05 septiembre 2016
Cita a ciegas
21 octubre 2012
Una de retales
EN UN CAJÓN
Había tomado la decisión de retar a la noche en duelo, pero olvidó el pañuelo en el cajón más profundo de su cobardía.
Si estáis interesados en comprar el libro, os dejo los links de los puntos de venta donde lo podréis encontrar hasta el momento:
Y a ti, Carlos, (que a pesar de que nunca llegaste a leer mi blog, intuyo que esta vez sí que lo harás :P) por supuesto te deseo toda la suerte del mundo con tu empresa literaria.
31 marzo 2012
Sal con un friki.
Post inspirado en el conocido "Sal con una chica que lea", de Rosemarie Urquico.
17 febrero 2012
Málaga.
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| Foto por Betanya |
10 julio 2011
Cadáver exquisito y demás historias
03 junio 2011
Piezas
Supongo que es como el frío... que te cala los huesos y se acomoda con fuerza tan adentro que, cuanto más y más lo sufres, menos lo sientes. Yo sufrí tantos años su carencia que acabé por no sufrir.
Creo que me la dejé olvidada en el bolsillo de mi chaqueta blanca: aquella tan bonita que tantos piropos me consiguió un verano, hace algunos años.
O igual (ahora que lo pienso) se me cayó mientras me cepillaba enérgicamente el pelo canturreando algo alegre cualquier mañana, que ya sabemos esa manía que tengo de ir dando saltitos por la vida como si fuese un fraggel.
La cuestión es que me he pasado mucho tiempo viviendo sin una piezza del puzzle. Así, como suena. Lo sé, lo sé, tan orgullosa para algunas cosas y tan desastre para otras. Me he paseado por el mundo incompleta, con ese huequecito ahí en medio en el que se adivina una pieza que no está.
Lo más curioso es que no me ha dolido nunca, ni siquiera he sentido molestia alguna incluso cuando fui consciente de que estaba inacabada. Y digo estaba, claro, porque hoy abriste tu mano y me mostraste ese pequeño pedacito de cartón que tenías en tu palma y que yo, rápidamente, reconocí como mío.
No nos hizo falta hablar. Me la colocaste con una sonrisa, tan delicadamente que sentí como si me acariciases el alma desde dentro... y entonces lo comprendí todo.
03 enero 2011
Nochebuena
-Entonces, ¿cuándo es Nochebuena?
Juanjo se acercó al niño para ponerle una almohada en la espalda y respondió, con calma:
-Pasado mañana, Dani, te lo acabo de decir. Será esa noche que tanto te gusta en la que siempre nos reunimos todos en casa de la tía Lola, ¿te acuerdas?
El pequeño abrió los ojos en un gesto cargado de emoción y exclamó, dando un brinco:
-¡Qué bien! ¡Me encanta la Navidad! ¡Es mi época del año más favorita!
La enfermera enmarcó una sonrisa triste y se giró dándoles la espalda, haciendo como que ordenaba un montón de sábanas en el armario. El sol del mediodía entraba por el ventanal, que Juanjo había abierto de par en par nada más entrar en la habitación, y la cálida brisa le revolvía el flequillo rubio que se le desparramaba, rebelde, por el rostro.
Cuando ya no supo qué ordenar, decidió salir de la habitación y dejar a los dos hermanos charlando a solas.
-¿Y podré ir yo también a casa de Lola?- Daniel empezó a hacer pucheros, temiéndose lo peor- ¿Podré cenar con los demás?
-Claro que cenarás con nosotros, Dani… pero como no puedes salir del hospital todavía, vendremos todos a cenar contigo. ¿Qué te parece? Será una cena especial: como cada Nochebuena, pero aquí.
El niño se quedó pensativo un minuto antes de responder, en voz baja:
-Y os vestiréis todos con pijamas como el mío, ¿no? ¿Y cantaremos villancicos? ¿Y vendrá Papá Noel? – de pronto debió acordarse de algo y su rostro se puso muy serio, casi preocupado- ¿y si Papá Noel va a casa a llevarme los regalos, y no me ve, y se va sin dármelos?
Juanjo rió y se apresuró a tranquilizar a su hermano:
-No te preocupes, yo le mandaré esta tarde una carta explicándole que estás malito y le pondré la dirección del hospital, ¿de acuerdo? Tienes que decirme qué vas a pedirle este año, para decírselo también y que lo tenga en cuenta.
Otra enfermera entró en la habitación dando zancadas firmes con sus zuecos de madera, haciéndolos repicar rítmicamente. El niño alzó los brazos como pudo en cuanto la vio, y exclamó:
-¡Laura! ¡Laura, ven! ¿Sabes qué? ¡Mañana no, al otro día vamos a cenar aquí porque será Nochebuena! ¡Y papá y Juanjo se van a poner un pijama también y Papá Noel vendrá al hospital!
La chica miró a Juanjo durante dos segundos en los que intercambió con él un par de frases silenciosas, y se acercó al niño para darle un beso en su pálida frente y toquetear la bolsa de suero mientras decía dulcemente:
-¿Ah, sí, enano? ¿Y qué le vas a pedir a Papá Noel?
-Creo que le voy a pedir una bici nueva sin rueditas a los lados, que ya soy mayor. Y además le voy a pedir que me ponga bueno pronto, que quiero volver al cole para hacer los deberes, que papá está triste y creo que es por eso.
La chica se sentó a su lado en la cama, con cuidado de no hacerle daño ni de rozar sus bracitos llenos de moratones, y acariciándole las manos susurró:
-Qué bien, a mí también me encanta la Navidad. Creo que es la época más bonita del año… y sobre todo cuando tienes cinco años, como tú.
Se quedó observando un momento el vaivén de los árboles de la calle a través de la ventana sin decir nada, y el silencio se apoderó de la habitación. Juanjo jugueteaba con el mando a distancia de la tele sin intención alguna de encenderla y el crío empezó a entrecerrar los ojos lentamente, señal inequívoca de que se quedaría dormido muy pronto.
Diez minutos después, Juanjo salía del hospital con las manos en los bolsillos y el rostro encogido en una extraña mueca mitad rabia mitad tristeza. El sol azotó su rostro sin piedad ninguna (no cabía esperar otra cosa de aquella tarde de Agosto al sur de Andalucía) y nada más torcer la esquina, se apoyó en la pared de un edificio y rompió a llorar.
25 diciembre 2009
Cuento de Navidad.
Hacía días que había cumplido los diez años. Marcos era un chiquillo encantador: tenía ese duende en la mirada que hacía que mamá sonriese, orgullosa, cuando las demás mujeres del barrio le hacían cumplidos.
Esa Navidad su carta a Papá Noel fue escueta: me gustaría que volviese papá.
Juan, su hermano mayor, estaba en la edad del pavo. Además de acné y dos piercings en la ceja, lucía un orgullo y una prepotencia de esas que no hacen más que poner de manifiesto la inseguridad y el miedo, la envidia y el rencor, aunque él se empeñara en fingir cuando mamá le castigaba y salía de casa dando un portazo que hacía retumbar las paredes.
Pero esta vez todo iba a cambiar. Estaba harto de ser el gilipollas de la casa, la víctima de las neuras de su madre. Tenía que hacer algo o se volvería loco... él se merecía mucho más.
Llegó a casa justo cuando su madre, su abuela y Marcos estaban sentándose para cenar, la noche del 24 de Diciembre. Tras recibir la ya habitual mirada de desaprobación de sus mayores, alzó los hombros con una pretendida frialdad y se sentó sin decir nada, empezando a hacer buena cuenta del jamón y las gambas sin esperar a nadie.
Terminó el primero y, todavía sin mediar palabra con su familia, se levantó y se encerró en su cuarto para terminar de preparar su plan. Tenía que ser perfecto; no podía cagarla ahora que estaba tan cerca.
Esperó hasta que escuchó cómo mamá y la abuela terminaban de colocar los regalos bajo el árbol y se iban a dormir entre susurros nerviosos, y entonces comenzó su trabajo. Se puso sus guantes, (lo había visto en la tele) sacó el cuchillo recién afilado de la mochila del instituto y salió al pasillo sin hacer ruido, caminando de puntillas sobre el parquet.
Cuando pasó frente al árbol, suspiró al contemplar la montaña de paquetes plateados que rodeaban el zapato de idiota de su hermano... y el único paquete que descansaba junto al suyo. Como siempre, el niñito de los cojones se salía con la suya poniendo cara de pena. Menuda mierda.
Inspiró hondo para darse fuerza, (no te rajes ahora, tío) y siguió caminando hasta el dormitorio de Marcos.
Estaba en penumbras, pero por las cortinas entrecerradas entraba algún rayo de luna travieso que le permitía observar a su hermano durmiendo: el flequillo hecho un remolino rubio sobre la frente, una media sonrisa ilusionada que por un instante hizo mermar sus ánimos oscuros... pero debía continuar.
Se acercó a la cama muy despacio, para sorprenderle y no dejar lugar a la resistencia. Volvió a mirar al niño durante dos segundos, los suficientes como para volver a inundar su corazón de celos y de rabia, y aunque algo le decía que nada sería igual desde entonces, (y no necesariamente mejor) no le quedaba otra opción.
El cuchillo helado le hacía daño en su mano, no podía soportarlo más... y entonces apartó el edredón con fuerza y despertó a Marcos con un grito:
-¡Despierta, joder! Que sepas que Papá Noel no existe, que es mamá la que te compra los putos regalos... y papá, entérate de una vez, no va a volver nunca. ¡¡¡Está muerto!!!
Había acabado. El cuchillo de odio se le resbaló a Juan entre los dedos. El niño murió desangrado esa noche, en medio de largas horas de agonía.
Marcos comenzó a crecer.
02 diciembre 2009
Alfa.
El olor fue lo primero que le impactó. Se quedó parada un minuto mientras el taxi se perdía al final de la calle y el flequillo se le arremolinaba sobre la frente, haciéndole cosquillas. Inspiró profundamente y casi podía sentir sus pulmones llenándose de mar, de vida. Fue una sensación agradable y fresca que le dio ánimos y consiguió disipar el miedo un poquito... lo necesario para armarse de valor y encaminar sus pasos hacia la casita, aquel viejo edificio costero que de ahora en adelante sería su nuevo hogar.
No había farolas cerca y el sol ya empezaba a ocultarse tras la bahía, así que le costó bastante encontrar las llaves dentro del bolso. Casi tuvo que volcarlo sobre el camino de guijarros de la entrada... pero al final dio con ellas y, con los ojos cerrados, abrió el portalón de madera pintada de azul.
Todo estaba en penumbras. Por inercia alargó la mano hacia la pared de la derecha, buscando ese interruptor que pulsaba siempre al entrar en su antigua casa de Madrid. La que fue su hogar durante los primeros treinta años de su vida, y a la que ya no volvería jamás.
Su mano tropezó con un perchero de hierro viejo y un paragüas roto, pero el interruptor de la luz debía estar en otro sitio. Asimilando dónde estaba se giró y agudizó la vista hasta que lo encontró, en la pared de enfrente. Sus ojos tardaron unos segundos en acostumbrarse a la nueva visión: una habitación amplia de suelos de madera y muebles antiguos de roble oscuro, cuadros marineros y cortinas de color azul intenso. La luz del atardecer se filtraba entre ellas, robándole destellos dorados al sofá, y al asomarse a la terraza descubrió un porchecito acogedor y rústico donde una hamaca invitaba al descanso y a la reflexión, con el mar ante sus ojos.
Le gustaba; era el principio del cambio.
Su principio.
18 octubre 2009
Marmolina.
28 septiembre 2009
Ángel Sin Amor.
09 agosto 2009
Sangre y arena.
07 agosto 2009
Savia
22 mayo 2009
Arroz y tomate.
Sabía que todo iría mal a partir de ahora. Que tenía que olvidarse de quién era, de quién había sido, y comenzar de cero otra vez.
Se acercó a la estantería de las legumbres y dudó por un momento. Quizá todo ésto no hiciese falta, al fin y al cabo. A lo mejor conseguía evitarse el mal rato vendiendo un par de cosas...
"Venga, Maca, que no es para tanto. No eres la única que lo hace."
Miró a ambos lados, preguntándose si alguien más en el colmado la estaría observando. Dos señoras charlaban junto a la puerta y Macarena maldijo en silencio: habría testigos.
Nada volvería a ser igual, y quizá por eso el corazón le latía con mucha fuerza cuando se acercó a la dependienta y depositó los paquetes de arroz sobre el mostrador. Parecía que le iba a explotar en el pecho.
Ya está. No hay vuelta atrás. Respiró hondo, miró al suelo y, tratando de no tartamudear, susurró entre dientes:
-¿Puedo pagártelo la semana que viene? Es que aún no he cobrado y...
Laura la observó en silencio durante unos segundos, regalándole comprensión y calma con su sonrisa. Puso los dos paquetes de arroz en una bolsa de plástico y metió también un bote de tomate frito en oferta.
"Éste va de regalo"- Le dijo entonces, aún sonriendo.
Macarena no pudo más y se echó a llorar.
28 abril 2009
Asesino profesional
Yo lo sé todo. Y no es por parecer importante, simplemente es así. Conozco el pasado, el presente y, sobre todo, el futuro. El futuro lo creo yo.
No hay fantasmas, ni limbos, ni cielos ni infiernos, ¿sabéis? En realidad todo es mucho más simple. Yo fui el creador, y hoy soy el que se cansa de vosotros y os destruye. Me aburro tanto, tanto, contemplando vuestras preocupaciones, vuestros vicios, vuestros miserables problemas… Me aburrís.
Por eso siento la adrenalina corriendo por mis venas cada vez que preparo el veneno con el que os extermino: un chute de emoción en este mundo insípido con olor a basura.
Sangre… me excita el olor de la sangre humana. Es lo único que consigue eliminar por un instante el hedor a azufre y mierda que inunda vuestras ciudades, vuestras casas, vuestras mentes.
Ahí están. Juan, soltero, pelo moreno y ojos pequeños. Laura, delgada y ojos brillantes. Les veo acercarse paseando por el parque charlando animadamente. Se conocieron ayer en la cola del cine, y él estuvo ágil al captar la atención de ella y conseguir invitarla a tomar un café.
Saco mi arma y me tumbo completamente sobre el tejado para no ser visto. Agudizo la vista y espero pacientemente a que llegue el momento justo.
Se sientan en un banco y se ríen, ajenos al resto del mundo. Él me gusta. Creo que será un buen sicario.
Ahora.
Primero disparo a la chica, justo en el corazón. Zas, un golpe certero, tan exacto que desde mi posición puedo sentir mi veneno más letal acariciándole las entrañas… Ni siquiera siente nada, pobre.
Es el turno de Juan. Para él tengo preparada otro tipo de muerte, mucho más bonita e irónica.
Le disparo también, pero tratando de no tocar el corazón. Dirijo mi tiro más arriba, a la cabeza, justo donde guardan los humanos su sentido del deber y la justicia. Donde anidan los miedos, las inseguridades, la ira, los celos.
Otro disparo perfecto: misión cumplida.
En unos meses, Laura y Juan se casarán y tendrán un bebé. Poco a poco mi veneno irá haciendo mella en sus cuerpos mortales, muy lentamente, hasta que no quede nada de sus anteriores mentes ni corazones.
Él comenzará a beber más de la cuenta, a gastar todo el dinero que tienen, a darle palizas a su esposa.
Ella seguirá ciega hasta el fin de sus días. Hasta que su débil cuerpo no aguante más, y muera desangrada sobre el suelo de la cocina frente a su marido, que la observará con el cuchillo en la mano y los ojos encendidos.
Me encanta esta sensación, el poder sentir en mi piel todo lo que sé que sucederá inexorablemente. Supongo que vosotros los humanos lo llamaríais orgasmo, aunque jamás podréis llegar a sentir nada tan intenso ni placentero…
Les veo alejarse cogidos de la mano y sonrío. No me negaréis que es curioso que yo, el Amor en persona, sea incapaz de amar a nadie más que a mí mismo.
03 abril 2009
ELIGE TU PROPIO FINAL
El experimento no es otro que el siguiente: he escrito el comienzo de una historia algo chorra, sin profundizar mucho para darle muchas posibilidades.
Luego he invitado a mis mejores amigos bloggeros a continuarla, creando así un batiburrillo de finales variopintos y escritos cada uno de una forma, fruto de las diferentes personalidades literarias de mi blogroll.
Había sólo una norma: que continuasen la historia de tal manera que no rompiese con la estética y el contenido de sus blogs personales. O sea, que si su blog es de informática, tendrían que hacer un final repleto de gadgets, widgets y links. Si su blog es pasteloso-personal, el final debería ser azucarado y apto para los paladares más románticos.
Espero que os guste la idea, ya que me ha encantado realizar este pequeño proyecto conjunto. Gracias a todos los que me habéis ayudado, espero que os divirtáis leyendo vuestros finales tanto como yo.
Y ya sin más preámbulos, os dejo con el principio del fin:
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Se despertó pasadas las once, maldiciendo en voz alta por haberse olvidado de poner la alarma del despertador la noche anterior. Sin encender la luz, casi a tientas, se vistió velozmente y se recogió los rizos en una cola de caballo traviesa.
Subió las persianas de su dormitorio y descubrió un sol inmenso descansando en un cielo despejado y casi estival, por lo que la sonrisa se le escapó entre los dientes sin poder evitarlo.
Hoy tenía una cita, un encuentro que llevaba ya meses deseando, y nada ni nadie podría arrebatarle el cosquilleo alegre de la barriga ni la brillante mirada de Bambi con la que su compañero de piso la vio aparecer por la cocina.
-Joder, tía, parece que hayas pasado la noche retozando con Carlos Baute, menudo careto de felicidad…
-Idiota,- dijo ella llenándose el tazón de cerales sin perder la sonrisa- es que esta tarde he quedado con Juan. Iremos al cine y a cenar.
Manuel dejó caer de golpe el Penthouse sobre la mesa, salpicando de leche a la tetona rubia de la portada.
-¿Con Juan? ¿El chuloplaya ese que me presentaste el mes pasado en la fiesta de tu amiga? Tú estás loca, Amparo. Siempre buscas el amor de tu vida en tíos que piensan con la polla, así te va.
Amparo le sacó la lengua (llena de Frosties y colacao) y respondió:
-Tú qué sabes. Vale que Juan fuese un poco promiscuo en su adolescencia, pero ahora ha cambiado y es un tío súper interesante. Trabaja de locutor de radio y gana una pasta, y encima viaja todas las semanas a los Estados Unidos. Es un tío culto, maduro… y además dice que soy muy sexy, jijijj…
Manuel agarró su revista, la abrió por la página 16 y le acercó a su compañera una foto donde una buena mujer se mimaba a así misma con un consolador de
-Mira, para mí esto también es sexy. El término “sexy” es muy relativo…
No aguantó más. Se levantó de un salto sin mirar a su compañero borrando la sonrisa de su rostro de un plumazo, dejó el cuenco aún medio lleno de cereales en el fregadero y salió de la cocina no sin antes dedicarle un “¡gilipollas!” a Manuel, que siguió tan tranquilo leyendo su revista.
Qué sabría él de Juan, pensaba esta misma tarde mientras terminaba de ponerse el rímel y el colorete frente al espejo del baño. Las personas cambian, incluso ella misma…que hace unos años no hubiese sido capaz de llamar al tío de sus sueños y pedirle una cita. Pero ahí estaba ahora, imponente con su vestido de escote imposible y sus taconazos nuevos. Lista para comerse el mundo.
Cogió las llaves de casa, se puso colonia y bajó veloz las escaleras del bloque cuando vio aparecer el cochazo de Juan aparcando frente al portal.
-----------------Chán Chán-----------------------
Los participantes con blogs en los que podréis leer los supuestos presuntos finales son:
La Flé (perdone usté por el lapsus, relinda)
Y nada más, os dejo para que vayáis raudos y veloces a seguir leyendo, eso sí, preparados para lo que pueda venir :P
Si tú también quieres participar, avísame y hacemos negocios ;)
Un besote para todos y... ¡elige tu propio final!
13 marzo 2009
La colmena.
Eran las doce del medio día, y la calle se abarrotaba de gente que subía y bajaba con prisas cual hormiguitas atareadas; ésto es como el terrario del instituto, pensó él. Un hombre que llevaba un ramo de rosas gigante se cruzó en su camino, gilipollas, y el ciclista tuvo que hacer un quiebro para no estamparse contra tal atontao. Estaba cabreado y lo único que quería era pedalear con fuerza, perderse entre la gente, marcharse lejos. Qué coño sabrían sus padres. ¿Por qué una psicóloga que no le conocía tenía que decidir su futuro?
Dejó un momento las bolsas en el suelo, (pesaban) mientras esperaba a que el semáforo se pusiese en verde para los peatones. ¿Le gustará el pescado?, pensaba, tratando de recordar la receta de rape de su madre y lamentándose por no haberle prestado más atención cuando todavía vivía con ella.
El semáforo cambió de color, y agarró sus bolsas para cruzar calle Aragón pisando fuerte, contoneando las caderas al ritmo del golpeteo de sus zapatos de tacón. Sonreía, nerviosa, tratando de imaginarse cómo acabaría esa cena con la que tanto había soñado y que por fin iba a hacerse realidad. ¿Qué le gustaría más a él, tanga o cullotte? Quizá disimularía mejor la barriga con el cullotte... ¿Se dejaba el pelo suelto, o se lo recogía? ¿Quedo como una fresca si le pido que se quede a dormir? ¿Y si no le gusto?
Barcelona, por fin. Sentado en un banco decorado con trencadís, frente a él se extendía la avenida más amplia y hermosa que había contemplado en su vida. Acostumbrado a las estrechas calles de su pueblo natal, blanco y rural, aquella enorme calle del Ensanche le parecía extraordinaria, majestuosa.
Estaba contento. Traía consigo una maleta llena de mapas, direcciones, ilusiones y teléfonos de interés, y no podía dejar de pensar que por fin tendría la oportunidad de empezar de cero. Había tardado meses en darse cuenta de que la vida sigue, y que aunque el amor no sea para siempre la vida continúa y no podemos cerrar los ojos ante su belleza.
Se levantó y tiró de su maleta calle arriba, buscando la Gran Vía de las Cortes Catalanas (apartamento soleado e impecable en pleno centro de Barcelona) que era, a la vez, su nueva oportunidad de ser feliz.
Una hermosa mujer de melena pelirroja pasó por su lado cargada con mil bolsas de H&M, Zara y Carrefour, y al observarla más detenidamente y descubrir su sonrisa enigmática y el rubor de sus mejillas pensó, animado, que quizá las grandes ciudades no fuesen tan malas como decía su padre, al fin y al cabo.
Arrugó la frente y rompió a llorar. No seas maricón, Joan, trató de decirse a sí mismo mientras caminaba despacio calle abajo, sin rumbo. Lo había perdido todo, todo. Su trabajo, (maldita crisis) su familia, sus amigos. Había estado tan ocupado buscando clientes y ampliando sus redes sociales que no había sido capaz de cuidar la única red que verdaderamente importa...
Obviamente ya era tarde. Ella no había querido escucharle ni aceptar sus rosas, y se había llevado a los niños a casa de su madre. Seguramente ahora se pondría a buscar un trabajo de mierda donde la explotarían por cuatro duros. O igual conocía a otro, alguien con estabilidad económica y mejor que él en la cama que la haría feliz de verdad. Porque era una mujer guapa, coño.Valía mucho, mucho más que él. No le costaría nada sobrevivir por su cuenta, pero él...
Miraba escaparates sin ver nada, sin ser consciente de lo que le rodeaba. Las lágrimas empañaban su vista y su mente, y por eso no fue capaz de ver al chiquillo en bibicleta que casi se lo lleva por delante en el cruce de Paseo de Gracia con Gran Vía. Abrió los ojos como platos, dio un brinco haciendo aspavientos con las rosas (que salieron despedidas por los aires) y finalmente pudo salir airoso con el corazón desbocado y el suelo gris repleto de pétalos multicolores.
Al menos me queda una... pensó él, irónico.
Qué asco de suelo, yo no sé qué educación enseñan a la gente. Barría el pedazo de acera que pertenecía a su bar cada mañana, y siempre terminaba enfadado. Mira que ya había prometido mil veces no ponerse nervioso, tomarse las cosas con más calma... Pero es que anoche antes de cerrar lo dejó todo niquelao, las mesas brillantes y el suelo como una patena, y hoy al llegar se había quedado boquiabierto con los restos de bocadillo, botellas de cerveza rotas y cacas de perro de la acera. A ver dónde cojones pongo yo las mesas hoy si no limpio ésto antes de la una, joder. Y encima tengo a Neus enferma, con lo rápida que es ella organizando.
Meneaba la escoba como un poseso de ceño fruncido y mirada encendida, cuando alguien dejó caer sin querer una bolsa frente a su escoba. Dos botes de nata montada y un pintalabios rojo empezaron a rodar hasta él que, curioso, alzó la vista para descubrir a una tiabuena tremenda que se acercaba, azorada, a recoger sus cosas.
-Uys, perdone, estoy tonta hoy...
Joder, qué escote.
-No te preocupes, guapa, que yo a ti te ayudo todo lo que quieras...
Le escuché soltarle una sarta de piropos tremenda, mientras ella se alejaba calle abajo todavía colorada y tropezando sin querer presa de los nervios.
Sonreí, divertida, mirando la cara del camarero que se frotaba las manos contra el delantal mugriento y pasaba de seguir limpiando en una mañana tan primaveral (y con tantas mujeres con poca ropa a su alrededor), y torcí por Gran Vía camino del trabajo.
-Perdone, señorita, ¿es ésta la Gran Vía de las Cortes esas?
Miré al hombre que me hablaba, sosteniendo un enorme mapa pintarrajeado frente a mis ojos, y asentí haciendo gala de mi experiencia como guía para decirle, señalando en el mapa:
-Sí. Mire, está usted aquí, y si quiere ir a donde tiene puesta la cruz tiene que seguir hacia delante.
Me dio las gracias antes de volver a agarrar su maleta y seguir su camino, y recé en silencio porque pasase desapercibido en esta ciudad donde el guiri es como un conejillo herido entre una bandada de cuervos.
Continué caminando y justo cuando pasaba frente al bar de los pitos, un hombre se paró frente a mí impidiéndome el paso, me dio los buenos días con voz temblorosa y lágrimas en los ojos y me regaló una rosa.
¿San Jordi no era en abril? Me pregunté yo dándole las gracias, extrañada, y continuando mi camino sin volverme para ver cómo seguía llorando sentado en un banco de Rambla Cataluña.



