sonreí, divertida, mirando la cara del camarero que se frotaba las manos contra el delantal mugriento y pasaba de seguir limpiando en una mañana tan primaveral (y con tantas mujeres con poca ropa a su alrededor), y torcí por Gran Vía camino del trabajo.
-Perdone, señorita, ¿es ésta la Gran Vía de las Cortes esas?
Miré al hombre que me hablaba, sosteniendo un enorme mapa pintarrajeado frente a mis ojos, y asentí haciendo gala de mi experiencia como guía para decirle, señalando en el mapa:
-Sí. Mire, está usted aquí, y si quiere ir a donde tiene puesta la cruz tiene que seguir hacia delante.
Me dio las gracias antes de volver a agarrar su maleta y seguir su camino, y recé en silencio porque pasase desapercibido en esta ciudad donde el guiri es como un conejillo herido entre una bandada de cuervos.
Continué caminando y justo cuando pasaba frente al bar de los pitos, un hombre se paró frente a mí impidiéndome el paso, me dio los buenos días con voz temblorosa y lágrimas en los ojos y me regaló una rosa.
¿San Jordi no era en abril? Me pregunté yo dándole las gracias, extrañada, y continuando mi camino sin volverme para ver cómo seguía llorando sentado en un banco de Rambla Cataluña.
06 febrero 2009
Cuando la noche languidece...
Cuando me mudé a Barcelona empecé a compartir piso muy cerca de la Sagrada Familia.
Cada noche, volviendo a casa del curro, tenía que recorrer el intercambio de líneas entre el metro lila y el azul, y justo en medio del pasillo por el que suben las escaleras mecánicas siempre había un negro tocando la trompeta.
Tocaba la misma melodía una y otra vez, aunque las primeras noches que me cruzaba con sus ojos enormes y sus zapatos de baile me costaba reconocer de qué canción se trataba. Supongo que ni él mismo conocía la música que interpretaba, puesto que las notas desfilaban todas juntas sin ritmos ni tiempos entre ellas. A veces alargaba una nota, a veces casi se las comía, por lo que deduje que se había aprendido la partitura de memoria sin tener ni idea de solfeo.
Una noche en la que llegaba yo más cansada de lo normal, me detuve un minuto a leer un cartel del andén que me llamó la atención. Y allí estaba el negro de la trompeta, inundando la estación con su incansable melodía habitual y sus brillantes ojos sonriendo bajo el ala del sombrero.
Me caía bien, ya que a pesar de no ser un músico brillante (o precisamente por eso, quién sabe) me parecía entrañable por alguna extraña razón. Me gustaba su forma de vestir, siempre con gabardina y sombrero, siempre galán. Sus zapatos impecables, brillantes, y sobre la funda de su trompeta descansaba cada ocaso un pañuelo de seda rojo con algunas letras bordadas a mano que nunca llegué a distinguir.
Pues bien, aquella noche en la que yo dedidí pararme unos minutos y descansar junto al cartel, observándole, un chico cargado con una mochila se detuvo también a su lado y sonrió. Era como si él sí que hubiese reconocido la canción que tocaba el trompetista, y parecía feliz de escucharla.
Dejó entonces la mochila en el suelo, junto al pañuelo de seda rojo, la abrió y sacó la funda de un clarinete.
El negro dejó de tocar (todos se giraron para mirar qué sudecía, ya que no estaban acostumbrados al silencio en aquella estación) y empezó a intercambiar palabras con el muchacho del clarinete mientras el chico le señalaba la partitura y le daba explicaciones con las manos.
Al cabo de dos minutos, con los ojos muy abiertos y sonrisa tímida, mi amigo el trompetista se sentó en un escalón mientras el chaval del clarinete se acercaba al micrófono de pie y empezaba a tocar. Pasaba del resto del mundo, pero de vez en cuando miraba de reojo al negro para cerciorarse de que estaba atento, de que comprendía.
Y vaya si estaba atento... Creo que no he visto una mirada tan enorme como aquella.
Se despidieron cinco minutos después, con un apretón de manos y un movimiento de sombrero. El chico, que no debía tener más de veinte años, siguió su camino escaleras arriba y el trompetista volvió a situarse en mitad del pasillo. Me miró, consciente de que había sido testigo de aquel mágico momento, y me guiñó un ojo justo antes de seguir tocando... aunque ahora su canción sonaba algo diferente.
Y así fue como por fin descubrí cuál era la canción que había estado escuchando noche tras noche a la vuelta del trabajo: Moliendo Café.
A veces el arte aparece en los lugares más insospechados...
Cada noche, volviendo a casa del curro, tenía que recorrer el intercambio de líneas entre el metro lila y el azul, y justo en medio del pasillo por el que suben las escaleras mecánicas siempre había un negro tocando la trompeta.
Tocaba la misma melodía una y otra vez, aunque las primeras noches que me cruzaba con sus ojos enormes y sus zapatos de baile me costaba reconocer de qué canción se trataba. Supongo que ni él mismo conocía la música que interpretaba, puesto que las notas desfilaban todas juntas sin ritmos ni tiempos entre ellas. A veces alargaba una nota, a veces casi se las comía, por lo que deduje que se había aprendido la partitura de memoria sin tener ni idea de solfeo.
Una noche en la que llegaba yo más cansada de lo normal, me detuve un minuto a leer un cartel del andén que me llamó la atención. Y allí estaba el negro de la trompeta, inundando la estación con su incansable melodía habitual y sus brillantes ojos sonriendo bajo el ala del sombrero.
Me caía bien, ya que a pesar de no ser un músico brillante (o precisamente por eso, quién sabe) me parecía entrañable por alguna extraña razón. Me gustaba su forma de vestir, siempre con gabardina y sombrero, siempre galán. Sus zapatos impecables, brillantes, y sobre la funda de su trompeta descansaba cada ocaso un pañuelo de seda rojo con algunas letras bordadas a mano que nunca llegué a distinguir.
Pues bien, aquella noche en la que yo dedidí pararme unos minutos y descansar junto al cartel, observándole, un chico cargado con una mochila se detuvo también a su lado y sonrió. Era como si él sí que hubiese reconocido la canción que tocaba el trompetista, y parecía feliz de escucharla.
Dejó entonces la mochila en el suelo, junto al pañuelo de seda rojo, la abrió y sacó la funda de un clarinete.
El negro dejó de tocar (todos se giraron para mirar qué sudecía, ya que no estaban acostumbrados al silencio en aquella estación) y empezó a intercambiar palabras con el muchacho del clarinete mientras el chico le señalaba la partitura y le daba explicaciones con las manos.
Al cabo de dos minutos, con los ojos muy abiertos y sonrisa tímida, mi amigo el trompetista se sentó en un escalón mientras el chaval del clarinete se acercaba al micrófono de pie y empezaba a tocar. Pasaba del resto del mundo, pero de vez en cuando miraba de reojo al negro para cerciorarse de que estaba atento, de que comprendía.
Y vaya si estaba atento... Creo que no he visto una mirada tan enorme como aquella.
Se despidieron cinco minutos después, con un apretón de manos y un movimiento de sombrero. El chico, que no debía tener más de veinte años, siguió su camino escaleras arriba y el trompetista volvió a situarse en mitad del pasillo. Me miró, consciente de que había sido testigo de aquel mágico momento, y me guiñó un ojo justo antes de seguir tocando... aunque ahora su canción sonaba algo diferente.
Y así fue como por fin descubrí cuál era la canción que había estado escuchando noche tras noche a la vuelta del trabajo: Moliendo Café.
A veces el arte aparece en los lugares más insospechados...
04 febrero 2009
Ciudad de nómadas
Alguien me dijo una vez que ojalá todo me fuese bien aquí, en Barcelona, porque la ciudad podía ser muy perra. Que ojalá no tuviese que encontrarme con su cara más oscura...
Y bueno, ya llevo más de un año aquí. He pasado épocas buenas y épocas malas, y por supuesto me he chocado de bruces con lo peor de esta gran Metrópoli.
Pero Barcelona no es perra. Barcelona es exigente.
A veces creo que se parece un poco al colegio en el que me crié durante mi infancia: estricta. Las cosas hay que currárselas, hay que moverse, hay que luchar. Hay que dejar de quejarse por todo y salir a la calle a buscarse la vida. Aquí no hay regalos, ni mentiras, ni nadie que te inunde el oído de palabras dulces y tiernas.
Barcelona me ha enseñado a ser más fuerte. Es curioso cómo las personas que han nacido y crecido aquí no son conscientes de lo diferente que es la vida en ciudades más pequeñas. Si lo comparo con Málaga, por ejemplo, es fácil descubrir que lo difícil aquí no es encontrar trabajo, por ejemplo. Aquí hay trabajo a puñados; mil oportunidades diferentes. Lo difícil es mantenerse, prosperar, subsistir. Aquí más que en ningún sitio se aplica la ley del pez más grande y fuerte.
En Málaga, cuando encuentras algo... es fácil que sea para siempre, si tú quieres.
Barcelona es una ciudad de nómadas. Durante los catorce meses que la conozco, he visto acoger en su seno a miles de personas de paso. Gente que cree que viene para quedarse, pero que se va. Gente que asoma la cabeza, entra con timidez, disfruta y se divierte y que cuando ya las cosas se ponen complicadas, busca otro sitio.
Yo quiero quedarme. Más que nada porque creo que, por fin, lo he comprendido todo. Quizá porque después de trece años en el colegio de monjas he aprendido la lección: los mayores esfuerzos conllevan las mejores satisfacciones. Y al igual que yo aprobé selectividad sin problema alguno después de haber estudiado tanto en mi adolescencia, Barcelona ahora comienza a aparecer más bonita ante mis ojos.
He aprendido que cuando consigues valorar lo que tienes, dejar de lamentarte por todo, administrar tu escaso sueldo y apañártelas para sonreirle a la vida, esta ciudad puede ser increíble.
Porque Barcelona no es sólo la Sagrada Familia y la torre Agbar. Ni el Tibidabo, ni Monjuic, ni Gaudí, ni las Ramblas.
Barcelona es el hogar de gente internacional, culta, alegre y optimista. Gente que vino una vez buscando su sitio, y que lo encuentra aquí porque ella es la mejor de las anfitrionas.
Barcelona me dio mil oportunidades cuando yo estaba perdida, y aún hoy sigue recordándome que aquí el esfuerzo se valora con creces.
Barcelona es la ciudad del mar, de los atardeceres hermosos, de los rincones mágicos y de los jardines encantados.
Y además ahora, por fin... Barcelona también soy yo.
Y bueno, ya llevo más de un año aquí. He pasado épocas buenas y épocas malas, y por supuesto me he chocado de bruces con lo peor de esta gran Metrópoli.
Pero Barcelona no es perra. Barcelona es exigente.
A veces creo que se parece un poco al colegio en el que me crié durante mi infancia: estricta. Las cosas hay que currárselas, hay que moverse, hay que luchar. Hay que dejar de quejarse por todo y salir a la calle a buscarse la vida. Aquí no hay regalos, ni mentiras, ni nadie que te inunde el oído de palabras dulces y tiernas.
Barcelona me ha enseñado a ser más fuerte. Es curioso cómo las personas que han nacido y crecido aquí no son conscientes de lo diferente que es la vida en ciudades más pequeñas. Si lo comparo con Málaga, por ejemplo, es fácil descubrir que lo difícil aquí no es encontrar trabajo, por ejemplo. Aquí hay trabajo a puñados; mil oportunidades diferentes. Lo difícil es mantenerse, prosperar, subsistir. Aquí más que en ningún sitio se aplica la ley del pez más grande y fuerte.
En Málaga, cuando encuentras algo... es fácil que sea para siempre, si tú quieres.
Barcelona es una ciudad de nómadas. Durante los catorce meses que la conozco, he visto acoger en su seno a miles de personas de paso. Gente que cree que viene para quedarse, pero que se va. Gente que asoma la cabeza, entra con timidez, disfruta y se divierte y que cuando ya las cosas se ponen complicadas, busca otro sitio.
Yo quiero quedarme. Más que nada porque creo que, por fin, lo he comprendido todo. Quizá porque después de trece años en el colegio de monjas he aprendido la lección: los mayores esfuerzos conllevan las mejores satisfacciones. Y al igual que yo aprobé selectividad sin problema alguno después de haber estudiado tanto en mi adolescencia, Barcelona ahora comienza a aparecer más bonita ante mis ojos.
He aprendido que cuando consigues valorar lo que tienes, dejar de lamentarte por todo, administrar tu escaso sueldo y apañártelas para sonreirle a la vida, esta ciudad puede ser increíble.
Porque Barcelona no es sólo la Sagrada Familia y la torre Agbar. Ni el Tibidabo, ni Monjuic, ni Gaudí, ni las Ramblas.
Barcelona es el hogar de gente internacional, culta, alegre y optimista. Gente que vino una vez buscando su sitio, y que lo encuentra aquí porque ella es la mejor de las anfitrionas.
Barcelona me dio mil oportunidades cuando yo estaba perdida, y aún hoy sigue recordándome que aquí el esfuerzo se valora con creces.
Barcelona es la ciudad del mar, de los atardeceres hermosos, de los rincones mágicos y de los jardines encantados.
Y además ahora, por fin... Barcelona también soy yo.
30 diciembre 2008
Bienvenido, mister 2009
Hoy ya es 30 de diciembre, y al igual que otros años me disponía yo a escribir un post-recopilatorio de los mejores momentos de mi vida del 2008...
Pero para qué, si los que leéis mi blog ya los habréis conocido todos.
Creo que sería mucho mejor cambiar esta vez y dedicarle mi último post del año al 2009, esos 365 días que se acercan y que sin duda compondrán mi próximo año de existencia...
Porque este año comienzo Enero un poco más sabia, más alegre, más centrada que el pasado Enero.
Porque siento que el 2009 va a ser mi año.
Porque los Pascual Funciona siguen estando igual de buenos que los Biofrutas.
Porque tengo dos Yankee Candles.
Porque he aprendido a valorar las cosas como se merecen, tanto lo que de verdad importa como lo que no.
Porque aún me queda mucho por aprender, y pienso hacerlo.
Porque he descubierto que me encantan las verduras.
Porque comprendí que soy muy afortunada con la familia, pareja y amigos que tengo.
Porque (por fin) sé comprar en Barcelona y me conozco los súper y los restaurantes más baratos de la ciudad.
Porque he aprendido a hacer malabarismos con mi dinero y salir airosa.
Porque me siento más fuerte y capaz de todo.
Porque estoy aprendiendo a cocinar. Margot, te necesito xD
Porque me gusta mi nuevo corte de pelo.
Porque mi trabajo me gusta, y creo que se avecinan tiempos aún mejores para mí.
Porque el 2008 ha sido un gran año, pero presiento que el 2009 será aún mejor.
Chin chin, Rizos.
Feliz 2009 para todos.
Pero para qué, si los que leéis mi blog ya los habréis conocido todos.
Creo que sería mucho mejor cambiar esta vez y dedicarle mi último post del año al 2009, esos 365 días que se acercan y que sin duda compondrán mi próximo año de existencia...
Porque este año comienzo Enero un poco más sabia, más alegre, más centrada que el pasado Enero.
Porque siento que el 2009 va a ser mi año.
Porque los Pascual Funciona siguen estando igual de buenos que los Biofrutas.
Porque tengo dos Yankee Candles.
Porque he aprendido a valorar las cosas como se merecen, tanto lo que de verdad importa como lo que no.
Porque aún me queda mucho por aprender, y pienso hacerlo.
Porque he descubierto que me encantan las verduras.
Porque comprendí que soy muy afortunada con la familia, pareja y amigos que tengo.
Porque (por fin) sé comprar en Barcelona y me conozco los súper y los restaurantes más baratos de la ciudad.
Porque he aprendido a hacer malabarismos con mi dinero y salir airosa.
Porque me siento más fuerte y capaz de todo.
Porque estoy aprendiendo a cocinar. Margot, te necesito xD
Porque me gusta mi nuevo corte de pelo.
Porque mi trabajo me gusta, y creo que se avecinan tiempos aún mejores para mí.
Porque el 2008 ha sido un gran año, pero presiento que el 2009 será aún mejor.
Chin chin, Rizos.
Feliz 2009 para todos.
25 noviembre 2008
Éramos pocos y...
Ya han empezado el rodaje de Rec 2, la segunda parte de aquella peli de zombies que tanto éxito tuvo el año pasado y que consagró a Manuela Velasco como una actriz respetable.
¿Que cómo sé que ya han empezado a rodarla, cubriendo con plasticuchos un edificio de Barcelona?...
...
...
Porque la ruedan al lado de mi curro. Ea.
Como el año pasado cuando rodaron la primera yo aún no curraba allí, no tenía ni idea... Pero sí, el otro día tenían Rambla Cataluña cortada y la calle llena de plásticos blancos y niñatos cotilleando.
Mirándolo por el lado bueno y si dejo de pensar que en una de estas noches cuando cierre se me puede aparecer un zombie en la escalera, la coincidencia no es tan terrible. Así, al menos, Charlie ya tiene con quién jugar...
Que los zombies pueden ser muy majos, tú.
¿Que cómo sé que ya han empezado a rodarla, cubriendo con plasticuchos un edificio de Barcelona?...
...
...
Porque la ruedan al lado de mi curro. Ea.
Como el año pasado cuando rodaron la primera yo aún no curraba allí, no tenía ni idea... Pero sí, el otro día tenían Rambla Cataluña cortada y la calle llena de plásticos blancos y niñatos cotilleando.
Mirándolo por el lado bueno y si dejo de pensar que en una de estas noches cuando cierre se me puede aparecer un zombie en la escalera, la coincidencia no es tan terrible. Así, al menos, Charlie ya tiene con quién jugar...
Que los zombies pueden ser muy majos, tú.
20 noviembre 2008
Mi primer año en Barcelona.
Hace ya un año que llegué a Barcelona. How the time flies, que diría Terry.

Un año que ha dado bastante de sí en todos los aspectos de mi vida: he conseguido sobrevivir a dos mudanzas, he encontrado nuevo trabajo, he ascedido, he conocido gente interesante, he huído de gente detestable, he cambiado la plantilla de mi blog, he echado de menos a mi familia y amigos de toda la vida, he probado el mató y el spritz, he aprendido catalán, he divisado Barcelona desde lo alto de Monjuic y Tibidabo, he disfrutado de las fiestas de Gracia, he conquistado el Republic, he aprendido a jugar a Los Illuminati, he estudiado de nuevo phrasal verbs, he añadido a Margot y a Manz y a Mara y a Yosfris y a Clarkito a mi red bloggera, me he mordido las uñas por no poder asistir a la feria de agosto de Málaga, he visitado casi todos los pueblecitos de la Costa Brava, me he perdido en el metro, me he perdido en la calle, he asistido a clases de danza del vientre, me he cansado del Lineage (quién me lo iba a decir), he aprendido a preparar albóndigas con salsa de almendras, he subido al monte de la Bruja de Blair, he bailado sardanas, me he disfrazado por Jayoguín, me he quedado sin respiración observando el Palau de la Música, he descubierto la leyenda de la banshee, me he reconciliado conmigo misma, me he vuelto a citar con la poesía, me he descojonado bailando el chiqui-chiqui, he aprendido a usar mi cámara digital (gracias, Man), me he cortado el pelo...
El tiempo vuela, pero siento que estoy aprovechando cada segundo. En eso consiste la felicidad, ¿no?

30 octubre 2008
ÑAM ÑAM
Iba yo canturreando animadamente por Rambla de Cataluña camino de trabajo el otro día cuando me crucé con dos señoras de mediana-avanzada edad. Casi nos chocamos, quizá fruto de mi empanamiento habitual, con lo que me giré dispuesta a disculparme frente a frente tal y como me decía mi madre que se disculpaba una señorita... y entonces escuché que una de ellas interrumpía su charla, ajena al choque, y le preguntaba a la otra con voz animada:
-Oye, me apetece comerme un pito.
Yo creía que había escuchado mal, que además de empanada estaba sorda y que seguramente lo que la buena mujer había comentado era que le apetecía un fito, o un mito, o un rito (que quizá fuesen alimentos catalanes que aún no conozco)...
Entonces la otra señora volvió a repetir:
-¡Ay sí, un pito! Venga, vamos a buscar un par.
Ea. De fito o mito o rito nada. Habían dicho pito, con todas sus letras. P-i-t-o, que en mi tierra tiene sinónimos tan gráficos como falo, minga, pene.
Me traumaticé dándole vueltas al tema durante el restro del trayecto al curro, porque pensaba yo (ilusa) que soy una mujer sin prejuicios ni tapujos, una mujer moderna y liberal... y entonces me topo con que en realidad no soy más que una monja mojigata que no es capaz de pronunciar en voz alta sus apetencias.
En fin, que hoy volvía caminando por la misma acera que aquella mañana, cruzando la Gran Vía, y al pasar por Ciudad Comtal o Condal o como leches se escriba el nombre del bar, leo en la pizarra donde escriben el menú del día:
-ESPECIALIDAD DE LA CASA: PITOS.
Menos mal, no soy ninguna monja. Me voy a comerme un buen pito para celebrarlo. xDDDD
(En otro orden de las cosas, mañana es Jayoguín... servidora tiene fiesta de disfraces wahahaha...ya os contaré)
-Oye, me apetece comerme un pito.
Yo creía que había escuchado mal, que además de empanada estaba sorda y que seguramente lo que la buena mujer había comentado era que le apetecía un fito, o un mito, o un rito (que quizá fuesen alimentos catalanes que aún no conozco)...
Entonces la otra señora volvió a repetir:
-¡Ay sí, un pito! Venga, vamos a buscar un par.
Ea. De fito o mito o rito nada. Habían dicho pito, con todas sus letras. P-i-t-o, que en mi tierra tiene sinónimos tan gráficos como falo, minga, pene.
Me traumaticé dándole vueltas al tema durante el restro del trayecto al curro, porque pensaba yo (ilusa) que soy una mujer sin prejuicios ni tapujos, una mujer moderna y liberal... y entonces me topo con que en realidad no soy más que una monja mojigata que no es capaz de pronunciar en voz alta sus apetencias.
En fin, que hoy volvía caminando por la misma acera que aquella mañana, cruzando la Gran Vía, y al pasar por Ciudad Comtal o Condal o como leches se escriba el nombre del bar, leo en la pizarra donde escriben el menú del día:
-ESPECIALIDAD DE LA CASA: PITOS.
Menos mal, no soy ninguna monja. Me voy a comerme un buen pito para celebrarlo. xDDDD
(En otro orden de las cosas, mañana es Jayoguín... servidora tiene fiesta de disfraces wahahaha...ya os contaré)
21 octubre 2008
Buy yourself a monkey
Bueeeno... tras una noche de preguntas estrambóticas ("cangrejos azules de las costas americanas") y cervezas varias entre respuesta y respuesta, tengo que comunicaros que mi equipo, llamado -con un gusto exquisito- Cómprate un Mono, quedó en segunda posición en el trivial de anoche.
No está mal para el primer día que vamos, ¿verdad?
El lunes que viene esto será Esparta.
No está mal para el primer día que vamos, ¿verdad?
El lunes que viene esto será Esparta.
08 octubre 2008
Sin parar
Ufff... se avecina una época frenética en Vida-Rizos, porque entre el inicio de los cursos standard en la academia donde curro, mis clases de inglés por las mañanas y mis clases de danza oriental los findes, no sé cuándo voy a sacar tiempo para respirar :P
Pero bueno, supongo que es buena señal. Que mi vida se va estableciendo en la ciudad condal y que, poco a poco, voy encontrando mi sitio.
Por cierto, tengo facebook, así que si os interesa podéis buscarme y agregarme. Prometo responder.
Pero bueno, supongo que es buena señal. Que mi vida se va estableciendo en la ciudad condal y que, poco a poco, voy encontrando mi sitio.
Por cierto, tengo facebook, así que si os interesa podéis buscarme y agregarme. Prometo responder.
20 agosto 2008
And I miss you like the flowers miss the rain...
Puessss... sí. Éste es el primer año desde que tengo uso de razón que me pierdo la feria de Málaga. Ni cartojal ni hamburguesas Uranga esta vez... aunque me pese.



Terminamos cansadas de tanto bailar en mitad de la calle, dar saltos con los niños en un ring de boxeo mexicano, beber mojitos y comer gofres... por eso decidimos terminar nuestro día juerguero de forma tranquila y espectacular: en Monjuic, contemplando el hermoso espectáculo de fuentes, luces de colores y música que cada finde hace que mucha gente se lleve el bocata y se siente durante un rato a olvidarse de todo.

Y estaba yo triste y cabizbaja por esa misma razón el otro día cuando mi amiga y compi de curro Valeria nos dijo a Ximena (otra compi) y a mí: "pues vámonos a la feria de Gracia, que empieza mañana".
Así fue como acabamos perdiéndonos por sus callejuelas, que ya de por sí son lindas, para encontrarnos con esto:



Terminamos cansadas de tanto bailar en mitad de la calle, dar saltos con los niños en un ring de boxeo mexicano, beber mojitos y comer gofres... por eso decidimos terminar nuestro día juerguero de forma tranquila y espectacular: en Monjuic, contemplando el hermoso espectáculo de fuentes, luces de colores y música que cada finde hace que mucha gente se lleve el bocata y se siente durante un rato a olvidarse de todo.
Yo no me olvidé de mi Málaga y mi feria, pero tengo que reconocer que ya me duele menos.

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