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05 septiembre 2016

Cita a ciegas


Se puso su vestido rojo; sabía que ese color le favorecía mucho y esta tarde quería impresionar de verdad.
Tenía una cita. Desde que su mejor amiga le instaló Tinder en el móvil, Lucía había rechazado a la gran mayoría de chicos cuyo perfil no hubiese conseguido llamar su atención por uno u otro motivo: casados, picaflores, infantiles, soberbios, simples. Pero Marcos era –parecía- diferente, y cuando las charlas vía chat derivaron en un posible encuentro real, ella aceptó.

Llegó diez minutos antes de lo acordado. Quería tantear el terreno y relajarse sentada antes de que llegara él. Eligió una mesa algo apartada del resto, junto a la cristalera, y pidió un café.
Marcos llegó un poco después, justo a la hora acordada. Llevaba una camisa muy bonita impecablemente planchada y unos vaqueros que le favorecían mucho. Guau, pensó ella. Tenía que reconocer que era guapo, al menos no muy diferente a su foto de perfil.

-¿Laura? -preguntó el chico, acercándose a ella-. Soy Marcos.

Lucía asintió y le invitó a sentarse, sonriendo. La primera impresión había sido buena: era educado, agradable, tenía el pelo brillante y la voz bonita. Por fin.

-Siento que hayas tenido que esperar, he venido en autobús y no he calculado bien el tiempo…

La camarera se acercó en ese instante y depositó con suavidad el café frente a Lucía.

-No te preocupes, yo acabo de llegar. ¿Quieres tomar algo tú también?

-Sí. Una cerveza, por favor.

La camarera asintió con la cabeza y volvió a la barra canturreando en voz baja. Los dos muchachos se observaron en silencio durante diez o quince segundos, hasta que ambos empezaron a reír.

-La verdad es que estoy un poco nerviosa -admitió ella-. Es mi primera cita a ciegas.

-¿En serio? Yo llevo ya usando Tinder varios meses, pero tengo que reconocer que eres la chica más interesante que he conocido por ahí.

La chica más interesante parpadeó lentamente y se sonrojó mientras la camarera traía la cerveza y el muchacho le daba un sorbo largo, ruidoso, dejando un rastro casi imperceptible de espuma que se le quedó adherido al labio superior. Ella pudo notarlo justo antes de que Marcos se limpiara y continuara hablando:
-¿A qué te dedicas? Me comentaste algo sobre unas clases…

-Soy profesora de español para extranjeros en una academia. Ya sabes, trabajo con alemanes, ingleses...

-¡Con guiris! Entonces te pasarás el día enseñando la receta de la paella y bailando flamenco, ¿no? Jajaja…

Exactamente, pensó ella. Por desgracia su trabajo estaba repleto de clichés y tópicos, pero se sentía bien desempeñando la docencia y haciendo de Cicerone en su ciudad. 

-A mí me gusta. Es divertido y reconfortante. 

Marcos intuyó que había metido la pata y trató de cambiar de tema rápidamente. Le habló de su familia, de su trabajo, - era monitor de Crossfit en un gimnasio- de su perro y de sus últimas vacaciones en Tailandia. Ella le escuchaba en silencio, atenta, haciéndole alguna pregunta de vez en cuando y bromeando con coquetería. Había química entre ellos y estuvieron charlando animadamente durante un buen rato, así que la tarde pasó y dio paso a otro tipo de bullicio en la cafetería, más íntimo y menos familiar.

Poco a poco Lucía había ido perdiendo la vergüenza y había empezado a tomar las riendas de la conversación, aprovechando también que el chico empezaba a mostrarse un poco más callado -probablemente más relajado-.

-¿Cuánto tiempo llevas soltero, Marcos? Porque como dices que llevas en Tinder ya varios meses…

-Jajaja… sí… Mi ex y yo lo dejamos el año pasado. Fue una decisión de ambos, aunque suene a excusa típica.

-Claaaaro, aquello no funcionaba, no es por ti, es por mí y todo eso, ¿no?

Marcos tomó aire y se mantuvo en silencio un minuto, justo antes de responder con la voz un poco más ronca de lo normal, como si estuviese cansado y arrastrara las palabras:

-Exactamente. Ella es un cielo, no pasó pada malo entre nosotros… simplemente sentimos que como pareja no funcionábamos.

Ella comprendió al instante. Sabía bien lo que era no encajar con casi nadie. 



-Oye, se hace tarde para otro café. Si te apetece podemos ir a cenar a algún sitio,- sugirió Marcos armándose de valor pero sin poder evitar desviar la mirada hacia la cristalera- conozco un italiano muy bueno aquí cerca.

-¿Un italiano? Demasiado romántico para una primera cita, pero me parece bien.

Ambos sonrieron a la vez. Lucía le hizo el gesto típico de pedir la cuenta a la chica de la barra y fue a sacar su cartera del bolso, cuando Marcos se lo impidió:

-Ni hablar, yo te invito. Al copazo de después ya invitas tú… –ella se lo agradeció con la cabeza y él continuó: -oye, perdona pero tengo que ir al servicio un momento. No me encuentro muy bien, igual he bebido demasiada cerveza con el estómago vacío, jeje.

-Sin problema, te espero.

El chico se levantó y se acercó a la barra.

-Tome, cóbrese de aquí. ¿El baño dónde está?

La camarera señaló a unas escaleras que bajaban:

-Abajo, al lado del almacén.

Marcos asintió y bajó los escalones muy despacio. Estaba mareado y tenía ganas de vomitar.

Entró en el baño de caballeros y se acercó a los lavabos. La imagen del espejo le devolvió un rostro pálido, enfermo. Se apoyó en el lavabo consciente de que algo no iba bien y se echó agua helada por la cara, tratando de calmarse. 
Lo último que pudo ver antes de desmayarse fue a la camarera apoyada en el marco de la puerta, tras él, observándole en silencio.





-Te dije que era un imbécil, Luci. Espera, agarra bien que el cachas éste pesa mucho.

Las dos chicas arrastraban al chico para sacarlo del baño, una sujetándole por las axilas y la otra tirando de las piernas. Abrieron con llave la puerta del almacén y entraron. Estaba en penumbras.

-No era imbécil, sólo un mentiroso y un tonto que no sabe cuándo una bebida sabe rara –respondió Lucía-. Pero este era muy guapo, no me lo puedes negar. 

La camarera encendió la luz y volvió a sujetar a Marcos por las piernas tirando de él como pudo hasta el fondo de la habitación, donde tenía las cámaras frigoríficas. Abrió una de ellas.

-Uy, en esta no, que la tenemos llena con los del mes pasado. Deberíamos ir pensando en poner más filtros, que desde que te enseñé lo del Tinder no paras…

-Un tío que se pide una cerveza en su primera cita ya merece morir, Cata, pero si quieres le añadimos algo más. 

Catalina miró a su mejor amiga sonriendo con malicia para decir:

-Ok. Pues lo dejamos en que se pida una caña y que además te cuente la milonga esa del no es por ti, es por mí.

Entre las dos consiguieron meter al chico en otro refrigerador vacío, casi a empujones, y tras cerrarlo bien y barrer y fregar el almacén, el baño y la cafetería se dispusieron a salir a cenar. Cata dejó el delantal tras la barra, se soltó la melena y preguntó, guiñando un ojo:

-¿Vamos al italiano? 

-Vamos.



 

21 octubre 2012

Una de retales

Buenas noches, hermosidades.
Hoy vengo con tono serio y formal (no os acostumbréis) a haceros una recomendación especial. Se trata de un libro, un pequeño fardo de retales que mi amigo Carlos acaba de publicar con mucha ilusión y que me gustaría daros a conocer porque creo que merece la pena. Y no es porque el autor sea mi amigo, (que también, claro, pero no sólo por eso) sino porque su amplia experiencia como escritor y su alma de poeta se notan y mucho.

Retales de un Escribano es un cuaderno de relatos que habla un poco de ti, de mí, de todos. Tal y como dice él mismo, "es un libro que ha surgido de la observación. Soy muy observador, muy detallista, y en mi primer libro quise plasmar sobre un papel todo aquello que me rodea y me emociona, para que no se pierda ni se me olvide". De esta forma podremos encontrar en él reflexiones a la orilla del mar, pensamientos furtivos que asaltan al escritor en su camino de vuelta a casa del trabajo, recuerdos, sensaciones, olor a salitre, ilusiones, amor y desesperanzas. Todo narrado de una forma muy breve, muy concisa y no por ello menos certera.


Me gusta mucho lo sensitivo de sus letras. Su calidez. Esa forma que tiene de nadar entre metáforas para describir una percepción, un sentimiento o para simplemente hablarnos del color de una tarde malagueña frente a la catedral de Málaga, ciudad a la que adora. 

Carlos dice que él es escritor porque escribe. Y os aseguro que escribe mucho. No hay noche en la que la luna no le pille tecleando a escondidas, dándole vueltas a una idea o echándole un pulso a las musas. Porque como él bien dice, "la inspiración no es algo que se busca ni que se encuentre: llega sola cuando te lo curras. Es una consecuencia del trabajo duro".  Ya lo dijo Picasso algunos años atrás: "cuando llegue la inspiración, que me pille trabajando".

Por tanto él se lo toma muy en serio y dedica gran parte de sus ratos libres a la escritura, en incluso anda ya maquinando su primera novela que espera que salga en diciembre.
Hasta entonces os dejo con uno de sus nanorrelatos, mi favorito sin duda de todo el libro:


EN UN CAJÓN
Había tomado la decisión de retar a la noche en duelo, pero olvidó el pañuelo en el cajón más profundo de su cobardía.




Si estáis interesados en comprar el libro, os dejo los links de los puntos de venta donde lo podréis encontrar hasta el momento:




Y a ti, Carlos, (que a pesar de que nunca llegaste a leer mi blog, intuyo que esta vez sí que lo harás :P) por supuesto te deseo toda la suerte del mundo con tu empresa literaria.


31 marzo 2012

Sal con un friki.

Sal con un friki. Queda cualquier tarde para jugar al Wow con alguien que se gaste su dinero en libros o cómics en lugar de gafas de sol de marca. Alguien que siga creyendo en los finales felices de las novelas de aventuras, que muestre luz en sus ojos al hablar de la primera camiseta de Batman que cayó en sus manos cuando era un niño.

Encuentra a un chico al que llamen friki. Sabrás reconocerle porque suelen perderse en bibliotecas y parques, en Norma Cómics y en foros de internet donde aún se escribe usando todas las letras del abecedario. Suelen tener blogs donde hablan de sus pasiones, de sus sueños y sus ilusiones sin ningún pudor a mostrarse vulnerables, quizá usando algún seudónimo que garantice su anonimato. Pero no te preocupes; sabrás reconocerle en cualquier cafetería porque su tazas de café suelen ir acompañadas sobre la mesa por libros, comics, e-books o portátiles. Si te chocas con él caminando por la calle ten paciencia: su mente viaja más allá de lo que le rodea, y seguramente caminase soñando con otros mundos mucho más bonitos que el tuyo cuando se tropezó contigo.

No pierdas la oportunidad de conocerle más. Interésate por Kafka, por Tolkien, por George R.R. Martin, por Pratchett, por Dan Simmons, por Cels Piñol, por Humberto Ramos, por las series de la HBO. Respeta su silencio mientras pierde su mirada entre párrafo y párrafo, y escucha atentamente sus discursos entusiastas y acalorados acerca del último capítulo de The Big Bang Theory. Aprende a compartir su atención, puesto que es imposible luchar contra esa parte de él mismo que le hace diferente. Únete a sus pasiones. Pregúntale si prefiere ser un Stark o un Lannister, y diviértete sintiéndote cómplice de sus sonrisas.

Es muy fácil salir con un friki. Regálale libros por su cumpleaños, pijamas manchados de sangre de zombi por Navidad, relojes en código binario por vuestro aniversario. Comprobarás que, a pesar de tener preferencias materiales exóticas, es detallista y romántico. Se empeñará en convertir vuestra historia de amor en una fantasía épica en la que no faltarán enardecidas batallas con deliciosas consecuencias y celebraciones por todo lo alto para los héroes vencedores. Te mimará sobremanera y te recordará como Spartacus a su musa cuando estéis separados; en su mente tan sólo hay una Sura digna de su corazón. Serás su más preciado tesoro. Su Penny. Su Princesa Peach. Su Leia.

Pónselo difícil. Ha aprendido junto a sus personajes protagonistas favoritos que las mejores recompensas llegan después de los más duros esfuerzos, que no hay belleza en lo fácil. Luchará por ti hasta llegar a ese capítulo en el que le entregues tu corazón, porque sabe que merecerá la pena. Como cuando tuvo que pasarse un escenario entero matando bichos con un cuchillo hasta llegar a la preciada escopeta.

No tengas miedo de equivocarte. Todos se equivocan, y él más que nadie lo ha vivido en esos giros argumentales en los que la razón  del narrador se pierde por algunas páginas y todo vuelve a su cauce, al cabo de otras tantas.   Sabe que las princesas de los cuentos a veces ponen a prueba a sus héroes y quizá no necesiten ser salvadas, como Lara Croft. Que tú, igual que Daenerys o que Lisbeth Salander, puedes quemar como el fuego cuando te enfadas, pero que tras tus ardientes emociones se esconde un gran corazón que le quiere. Que si guarda su cariño igual que guarda las partidas, siempre podrá volver a intentarlo si su Prince of Persia cae al vacío.

Si te ganas a un friki, mantenlo cerca. Acostúmbrate al olor a libro viejo, a encontrarte figuritas en miniatura amontonadas por cada rincón de vuestra casa. A tropezarte con peluches de Cthulhu entre las sábanas cuando te acuestes, y despertarte con un chico gritando  entre sueños "NOOO PUEDEEES PASAAAAR" a tu lado, a media noche. No encontrarás mejor compañero de domingos por la mañana, cuando te sientes en la terraza a leer tu revista favorita y él te acompañe tumbándose a tu lado con una paz infinita a leer Sandman. Aprenderás lo hermoso de los silencios compartidos, la maravilla de reconocer sus emociones de Peter Pan con sólo una mirada. 

Vuestra casa no se inundará con el clamor del fútbol las noches de mundial, pero sí con el estruendo de los persas luchando contra los espartanos, o de los escoceses alzando la voz y pidiendo libertad. Con la banda sonora de Sweeney Todd. Con la musiquilla que suena cada vez que aparece el malo del Monkey Island. 

Te pedirá matrimonio en un escenario que le recuerde al amor. Con suerte será en París, o en Roma, o en un bosque frondoso y vivo, o bajo un cenador cuajado de jacarandas. Pero no te asustes si se arrodilla frente a ti en un hotel encantado, o jugando al Paintball, o en una selva que se asemeje a la Cuenca de Sholazar, o en un taxi recorriendo la ciudad con una lista de las mejores fiestas, o en una granja de Texas, o visitando los escenarios hawaianos donde se rodaron escenas LOST. Nada es previsible con él, igual que ocurre con las buenas novelas. 

Serás tan feliz a su lado que te sentirás como Scully y no recordarás cómo era tu vida antes de conocer a Mulder. Les leerá cuentos a vuestros hijos. Incluso mejor: se los inventará. Hará de la infancia de los niños algo hermoso y divertido, y prescindirá de objetos materiales y perecederos para entretenerles siempre que le sea posible. Les enseñará a soñar, a imaginar, a pintar la vida de colores mágicos. A decidir por ellos mismos. A no perder el rumbo que guía sus barcos hasta la isla del tesoro. A creer en la amistad. 


Envejecerá a tu lado y te seguirá viendo siempre hermosa. Sabrá mirar más allá de la piel y te amará toda la vida a pesar de tus defectos o, quizá, precisamente por ellos. Nunca dejará de ser un niño con mirada de cachorrillo y te acompañará en tus paseos tranquilos hasta que se le agoten los corazones de la barra de vida.

Sal con un friki porque te lo mereces. Te mereces a alguien que pueda darte la vida más emocionante y divertida posible. Si tú te quedas en la superficie, si te importa el qué dirán y no eres capaz de valorar lo que de verdad importa y le da autenticidad a la existencia, quizá estés mejor sola. Pero si quieres el mundo y todas las sagas que le sucederán... sal con un friki.


O mejor aún. Sal con un friki, como tú.





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Post inspirado en el conocido "Sal con una chica que lea", de  Rosemarie Urquico.

17 febrero 2012

Málaga.

Málaga se despierta abriendo los ojos despacio, permitiendo que el sol mediterráneo se cuele por entre las cortinas y le acaricie el flequillo moreno y alborotado.
Desayuna un par de  alegrías y brisa marina que riega con un chorrito de aceite de oliva vírgen. Mastica  lentamente mientras la bahía se va llenando de vida y la luz inunda los callejones estrechos del Perchel, las plazoletas del Palo, las murallas de la Alcazaba y Gibralfaro. 
Cuando termina de saciarse de mañana, Málaga se da una ducha con gel de geranios y jazmines y luego sale a lucir su vestido nuevo verde y morado por Calle Larios, ondeando su melena y fascinando a los paseantes con su grácil movimiento de caderas. Le gusta contemplar su reflejo en los escaparates de las cafeterías y boutiques que se alinean a cada lado de la calle, orgullosa, y  comparar su belleza (es coqueta y traviesa) con el cubismo que se encuentra en el Museo Picasso o con la belleza andaluza de las obras del Thyssen.
Camina pisando fuerte por el paseo marítimo, murmurando versos de Altolaguirre al pasar junto a las barcas que, de dos en dos, salpican la arena parda de destellos multicolores. Inspira y llena sus pulmones del aroma a mar y madera quemada que refresca Pedregalejo, y contempla cómo la tradición aún perdura en sus playas, mezclando el copo con mojitos y terrazas, con hoteles encantadores y escuelas de español.

Málaga se siente viva y por sus venas corre sangre fenicia, romana, árabe y castellana. No le asusta el paso del tiempo ni trata de ocultar esas arruguitas que luce con orgullo a ambos lados de la boca, de tanto sonreír.  
Es una gran cocinera y, si la tarde comienza y el estómago nos lleva en volandas hasta cualquiera de sus restaurantes, chiringuitos o tascas, ella nos sorprenderá con una gastronomía fresca, deliciosa, pesquera, rica en matices y (aún así) tradicional... que regará sin complejos con vino helado y dulce de sus propios viñedos. 

La sobremesa la pasa al sol, saboreando con calma el sonido de una guitarra española que se desparrama por las esquinas de la Plaza del Obispo. Aprendió hace tiempo a disfrutar de cada momento, a no tener prisa, a ser feliz, y se siente dichosa mientras contempla la Catedral sentada en el borde de la fuente de piedra. 
Pero cuando las campanas dan las seis, la brisa se vuelve más fresca e invita a continuar su periplo calle abajo, hacia el puerto. Así es como el Palmeral pinta sus ojos de azul y vuelve salado su aliento, y ella no puede contenerse y regala exclamaciones de emoción a los que pasean a su lado por el Muelle1 y tienen el privilegio de contemplar la majestuosidad del paisaje. 

Al caer la noche la luz no desaparece. 
La bahía de su sonrisa se vuelve entonces plateada, el olor a dama de noche y biznaga se extiende por las calles y el embrujo andaluz te baña los pulmones y el alma. Y entonces, cuando menos te lo esperas, ella aparece con los labios pintados de rojo fuego, se acurruca contigo en un banco de la Misericordia y te canta una soleá al oído bajo las estrellas.

Ya no hay vuelta atrás; Málaga te ha hechizado.


Foto por Betanya

10 julio 2011

Cadáver exquisito y demás historias

En los confines del tiempo, el día que conocí a Cañita Brava llovía a raudales y él sonreía como un bobo. De acuerdo, yo también sonreía como una lerda, y es que no lo puedo evitar: cada vez que salgo de casa sin paraguas y se pone a llover, acabo saltando de charco en charco cual rana rizosa comportándose como una ranita bebé... y claro, al final pasa lo que pasa.
El caso es que ahí estaba Cañita Brava, agarrándome con fuerza y tratando de mantener el equilibrio sobre aquel montón de barro que, segundos antes, me había hecho resbalar. No me comí el bordillo de la carretera de milagro, así que le agradecí su ayuda muerta de vergüenza y de risa. Ambos hacíamos malabares poco elegantes sobre la cuerda floja en la que se había convertido la acera aquella mañana, así que decidimos no permanecer mucho tiempo más en aquel sitio para no tentar a la suerte y continuar nuestro camino hacia cualquier otro lugar menos húmedo y resbaladizo.





Y aquí termina el  mini-relato que me había propuesto hacer con las ideas de comienzo que vosotros,  mis lectores y seguidores de @twitter, me ofrecisteis ayer. Gracias a @picomike, @sil y @fle por las aportaciones; ha sido duro unirlas, pero igualmente divertido :P

Por supuesto todos sois libres de continuar el relato, (por eso dejo el final abierto) y para ello permitidme daros el pie de los siguientes párrafos:

-"Desde luego no entiendo cómo no lo vi venir: a veces tengo un despiste..."

Ale, dejen volar su imaginación y sorpréndanme ;) 






Cambiando de tercio... menuda fu de inicio de verano he tenido. Todos los proyectos que comencé en mayo-junio se han ido al carajo, peeeeero menos mal que ya está aquí Julio, mi mes más favorito del mundo mundial, para animarme el día. 
Bienvenidas, noches de plumarias y brisas marinas. Bienvenidos, mojitos junto a la playa. Bienvenido, futuro nuevo curro interesantísimo (xD). Bienvenidos, buenorros morenazos que hacéis surf y me alegráis la vista.  Bienvenido, bronceado que me hace irresistible. Bienvenidos, amigos de vacaciones que me sacan de juerga. Bienvenido, viaje friki-bloggeril a Barcelona.

Bienvenida por fin, buena -y merecida- suerte.




03 junio 2011

Piezas

No sé dónde la había metido. Es más, ni siquiera fui jamás consciente de que faltaba una; era como si todo encajase en mi vida y mi cuerpo y yo no sintiese la necesidad de pararme a echarla en falta.
Supongo que es como el frío... que te cala los huesos y se acomoda con fuerza tan adentro que, cuanto más y más lo sufres, menos lo sientes. Yo sufrí tantos años su carencia que acabé por no sufrir.

Creo que me la dejé olvidada en el bolsillo de mi chaqueta blanca: aquella tan bonita que tantos piropos me consiguió un verano, hace algunos años.
O igual (ahora que lo pienso) se me cayó mientras me cepillaba enérgicamente el pelo canturreando algo alegre cualquier mañana, que ya sabemos esa manía que tengo de ir dando saltitos por la vida como si fuese un fraggel.

La cuestión es que me he pasado mucho tiempo viviendo sin una piezza del puzzle. Así, como suena. Lo sé, lo sé, tan orgullosa para algunas cosas y tan desastre para otras. Me he paseado por el mundo incompleta, con ese huequecito ahí en medio en el que se adivina una pieza  que no está.

Lo más curioso es que no me ha dolido nunca, ni siquiera he sentido molestia alguna incluso cuando fui  consciente de que estaba inacabada. Y digo estaba, claro, porque hoy abriste tu mano y me mostraste ese pequeño pedacito de cartón que tenías en tu palma y que yo, rápidamente, reconocí como mío.

No nos hizo falta hablar. Me la colocaste con una sonrisa, tan delicadamente que sentí como si me acariciases el alma desde dentro... y entonces lo comprendí todo.


03 enero 2011

Nochebuena

Daniel se sentó en la fría cama de hospital lentamente, con cuidado de no moverse las agujas del brazo tal y como le había advertido su hermano diez minutos antes. Sonriendo de esa forma ilusionada e inocente que sólo los niños conocen, preguntó:

-Entonces, ¿cuándo es Nochebuena?

Juanjo se acercó al niño para ponerle una almohada en la espalda y respondió, con calma:

-Pasado mañana, Dani, te lo acabo de decir. Será esa noche que tanto te gusta en la que siempre nos reunimos todos en casa de la tía Lola, ¿te acuerdas?

El pequeño abrió los ojos en un gesto cargado de emoción y exclamó, dando un brinco:

-¡Qué bien! ¡Me encanta la Navidad! ¡Es mi época del año más favorita!

La enfermera enmarcó una sonrisa triste y se giró dándoles la espalda, haciendo como que ordenaba un montón de sábanas en el armario. El sol del mediodía entraba por el ventanal, que Juanjo había abierto de par en par nada más entrar en la habitación, y la cálida brisa le revolvía el flequillo rubio que se le desparramaba, rebelde, por el rostro.
Cuando ya no supo qué ordenar, decidió salir de la habitación y dejar a los dos hermanos charlando a solas.

-¿Y podré ir yo también a casa de Lola?- Daniel empezó a hacer pucheros, temiéndose lo peor- ¿Podré cenar con los demás?

-Claro que cenarás con nosotros, Dani… pero como no puedes salir del hospital todavía, vendremos todos a cenar contigo. ¿Qué te parece? Será una cena especial: como cada Nochebuena, pero aquí.

El niño se quedó pensativo un minuto antes de responder, en voz baja:

-Y os vestiréis todos con pijamas como el mío, ¿no? ¿Y cantaremos villancicos? ¿Y vendrá Papá Noel? – de pronto debió acordarse de algo y su rostro se puso muy serio, casi preocupado- ¿y si Papá Noel va a casa a llevarme los regalos, y no me ve, y se va sin dármelos?

Juanjo rió y se apresuró a tranquilizar a su hermano:

-No te preocupes, yo le mandaré esta tarde una carta explicándole que estás malito y le pondré la dirección del hospital, ¿de acuerdo? Tienes que decirme qué vas a pedirle este año, para decírselo también y que lo tenga en cuenta.

Otra enfermera entró en la habitación dando zancadas firmes con sus zuecos de madera, haciéndolos repicar rítmicamente. El niño alzó los brazos como pudo en cuanto la vio, y exclamó:

-¡Laura! ¡Laura, ven! ¿Sabes qué? ¡Mañana no, al otro día vamos a cenar aquí porque será Nochebuena! ¡Y papá y Juanjo se van a poner un pijama también y Papá Noel vendrá al hospital!

La chica miró a Juanjo durante dos segundos en los que intercambió con él un par de frases silenciosas, y se acercó al niño para darle un beso en su pálida frente y toquetear la bolsa de suero mientras decía dulcemente:

-¿Ah, sí, enano? ¿Y qué le vas a pedir a Papá Noel?

-Creo que le voy a pedir una bici nueva sin rueditas a los lados, que ya soy mayor. Y además le voy a pedir que me ponga bueno pronto, que quiero volver al cole para hacer los deberes, que papá está triste y creo que es por eso.

La chica se sentó a su lado en la cama, con cuidado de no hacerle daño ni de rozar sus bracitos llenos de moratones, y acariciándole las manos susurró:

-Qué bien, a mí también me encanta la Navidad. Creo que es la época más bonita del año… y sobre todo cuando tienes cinco años, como tú.

Se quedó observando un momento el vaivén de los árboles de la calle a través de la ventana sin decir nada, y el silencio se apoderó de la habitación. Juanjo jugueteaba con el mando a distancia de la tele sin intención alguna de encenderla y el crío empezó a entrecerrar los ojos lentamente, señal inequívoca de que se quedaría dormido muy pronto.



Diez minutos después, Juanjo salía del hospital con las manos en los bolsillos y el rostro encogido en una extraña mueca mitad rabia mitad tristeza. El sol azotó su rostro sin piedad ninguna (no cabía esperar otra cosa de aquella tarde de Agosto al sur de Andalucía) y nada más torcer la esquina, se apoyó en la pared de un edificio y rompió a llorar.






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Con este relato participé en la  Primera Edición de los Premios Scrooge, que Sil organizó estas navidades. Quedé en segundo lugar, espero que os guste :)

25 diciembre 2009

Cuento de Navidad.

Perdonadme, pero... os lo advertí.

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Hacía días que había cumplido los diez años. Marcos era un chiquillo encantador: tenía ese duende en la mirada que hacía que mamá sonriese, orgullosa, cuando las demás mujeres del barrio le hacían cumplidos.
Esa Navidad su carta a Papá Noel fue escueta: me gustaría que volviese papá.


Juan, su hermano mayor, estaba en la edad del pavo. Además de acné y dos piercings en la ceja, lucía un orgullo y una prepotencia de esas que no hacen más que poner de manifiesto la inseguridad y el miedo, la envidia y el rencor, aunque él se empeñara en fingir cuando mamá le castigaba y salía de casa dando un portazo que hacía retumbar las paredes.
Pero esta vez todo iba a cambiar. Estaba harto de ser el gilipollas de la casa, la víctima de las neuras de su madre. Tenía que hacer algo o se volvería loco... él se merecía mucho más.
Llegó a casa justo cuando su madre, su  abuela y Marcos estaban sentándose para cenar, la noche del 24 de Diciembre. Tras recibir la ya habitual mirada de desaprobación de sus mayores, alzó los hombros con una pretendida frialdad y se sentó sin decir nada, empezando a hacer buena cuenta del jamón y las gambas sin esperar a nadie.

Terminó el primero y, todavía sin mediar palabra con su familia, se levantó y se encerró en su cuarto para terminar de preparar su plan. Tenía que ser perfecto; no podía cagarla ahora que estaba tan cerca.
Esperó hasta que escuchó cómo mamá y la abuela terminaban de colocar los regalos bajo el árbol y se iban a dormir entre susurros nerviosos, y entonces comenzó su trabajo. Se puso sus guantes, (lo había visto en la tele) sacó el cuchillo recién afilado de la mochila del instituto y salió al pasillo sin hacer ruido, caminando de puntillas sobre el parquet.
Cuando pasó frente al árbol, suspiró al contemplar la montaña de paquetes plateados que rodeaban el zapato de idiota de su hermano... y el único paquete que descansaba junto al suyo. Como siempre, el niñito de los cojones se salía con la suya poniendo cara de pena. Menuda mierda.
Inspiró hondo para darse fuerza, (no te rajes ahora, tío) y siguió caminando hasta el dormitorio de Marcos.
Estaba en penumbras, pero por las cortinas entrecerradas entraba algún rayo de luna travieso que le permitía observar a su hermano durmiendo: el flequillo hecho un remolino rubio sobre la frente, una media sonrisa ilusionada que por un instante hizo mermar sus ánimos oscuros...  pero debía continuar.
Se acercó a la cama muy despacio, para sorprenderle y no dejar lugar a la resistencia. Volvió a mirar al niño durante dos segundos, los suficientes como para volver a inundar su corazón de celos y de rabia, y aunque algo le decía que nada sería igual desde entonces, (y no necesariamente mejor) no le quedaba otra opción.
El cuchillo helado le hacía daño en su mano, no podía soportarlo más...  y entonces apartó el edredón con fuerza y despertó a Marcos con un grito:

-¡Despierta, joder! Que sepas que Papá Noel no existe, que es mamá la que te compra los putos regalos... y papá, entérate de una vez, no va a volver nunca. ¡¡¡Está muerto!!!




Había acabado. El cuchillo de odio se le resbaló a Juan entre los dedos. El niño murió desangrado esa noche, en medio de largas horas de agonía.

Marcos comenzó a crecer.

02 diciembre 2009

Alfa.

El taxi frenó junto a la casa de la playa. Nieves notó que hacía mucho viento nada más abrir la puerta trasera, así que se abrochó bien su chaqueta, pagó al conductor y salió del coche arrastrando su maleta gris sobre el asfalto manchado de arena y  de sal.

El olor fue lo primero que le impactó. Se quedó parada un minuto mientras el taxi se perdía al final de la calle y el flequillo se le arremolinaba sobre la frente, haciéndole cosquillas. Inspiró profundamente y casi podía sentir sus pulmones llenándose de mar, de vida. Fue una sensación agradable y fresca que le dio ánimos y consiguió disipar el miedo un poquito... lo necesario para armarse de valor y encaminar sus pasos hacia la casita, aquel viejo edificio costero que de ahora en adelante sería su nuevo hogar.

No había farolas cerca y el sol ya empezaba a ocultarse tras la bahía, así que le costó bastante encontrar las llaves dentro del bolso. Casi tuvo que volcarlo sobre el camino de guijarros de la entrada... pero al final dio con ellas y, con los ojos cerrados, abrió el portalón de madera pintada de azul.
Todo estaba en penumbras. Por inercia alargó la mano hacia la pared de la derecha, buscando ese interruptor que pulsaba siempre al entrar en su antigua casa de Madrid. La que fue su hogar durante los primeros treinta años de su vida, y a la que ya no volvería jamás.
Su mano tropezó con un perchero de hierro viejo y un paragüas roto, pero el interruptor de la luz debía estar en otro sitio. Asimilando dónde estaba se giró y agudizó la vista hasta que lo encontró, en la pared de enfrente. Sus ojos tardaron unos segundos en acostumbrarse a la nueva visión: una habitación amplia de suelos de madera y muebles antiguos de roble oscuro, cuadros marineros y cortinas de color azul intenso.  La luz del atardecer se filtraba entre ellas, robándole destellos dorados al sofá, y al asomarse a la terraza descubrió un porchecito acogedor y rústico donde una hamaca invitaba al descanso y a la reflexión, con el mar ante sus ojos.  

Le gustaba; era el principio del cambio.
Su principio.

18 octubre 2009

Marmolina.

Yo siempre escuchaba a mi profesora de manualidades atentamente, mientras ella nos contaba mil historias de fantasmas para amenizar esos ratos en los que nosotras, sus cuatro aprendizas de once años, dábamos pinceladas de turquesa y magenta sobre la delicada marmolina.

Tenía una casa verdaderamente grande. Para llegar hasta la terraza, que era donde teníamos las pinturas y pinceles y aquella mesa enorme que olía a bosque viejo que tanto me gustaba, había que recorrer un pasillo estrecho y sinuoso desde el que se podían adivinar bastantes habitaciones, todas en sempiterna penumbra y silencio. Sandra, la profesora, solía decirnos que le gustaba la tranquilidad y que por eso no quería abandonar aquella casa familiar perdida en mitad de la nada: la ciudad no estaba hecha para los artistas, o al menos para los bohemios como ella.
Yo pasaba mi mirada por cada estantería repleta de libros, polvo, jarrones rotos decorados a mano y fotografías en blanco y negro, y pensaba que quizá un poquito de ciudad no le iría mal a aquel lugar que casi parecía tender al derrumbe.
Justo antes de llegar a la terraza, en el salón, un butacón orejero gigante presidía la esquina más oscura. Allí era donde la mamá de Sandra, (nunca me la presentó pero supuse que sería su madre, por la edad y el parecido físico) una anciana seria y a menudo ausente, solía sentarse a dormir la siesta o ver la tele. Jamás conseguí sacarle una sonrisa a pesar de saludarla a diario con educación, así que después de unos meses yendo a clases opté por ignorar su presencia tal y como hacía la anciana con nosotras las niñas.

Pues bien, como os comentaba, a Sandra le encantaba contarnos historias de terror mientras trabajábamos. Creo que es la mujer más imaginativa y divertida que he conocido, y sabía como hacer que nos temblasen las rodillas en sólo diez minutos. Aseguraba que cada una de las vivencias relatadas eran reales: que ella misma había escuchado aquellas voces en caserones deshabitados y contemplado esas sombras amenzantes bajando escaleras. En más de una ocasión me puse tan nerviosa que no conseguí dominar al pincel y acabé por salpicarlo todo de pintura... con su reprimenda correspondiente, eso sí, entre risas.

Aún recuerdo aquella mañana como si fuese ayer. Yo cumplía doce años y para celebrarlo me llevé a casa de mi profesora una tarta de chocolate y batidos, consciente de que tanto Sandra como mis compañeras eran unas golosas sin remedio.
Limpiamos de trastos y pinceles la mesa de la terraza, colocamos un mantel de colores y vasos de plástico y nos sentamos formando un círculo para dar buena cuenta de los manjares festivos. Justo antes de cortar el primer pedazo, Sandra se giró hacia el salón y gritó:
-¡Mamá! ¿Quieres tarta de cumpleaños de Bea?

Como era de esperar, no obtuvo respuesta alguna. La vieja continuó con la mirada fija en la tele, sentada en su butacón de la esquina. Mis compañeras me miraron entonces muy serias, quizá pensando lo mismo que yo: la pobre anciana estaba senil o simplemente pasaba del resto del mundo... incluida su hija.
Pero aquello no pareció inmutar a Sandra, que cortó la tarta en pedazos bastante generosos y nos fue sirviendo una por una con su mejor sonrisa en los labios. Comimos hasta hartarnos charlando sobre no se qué casa encantada de la playa, hasta que me armé de valor y, dejando la cucharilla de plástico sobre el plato, comenté con voz temblorona:

-Oye, Sandra... ¿qué le pasa a tu mamá? ¿Está bien? A mi abuelo le han comprado un sonotone que es realmente bueno, y quizá no tendría que poner la tele tan alta si...

No pude terminar la frase. Sandra se levantó de un salto con los ojos muy abiertos, desorbitados, y dando una palmada seca sobre la mesa se volvió hacia mis compañeras y gritó, sosteniendo el cuchillo en el aire de una forma un tanto violenta:

-¡¡¡LO VEIS!!! ¡¡NO ESTOY LOCA!! Decídselo a vuestras madres, ¡no estoy loca!

Las niñas casi se atragantan ante tal griterío y, asustadas, se levantaron y casi atropelladamente salieron de allí sin despedirse como alma que lleva el diablo. Yo me quedé estupefacta, sin saber cómo reaccionar. Opté por levantarme también, azorada y sin comprender qué pasaba ahí, y me despedí de Sandra con la mano sin ni siquiera poder articular palabra. Salí de la terraza caminando hacia el pasillo confundida, y cuando estaba a punto de torcer la esquina me topé de frente con la anciana en su butaca. Tenía la mirada encendida, clavada en mí, y me asustó el verla tan... despierta y seria. Como si de pronto tuviese algo que decirme. Como si me advirtiese de algo malo.

Solté un alarido y eché a correr. Ya era demasiado para una niña asustada... Tardé menos de un minuto en alcanzar la puerta y salir de aquella maldita casa. No podía quitarme de la cabeza la imagen de mi profesora enloquecida, chillando frases sin sentido sin venir a cuento. También me sentía mal porque presentía que ese ataque de demencia fue provocado por algo que dije yo, y no lograba entender el qué ni por qué.
Y la vieja, con esa mirada enfadada y profunda después de meses de ausencia y pasotismo. Pensaba en todo a la vez mientras cruzaba la calle y llegaba a la parada del autobús para volver a casa, cuando me topé con mis compañeras de manualidades, que también esperaban allí. Me miraron por un instante con una expresión muy rara que me hizo detenerme en seco.

-¿Pero qué narices os pasa? ¿Qué ha pasado allí dentro?

Tardaron unos minutos en responderme. Una de ellas, la más pizpireta, susurró:

-Bea, ¿en qué estabas pensando? ¿Por qué mencionaste a su madre, sabiendo que Sandra está medio loca? Mi madre me prohibirá volver allí si se entera de que ha tenido un ataque...

De nuevo más confusión. Ya sí que no tenía ni idea de qué estaba ocurriendo, y como debieron verlo en mi mirada perdida, traté de explicarme como mejor pude:

-Pero vamos a ver. ¿Por qué no puedo nombrar a la vieja? Es normal que los ancianos no escuchen, sólo me preocupaba por ella y por Sandra, que la pobre tiene que llevar fatal el estado de su mamá...

-Su mamá murió hace dos años, Bea. Mis padres fueron a su entierro.






No volví a aquel caserón. Pero aún ahora, dieciséis años más tarde, sigo viendo en mis peores pesadillas aquella última mirada de la madre de Sandra, amenazante... siniestra. Me pregunto si a día de hoy volvería a verla si fuese a visitar a mi profesora con alguna excusa.

La verdad es que prefiero no saberlo.

28 septiembre 2009

Ángel Sin Amor.

Ya desde pequeño supo que algo no andaba bien. Cuando tenía diez años, sus amigos del colegio empezaron a hablar de chicas: que si había una rubia en clase que era muy guapa, que si alguien había levantado no sé qué faldas en el recreo, que si Juanito ya tenía tres novias...
A él el mundo femenino no le atraía en absoluto. Prefería dedicarle todo su tiempo y atención a los libros, al fútbol con los colegas, a perseguir gatos por el barrio.
Con quince años su madre empezó a hacerle preguntas. Ángel no sabía si la preocupación de sus padres provenía de él mismo o del qué dirán los vecinos, y así trataba de responderles con la mayor delicadeza posible.- No, mamá, no me gustan los chicos. Tampoco he tenido nunca una novia, las chicas son aburridas y no me interesan. -Jajaj, ¡no, papá! ¡No quiero ser cura!

A los dieciocho empezó a preocuparse él también. No estaba dispuesto a ser un bicho raro, y además todo eso que se veía en las películas y que cantaba Alejandro Sanz debía merecer la pena: esa fuerza que te lleva al cielo y te vuelve gilipollas... bah, no estaría de más probarlo aunque fuese una vez, ¿no?
Así que le pidió una cita a Rosa, la chica más guapa de la facultad. Ella aceptó y esa misma tarde fueron al cine y a cenar. Ella era encantadora y sexy; sonreía de una forma tremendamente sensual y además parecía estar interesada en Ángel.
La besó al llegar al portal del bloque de ella, siguiendo un impulso. Algo le hizo temblar, una especie de escalofrío le recorrió la columna y erizó todos los vellos de su cuerpo... Y cuando se separaron y ella se fue, prometiéndole otras citas... de nuevo la nada. Vacío.

Después de cinco tardes más con Rosa, descubrió algo que le heló la sangre: no estaba enamorado, tan sólo seguía sus instintos más primitivos. Esa chica no le importaba en absoluto, es más, ahora que había descubierto su sexualidad estaba ansioso por probarla con cualquier chica que se le cruzaba por los pasillos de la universidad: Laura, Estrella, Marta.
Se las arregló para ser encantador ante sus ojos y así poder conocerlas antes de que terminase el curso, y por unas semanas creyó haber encontrado algo. Por fin sentía lo que se suponía que tenía que sentir, ¿no?

Una tarde su mejor amigo le dijo que se había enamorado de una chica maravillosa. Que ella era lo mejor que le había pasado nunca, y que no podía pensar en nadie más.
Ángel le escuchaba fascinado, boquiabierto, y durante un mes le vio ir y venir por el mundo como si caminase a dos metros del suelo. Feliz, glorioso. Enamorado.

Decidió entonces que la mejor táctica no era enrollarse con tres tías distintas en una misma semana, y cambió el plan. Tenía que conocerlas mejor, eso era. Y nada de sexo hasta pasado un mes; así su mente no se distraería de lo verdaderamente importante.
Lo crucial era, además, encontrar a la chica adecuada. Eso era lo que le decía mamá para consolarle: tienes que esperar a la chica adecuada, a la tuya de verdad.

Su chica se resistió a aparecer durante años. Primero lo intentó con una mujer muy inteligente y divertida que conoció en una fiesta. Ella era bióloga y se pasaba la vida viajando a parajes naturales y escondidos, y por un instante Ángel deseó que fuese esa chica la que le hiciese perderse con ella, la suya de verdad.
Y lo fue durante diez meses, hasta que ambos descubrieron que es inútil continuar algo que no existe: él no estaba enamorado.

Su segunda gran oportunidad llegó con la chica del quiosco del barrio: dulce, alegre y entregada. Fue conocerle y apostar por él, y Ángel no supo distinguir el afecto del halago y se fue a vivir con ella. Tampoco salió bien, claro. Al cabo de unas semanas ella salía llorando de casa, convencida de que él nunca la querría porque no sabía querer.

Y era cierto. No sabía porque el amor no estaba hecho para él, definitivamente. Ahora ya no se reía de su hermana cuando ella le decía entre bromas que Juan Sin Miedo era un buen cuento de terror... porque el suyo propio era mucho más terrorífico.
Y cuando conoció a Sandra, algo cambió.

Sandra era una buscadora de emociones. Pizpireta y aventurera, jamás se comprometía ni decía las palabras mágicas que acababan con toda relación.
Sus novios habían consistido en amistades especiales, tíos a los que permitía compartir ciertos aspectos de su vida pero nunca llegar más allá. El compromiso le aburría sobremanera, y por eso Ángel se le apreció como el compañero perfecto: iba y venía por el mundo sin pedir explicaciones, sin ataques de celos, sin romanticismos pastelosos ni tequieros sin sentido.
Y así fue como su relación duró más de lo esperado: se compraron un piso a medias e incluso se presentaron a sus respectivas familias entre bromas y risas. Aunque no fuese nada formal, no tenían por qué mantenerlo en secreto.

Su relación era una mezcla de amistad, sexo y complicidad. Ambos sabían que no eran lo más importante en la vida del otro, pero disfrutaban del cariño y la compañía mutua y se dejaban llevar.

La noche en que él cumplía cuarenta años Sandra le regaló unos billetes para Londres. Su avión salía a primera hora de la mañana, y casi sin nada en la maleta se plantaron en Heathrow deseosos de aventuras urbanas y noches sin dormir.
Allí fue cuando, apoyados en la baranda y contemplando la Torre de Londres al atardecer, Ángel decidió compartir sus miedos con Sandra. Abrir su corazón con alguien por primera vez en su vida...

-No me enamoraré nunca. Lo siento mucho, Sandra, pero nunca podré enamorarme de ti. No sé hacerlo, no puedo sentir amor.

Ese fue el instante del milagro. Porque entonces ella se giró hacia él sonriendo con dulzura, y le apartó el flequillo de la cara con cariño para poner fin a sus preocupaciones y miedos:

-Ángel, cielo, pues claro que puedes sentir amor. De hecho por eso estás bien conmigo: porque somos iguales. Porque te respeto y te aprecio como eres, y nunca me interpondré entre la persona que amas y tú. Porque tú y yo, corazón, estamos enamorados de nosotros mismos.



09 agosto 2009

Sangre y arena.

Nadie podría negar que en la plaza de toros fue el mejor de Andalucía. Se ganó los primeros aplausos de centenares -miles- de personas que se desvivieron por ir a verle debutar. Ninguno de sus compañeros, que no eran capaces ni de mirarle a los ojos sin desparramar admiración por la boca, dudaría jamás de que si alguien era capaz de hacer del toreo algo elegante y con clase... ese era él.

El Moreno, le llamaban. Tenía la piel curtida por muchas horas de sol y de campo, y en la mirada guardaba algún tipo de emoción contenida que despistaba a las personas que trataban de adivinar sus pensamientos. Era como si guardase un secreto, una ilusión, un sueño.

Su familia le mimaba y le bañaba en ánimos: eres el mejor, algún día serás leyenda.

Y lo fue.
La tarde de su debut se había presentado ufano, guapo, sacando pecho. Se llenó los oídos de aplausos y ovaciones sinceras, orgulloso, y supo que había llegado el momento. Miró a su compañero y enemigo de corrida a los ojos, sin vacilar ni un instante. Consciente de que cualquier error podría resultar fatal.
Estaba dispuesto a todo, tal y como le habían enseñado desde pequeño. Era su destino, a fin de cuentas... y estaba decidido a cubrirse de gloria y demostrarle a todos lo que era capaz de hacer.


Dos minutos pasaron mientras que ellos dos, hombre y bestia, bailaban juntos en silencio sobre la arena. Nadie respiraba, ni siquiera las chicharras ni las palomas que se posaron sobre el tejadillo de la plaza.

Y entonces sucedió algo que lo cambió todo. O quizá es que lo que les guardaba el destino fuese aquello que nadie podría haber imaginado nunca: que Moreno tuvo que elegir por un instante entre ser leyenda o ser él mismo; y tras inspirar hondo y dedicarle una última mirada de lástima al griterío de gente que se levantaba de golpe con los ojos muy abiertos, se volvió hacia el torero con el corazón latiéndole muy deprisa y le asestó una fuerte cornada en el pecho, lanzándolo por los aires con toda su furia e inundándolo todo de olor a sangre y arena.

Iba a morir de todos modos, y al menos así lo haría actuando como lo que verdaderamente era: un animal, y no un fantoche. Ojalá todos los que gritaban en aquel momento, histéricos, fuesen capaces de hacer lo mismo llegado el momento.



07 agosto 2009

Savia

Hace años que no te veía. ¿Cuando fue la última vez, en 1996?. Demasiado tiempo.
Has crecido y cambiado mucho; casi no te reconozco. No sé si tu te acordarás de aquellos ojos despistados y esa sonrisa tan brillante que traías entonces, cuando te sentabas a mi lado en el jardín y te ponías a hacer tus deberes de Lengua. Recuerdo que me preguntabas una y otra vez cómo estaba yo, qué sentía, por qué me gustaba tanto la primavera... eras una chiquilla bastante alegre pero, todo sea dicho, a veces resultabas algo descarada aunque pusieses excusas tontas, como que tu trabajo de fin de curso consistiese en hablar conmigo.

Pero te aprecio. Adoré aquel día de verano en que te quedaste dormida a mi lado, mientras el sol te entibiaba la cara y las chicharras repetían una y otra vez su canon hipnótico y estival.
También recuerdo con cariño la noche en que viniste con tus amigos, siendo aún una niña, a trepar por mí y a conquistar mi espalda muy ufana como si hubieses llegado a tu verdadero hogar. Aún siento mariposas en el estómago al pensarlo: fui tu refugio, tu rincón favorito del mundo... tu amigo.

Han pasado muchos años, sí. El mundo a mi alrededor ha ido evolucionando y mi cuerpo encogiéndose, retorciéndose, debilitándose. Ya no tengo el mismo color en la mirada ni soporto con entereza el viento helado y húmedo del invierno, pero sigo aquí. Aferrado al que desde siempre fue mi lugar, en el que irremediablemente moriré algún día (que presiento cada vez más cercano).
Y por eso, porque ya creía que no volvería a verte jamás, hoy me sentí muy extraño cuando apareciste caminando hacia mí con la mirada distante y las mejillas encendidas por el sol. Por una parte me alegré, ya que de alguna manera formas parte de mi pasado, de mi savia, de mí mismo. Pero por otra experimenté vergüenza y pena: ni siquiera me miraste. Pasaste a mi lado sin reconocerme, a pesar de rozarme una rama con el cabello.
Y sí, lo sé. Soy viejo, feo y me estoy quedando sin hojas. Ya nisiquiera soy capaz de producir una simple aceituna pero, si te paras a pensarlo, nadie más te conoce como yo. Con nadie más fuiste igual de auténtica.


También son auténticas mis lágrimas en forma de resina. Y caen por ti, única y exclusivamente por ti... que un día me convertiste en tu refugio y hoy me transformas en simple sombra.







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Perdóname, olivo. Mañana me siento a leer contigo un ratito, ¿vale? :)


22 mayo 2009

Arroz y tomate.

Entró con las rodillas temblorosas y saludó a Laura, la dependienta, intentando parecer tan alegre como siempre.

Sabía que todo iría mal a partir de ahora. Que tenía que olvidarse de quién era, de quién había sido, y comenzar de cero otra vez.

Se acercó a la estantería de las legumbres y dudó por un momento. Quizá todo ésto no hiciese falta, al fin y al cabo. A lo mejor conseguía evitarse el mal rato vendiendo un par de cosas...

"Venga, Maca, que no es para tanto. No eres la única que lo hace."

Miró a ambos lados, preguntándose si alguien más en el colmado la estaría observando. Dos señoras charlaban junto a la puerta y Macarena maldijo en silencio: habría testigos.

Nada volvería a ser igual, y quizá por eso el corazón le latía con mucha fuerza cuando se acercó a la dependienta y depositó los paquetes de arroz sobre el mostrador. Parecía que le iba a explotar en el pecho.

Ya está. No hay vuelta atrás. Respiró hondo, miró al suelo y, tratando de no tartamudear, susurró entre dientes:

-¿Puedo pagártelo la semana que viene? Es que aún no he cobrado y...


Laura la observó en silencio durante unos segundos, regalándole comprensión y calma con su sonrisa. Puso los dos paquetes de arroz en una bolsa de plástico y metió también un bote de tomate frito en oferta.
"Éste va de regalo"- Le dijo entonces, aún sonriendo.

Macarena no pudo más y se echó a llorar.

28 abril 2009

Asesino profesional

Adoro mi trabajo. Hay quien me tacha de mala persona, de no tener escrúpulos ni corazón. No deja de resultarme contradictorio, y por eso me entusiasma.
Yo lo sé todo. Y no es por parecer importante, simplemente es así. Conozco el pasado, el presente y, sobre todo, el futuro. El futuro lo creo yo.
No hay fantasmas, ni limbos, ni cielos ni infiernos, ¿sabéis? En realidad todo es mucho más simple. Yo fui el creador, y hoy soy el que se cansa de vosotros y os destruye. Me aburro tanto, tanto, contemplando vuestras preocupaciones, vuestros vicios, vuestros miserables problemas… Me aburrís.
Por eso siento la adrenalina corriendo por mis venas cada vez que preparo el veneno con el que os extermino: un chute de emoción en este mundo insípido con olor a basura.
Sangre… me excita el olor de la sangre humana. Es lo único que consigue eliminar por un instante el hedor a azufre y mierda que inunda vuestras ciudades, vuestras casas, vuestras mentes.

Ahí están. Juan, soltero, pelo moreno y ojos pequeños. Laura, delgada y ojos brillantes. Les veo acercarse paseando por el parque charlando animadamente. Se conocieron ayer en la cola del cine, y él estuvo ágil al captar la atención de ella y conseguir invitarla a tomar un café.
Saco mi arma y me tumbo completamente sobre el tejado para no ser visto. Agudizo la vista y espero pacientemente a que llegue el momento justo.
Se sientan en un banco y se ríen, ajenos al resto del mundo. Él me gusta. Creo que será un buen sicario.

Ahora.
Primero disparo a la chica, justo en el corazón. Zas, un golpe certero, tan exacto que desde mi posición puedo sentir mi veneno más letal acariciándole las entrañas… Ni siquiera siente nada, pobre.

Es el turno de Juan. Para él tengo preparada otro tipo de muerte, mucho más bonita e irónica.
Le disparo también, pero tratando de no tocar el corazón. Dirijo mi tiro más arriba, a la cabeza, justo donde guardan los humanos su sentido del deber y la justicia. Donde anidan los miedos, las inseguridades, la ira, los celos.
Otro disparo perfecto: misión cumplida.

En unos meses, Laura y Juan se casarán y tendrán un bebé. Poco a poco mi veneno irá haciendo mella en sus cuerpos mortales, muy lentamente, hasta que no quede nada de sus anteriores mentes ni corazones.
Él comenzará a beber más de la cuenta, a gastar todo el dinero que tienen, a darle palizas a su esposa.
Ella seguirá ciega hasta el fin de sus días. Hasta que su débil cuerpo no aguante más, y muera desangrada sobre el suelo de la cocina frente a su marido, que la observará con el cuchillo en la mano y los ojos encendidos.
Me encanta esta sensación, el poder sentir en mi piel todo lo que sé que sucederá inexorablemente. Supongo que vosotros los humanos lo llamaríais orgasmo, aunque jamás podréis llegar a sentir nada tan intenso ni placentero…

Les veo alejarse cogidos de la mano y sonrío. No me negaréis que es curioso que yo, el Amor en persona, sea incapaz de amar a nadie más que a mí mismo.

03 abril 2009

ELIGE TU PROPIO FINAL

Tal y como prometimos, Rizos Productions llega hoy para ofreceros El Final Imposible... una mezcla entre thriller psicológico, comedia romántica, dramón de A3 a las cuatro de la tarde y Brokeback Mountain que espero que os guste.

El experimento no es otro que el siguiente: he escrito el comienzo de una historia algo chorra, sin profundizar mucho para darle muchas posibilidades.
Luego he invitado a mis mejores amigos bloggeros a continuarla, creando así un batiburrillo de finales variopintos y escritos cada uno de una forma, fruto de las diferentes personalidades literarias de mi blogroll.

Había sólo una norma: que continuasen la historia de tal manera que no rompiese con la estética y el contenido de sus blogs personales. O sea, que si su blog es de informática, tendrían que hacer un final repleto de gadgets, widgets y links. Si su blog es pasteloso-personal, el final debería ser azucarado y apto para los paladares más románticos.

Espero que os guste la idea, ya que me ha encantado realizar este pequeño proyecto conjunto. Gracias a todos los que me habéis ayudado, espero que os divirtáis leyendo vuestros finales tanto como yo.

Y ya sin más preámbulos, os dejo con el principio del fin:

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Se despertó pasadas las once, maldiciendo en voz alta por haberse olvidado de poner la alarma del despertador la noche anterior. Sin encender la luz, casi a tientas, se vistió velozmente y se recogió los rizos en una cola de caballo traviesa.

Subió las persianas de su dormitorio y descubrió un sol inmenso descansando en un cielo despejado y casi estival, por lo que la sonrisa se le escapó entre los dientes sin poder evitarlo.

Hoy tenía una cita, un encuentro que llevaba ya meses deseando, y nada ni nadie podría arrebatarle el cosquilleo alegre de la barriga ni la brillante mirada de Bambi con la que su compañero de piso la vio aparecer por la cocina.


-Joder, tía, parece que hayas pasado la noche retozando con Carlos Baute, menudo careto de felicidad…


-Idiota,- dijo ella llenándose el tazón de cerales sin perder la sonrisa- es que esta tarde he quedado con Juan. Iremos al cine y a cenar.


Manuel dejó caer de golpe el Penthouse sobre la mesa, salpicando de leche a la tetona rubia de la portada.


-¿Con Juan? ¿El chuloplaya ese que me presentaste el mes pasado en la fiesta de tu amiga? Tú estás loca, Amparo. Siempre buscas el amor de tu vida en tíos que piensan con la polla, así te va.


Amparo le sacó la lengua (llena de Frosties y colacao) y respondió:


-Tú qué sabes. Vale que Juan fuese un poco promiscuo en su adolescencia, pero ahora ha cambiado y es un tío súper interesante. Trabaja de locutor de radio y gana una pasta, y encima viaja todas las semanas a los Estados Unidos. Es un tío culto, maduro… y además dice que soy muy sexy, jijijj…


Manuel agarró su revista, la abrió por la página 16 y le acercó a su compañera una foto donde una buena mujer se mimaba a así misma con un consolador de 25 cm, murmurando entre carcajadas:


-Mira, para mí esto también es sexy. El término “sexy” es muy relativo…


No aguantó más. Se levantó de un salto sin mirar a su compañero borrando la sonrisa de su rostro de un plumazo, dejó el cuenco aún medio lleno de cereales en el fregadero y salió de la cocina no sin antes dedicarle un “¡gilipollas!” a Manuel, que siguió tan tranquilo leyendo su revista.



Qué sabría él de Juan, pensaba esta misma tarde mientras terminaba de ponerse el rímel y el colorete frente al espejo del baño. Las personas cambian, incluso ella misma…que hace unos años no hubiese sido capaz de llamar al tío de sus sueños y pedirle una cita. Pero ahí estaba ahora, imponente con su vestido de escote imposible y sus taconazos nuevos. Lista para comerse el mundo.

Cogió las llaves de casa, se puso colonia y bajó veloz las escaleras del bloque cuando vio aparecer el cochazo de Juan aparcando frente al portal.




-----------------Chán Chán-----------------------


Los participantes con blogs en los que podréis leer los supuestos presuntos finales son:


Txispas

La Flé (perdone usté por el lapsus, relinda)

Janton

Roboto

Albret

Óscar

Picomike

Eingel

Omega

Yyrkoon ¡Nuevo!

Mae ¡Nuevo!





Y nada más, os dejo para que vayáis raudos y veloces a seguir leyendo, eso sí, preparados para lo que pueda venir :P


Si tú también quieres participar, avísame y hacemos negocios ;)

Un besote para todos y... ¡elige tu propio final!





13 marzo 2009

La colmena.

El chico de azul pedaleaba con fuerza bajando Paseo de Gracia por la acera. Pasaba de ir por el carril-bici, tan estrecho y aburrido. Todos sus compañeros de clase decían que él era el que mejor manejaba la bicicleta, los skates y la tabla de snow, y no podía desaprovechar la menor ocasión de corroborar tales afirmaciones.
Eran las doce del medio día, y la calle se abarrotaba de gente que subía y bajaba con prisas cual hormiguitas atareadas; ésto es como el terrario del instituto, pensó él. Un hombre que llevaba un ramo de rosas gigante se cruzó en su camino, gilipollas, y el ciclista tuvo que hacer un quiebro para no estamparse contra tal atontao. Estaba cabreado y lo único que quería era pedalear con fuerza, perderse entre la gente, marcharse lejos. Qué coño sabrían sus padres. ¿Por qué una psicóloga que no le conocía tenía que decidir su futuro?




Dejó un momento las bolsas en el suelo, (pesaban) mientras esperaba a que el semáforo se pusiese en verde para los peatones. ¿Le gustará el pescado?, pensaba, tratando de recordar la receta de rape de su madre y lamentándose por no haberle prestado más atención cuando todavía vivía con ella.
El semáforo cambió de color, y agarró sus bolsas para cruzar calle Aragón pisando fuerte, contoneando las caderas al ritmo del golpeteo de sus zapatos de tacón. Sonreía, nerviosa, tratando de imaginarse cómo acabaría esa cena con la que tanto había soñado y que por fin iba a hacerse realidad. ¿Qué le gustaría más a él, tanga o cullotte? Quizá disimularía mejor la barriga con el cullotte... ¿Se dejaba el pelo suelto, o se lo recogía? ¿Quedo como una fresca si le pido que se quede a dormir? ¿Y si no le gusto?




Barcelona, por fin. Sentado en un banco decorado con trencadís, frente a él se extendía la avenida más amplia y hermosa que había contemplado en su vida. Acostumbrado a las estrechas calles de su pueblo natal, blanco y rural, aquella enorme calle del Ensanche le parecía extraordinaria, majestuosa.
Estaba contento. Traía consigo una maleta llena de mapas, direcciones, ilusiones y teléfonos de interés, y no podía dejar de pensar que por fin tendría la oportunidad de empezar de cero. Había tardado meses en darse cuenta de que la vida sigue, y que aunque el amor no sea para siempre la vida continúa y no podemos cerrar los ojos ante su belleza.
Se levantó y tiró de su maleta calle arriba, buscando la Gran Vía de las Cortes Catalanas (apartamento soleado e impecable en pleno centro de Barcelona) que era, a la vez, su nueva oportunidad de ser feliz.
Una hermosa mujer de melena pelirroja pasó por su lado cargada con mil bolsas de H&M, Zara y Carrefour, y al observarla más detenidamente y descubrir su sonrisa enigmática y el rubor de sus mejillas pensó, animado, que quizá las grandes ciudades no fuesen tan malas como decía su padre, al fin y al cabo.





Arrugó la frente y rompió a llorar. No seas maricón, Joan, trató de decirse a sí mismo mientras caminaba despacio calle abajo, sin rumbo. Lo había perdido todo, todo. Su trabajo, (maldita crisis) su familia, sus amigos. Había estado tan ocupado buscando clientes y ampliando sus redes sociales que no había sido capaz de cuidar la única red que verdaderamente importa...
Obviamente ya era tarde. Ella no había querido escucharle ni aceptar sus rosas, y se había llevado a los niños a casa de su madre. Seguramente ahora se pondría a buscar un trabajo de mierda donde la explotarían por cuatro duros. O igual conocía a otro, alguien con estabilidad económica y mejor que él en la cama que la haría feliz de verdad. Porque era una mujer guapa, coño.Valía mucho, mucho más que él. No le costaría nada sobrevivir por su cuenta, pero él...
Miraba escaparates sin ver nada, sin ser consciente de lo que le rodeaba. Las lágrimas empañaban su vista y su mente, y por eso no fue capaz de ver al chiquillo en bibicleta que casi se lo lleva por delante en el cruce de Paseo de Gracia con Gran Vía. Abrió los ojos como platos, dio un brinco haciendo aspavientos con las rosas (que salieron despedidas por los aires) y finalmente pudo salir airoso con el corazón desbocado y el suelo gris repleto de pétalos multicolores.
Al menos me queda una... pensó él, irónico.





Qué asco de suelo, yo no sé qué educación enseñan a la gente. Barría el pedazo de acera que pertenecía a su bar cada mañana, y siempre terminaba enfadado. Mira que ya había prometido mil veces no ponerse nervioso, tomarse las cosas con más calma... Pero es que anoche antes de cerrar lo dejó todo niquelao, las mesas brillantes y el suelo como una patena, y hoy al llegar se había quedado boquiabierto con los restos de bocadillo, botellas de cerveza rotas y cacas de perro de la acera. A ver dónde cojones pongo yo las mesas hoy si no limpio ésto antes de la una, joder. Y encima tengo a Neus enferma, con lo rápida que es ella organizando.
Meneaba la escoba como un poseso de ceño fruncido y mirada encendida, cuando alguien dejó caer sin querer una bolsa frente a su escoba. Dos botes de nata montada y un pintalabios rojo empezaron a rodar hasta él que, curioso, alzó la vista para descubrir a una tiabuena tremenda que se acercaba, azorada, a recoger sus cosas.
-Uys, perdone, estoy tonta hoy...

Joder, qué escote.
-No te preocupes, guapa, que yo a ti te ayudo todo lo que quieras...





Le escuché soltarle una sarta de piropos tremenda, mientras ella se alejaba calle abajo todavía colorada y tropezando sin querer presa de los nervios.
Sonreí, divertida, mirando la cara del camarero que se frotaba las manos contra el delantal mugriento y pasaba de seguir limpiando en una mañana tan primaveral (y con tantas mujeres con poca ropa a su alrededor), y torcí por Gran Vía camino del trabajo.

-Perdone, señorita, ¿es ésta la Gran Vía de las Cortes esas?
Miré al hombre que me hablaba, sosteniendo un enorme mapa pintarrajeado frente a mis ojos, y asentí haciendo gala de mi experiencia como guía para decirle, señalando en el mapa:
-Sí. Mire, está usted aquí, y si quiere ir a donde tiene puesta la cruz tiene que seguir hacia delante.
Me dio las gracias antes de volver a agarrar su maleta y seguir su camino, y recé en silencio porque pasase desapercibido en esta ciudad donde el guiri es como un conejillo herido entre una bandada de cuervos.

Continué caminando y justo cuando pasaba frente al bar de los pitos, un hombre se paró frente a mí impidiéndome el paso, me dio los buenos días con voz temblorosa y lágrimas en los ojos y me regaló una rosa.

¿San Jordi no era en abril? Me pregunté yo dándole las gracias, extrañada, y continuando mi camino sin volverme para ver cómo seguía llorando sentado en un banco de Rambla Cataluña.

08 marzo 2009

8 de Marzo

Se despertó a las siete menos cuarto, como siempre. No necesitaba despertadores: el sonido del deber era más potente que cualquier otro timbre que pudiese importunarle.

Se arrastró entonces con cuidado desde la cama hasta el baño, no fuese a despertar a su marido, y cerró suavemente la puerta tras ella a modo de búnker: zona segura. Observó durante unos minutos su rostro cansado en el espejo, y pensó que quizá debería empezar a ahorrar para comprar un colchón nuevo que soportase el peso de dos personas sin hundirse hacia un lado, como los de la teletienda. Quizá si cambiaba de marca de cereales y dejaba de comprar tanta carne, a finales de 
año tendrían suficiente para un par de muebles del Ikea. O aunque fuese sólo el colchón...

Miró el reloj: las siete. Se duchó rápidamente con agua templada, (como su estado de ánimo en los días impares) se puso el chandal y se recogió el pelo con cuidado: el flequillo se le seguía resistiendo; quizá también fuese cosa de la edad.

Mientras salía del baño y caminaba por el pasillo camino de la cocina, hizo parada en boxes en cada dormitorio: primero las gemelas, en el de la derecha, y luego en el de Daniel, justo frente a la cocina. Era un poco como Atila: a su paso nadie podía seguir durmiendo, aunque ella utilizaba tácticas mucho más cariñosas y cuidadas.

La cocina se llenó entonces de vocecillas adormiladas, algo gamberras, que hablaban de deberes de ciencias y sandwiches de nocilla. Ella iba de acá para allá atendiendo, sirviendo, besando, ayudando. El olor a café recién hecho inundaba entonces la casa, y cuando su reloj de pulsera marcaba las siete y media y los niños hacían cola en el baño para lavarse los dientes, ella volvía a su dormitorio para elegir un traje de chaqueta y una corbata del armario y se sentarse en la cama junto a un Roberto que, ajeno a la inclinación del viejo colchón, todavía dormía a pierna suelta.
Le despertaba con mucha delicadeza, sabia, y le decía que ya tenía el desayuno preparado y el maletín  junto a la puerta. Él le daba un beso de buenos días, (cariño, eres la mejor) reptaba hasta la cocina y la dejaba sola frente a una cama por hacer.

A las ocho en punto, Roberto salía de casa perfectamente afeitado y dejando una estela de after- shave a su paso. Los niños estaban ya en la puerta preparados para ir a la guerra diaria: chaquetones, mochilas, caras de desgana y bocadillos, y ella se intentaba dar prisa en comer algo rápido antes de tener que marcharse. A veces no le daba tiempo, pero esa mañana pudo comerse el resto de sandwich de su hijo y un vaso de zumo antes de ponerse el abrigo y salir camino del colegio: sin duda era su día de suerte.

La carretera estaba atestada de madres histéricas al volante y autobuses hipertensos, y sus hijos parecían haberse despertado de golpe justo a tiempo para ponerla nerviosa chillándose entre ellos y peleándose por la libreta azul de los dibujos. Ella, inspirando hondo y haciendo acopio de paciencia, conducía abriéndose paso lentamente entre los coches como si nadie estuviese gritando en su oído y lo único que sonase en la radio del coche fuese el brindis de la Traviata.

Llegó justo a tiempo, cuando el reloj de la fachada del cole marcaba las nueve en punto. Besó a cada uno de sus hijos, recordándoles que a las dos les esperaría en ese mismo lugar, y volvió a colarse en una autopista inundada de estrés cerrando del todo las ventanillas del coche y lamentándose por no tener visión selectiva para poder conducir sin tener que ver ni ser consciente de los atascos.

A las nueve y media, justo cuando se abrían las puertas del Mercadona, ella entraba con el carrito y una lista de la compra interminable, como la Historia. En cierto modo se sintió estúpida cuando se sorprendió a sí misma pensando que ese era su momento favorito del día, porque podía permitirse olvidarse del reloj y pasearse durante horas entre tomates y refrescos, alegando después que había mucha cola y que tardó siglos en pagar. Incluso podía pararse a charlar con su vecina cada vez que se la encontraba en la charcutería, luciendo las mismas ojeras que ella.

Esa mañana había cola de verdad para pagar, por lo que llegó a casa a las doce menos cuarto. Tan sólo le quedaba una hora y media para preparar la comida, barrer, fregar y limpiar la casa (incluídas las dos leoneras de sus cachorros), por lo que volvió a agobiarse mientras el reloj de pared de la cocina se reía de ella y hacía que se quemase con el mango de la sartén.


A las dos en punto recogía a sus hijos, llegaban a casa justo antes que su marido y se las apañaba para servirles la sopa caliente y la carne a medida: a Roberto poco hecha, a Laura chamuscada, a Elena en su punto y a Daniel mugiente.
Ella se sentó la última y, resignada, se tomó un plato de sopa fría que al menos consiguió eliminar el temblor de sus rodillas cansadas por unas horas.

Mientras cortaba y pelaba los trozos de manzana del postre y los repartía en cuatro cantidades idénticas, dejando para ella el corazón de la fruta, (más duro y con pepitas) Roberto le dio un sorbo a su cerveza y dijo, suspirando:

-Ufff...qué pocas ganas de volver a la oficina ahora. Ojalá pudiese quedarme en casa contigo, Ana. ¿Sabes que hoy es el día de la mujer trabajadora? Bah, supongo que a ti eso te da igual, como no trabajas...

Ella alzó una ceja, burlona, y ayudando a la pequeña Elena a tomarse la fruta murmuró:

-Pues no, no tenía ni idea... 





El reloj de pared marcaba las tres menos diez, así que ella se levantó, se quitó el delantal y cogió el estropajo para seguir con su trabajo.