20 septiembre 2019

De moda.

Hola, Pisiosos. 
Con vuestro permiso voy a hacer como si no llevase meses sin escribir aquí, ¿vale?  Lalalaa

Como me encanta meterme en berenjenales apañaos, vengo a hablaros de una serie que acabo de terminar en Netflix que me ha tocado la fibra más de lo que pensaba, aunque sé que hablando sobre ella toco un tema peliagudo que me puede traer problemas tuiteros. 
Se trata de Creedme, la nueva y magnífica miniserie de Netflix que trata el tema de la gestión de las violaciones a nivel policial, burocrático y social.

Si tenéis planes de verla, os digo desde ya que este post puede contener spoilers, así que leedlo bajo vuestra responsabilidad.

Creedme habla de mí. De todas las mujeres. Está basada en hechos reales pero también podría relatar perfectamente sentimientos que cada una de nosotras hemos sentido alguna vez en nuestras vidas: frustración, ira, desesperación, tristeza. Sentimientos que nos han provocado por el mero hecho de ser mujeres. Por cómo nos trata la sociedad y, dentro de ella, la mayoría de sus integrantes por muy cercanos a nosotras que estén.

Las protagonistas de Creedme son espectaculares. Yo ya conocía a Tony Colette y la amaba fuertemente, pero debo decir que sus compañeras de reparto Merritt Wever y Kaitlyn Dever me han conquistado también. Son mujeres fuertes, potentes, mujeres que mueven el culo cuando las cosas se ponen feas y que sufren las injusticias con entereza. Mujeres que llenan la pantalla y que no dependen de nadie más para brillar. 

La historia nos cuenta cómo Marie Adler, una adolescente con problemas, sufre una violación y se topa de bruces con un proceso judicial en el que nadie la cree. Sus amigos se alejan, sus familiares la culpan, pierde su trabajo, la policía prefiere posicionarse contra ella con tal de ahorrarse problemas y provocan que, en lugar de ser la víctima de algo horrible que la marcará de por vida, para la sociedad pase a ser la mala y mentirosa.
Por otro lado, dos inspectoras de la policía en la otra punta del país empiezan a investigar una cadena de violaciones estrechamente relacionadas con la de Marie, decididas a atrapar al violador lo antes posible y demostrando que se puede afrontar la misma situación de dos formas completamente distintas.


"Oh no, una serie feminista", podréis pensar. Y sí, lo es. Aunque más que feminista, yo diría que es realista.  Ya desde el capítulo tercero, donde el marido de una de las protagonistas dice, con tono paternalista: -"Inspectora, no sea tan dura con mi mujer, es que es muy sensible", nos muestran de qué palo van esos guionistas, tan directos al problema. Y no tienen reparos en seguir ahondando en él durante los 8 capítulos que dura la miniserie, con momentos tan apoteósicos como cuando, en el capítulo 4, un universitario habla con la policía para denunciar el comportamiento de uno de sus compañeros de facultad: 
-Él obliga a las mujeres a tener sexo.
-¿Las droga y las viola?
-Yo no dije eso, no las viola. 
-Claro que sí, eso es violar.  

O como cuando un señor dice, también en el capítulo 4: 
-Chicas reivindicando cosas. Eso está de moda, ser una víctima.

O como cuando en el el capítulo 5, una de las víctimas de las violaciones, refiriéndose a la policía, dice llena de rabia:
-¿Pero dónde está su indignación?

O como cuando en el capítulo 8 el abogado le dice a la pobre Marie que "nadie acusa a la víctima de un robo de mentir. Pero si es una agresión sexual..."

Podría resaltar mil citas de la serie y me quedaría corta, porque es una joya de principio a fin. Aborda cada una de las problemáticas feministas de nuestro tiempo y podría aplicarse al tema de las manadas, de las supuestas violaciones falsas que tanto daño hacen a los hombres, de los fallos del sistema, de cómo culpamos a las víctimas en lugar de culpar al verdadero agresor y de cómo muchas veces preferimos elegir el camino fácil antes de hacer bien nuestro trabajo aunque tengamos que esforzarnos más. Es un ejercicio de instrospección, un tirón de orejas, una serie que debería hacerte pensar y mirarte por dentro.

Es una obra maestra que te cabreará y te emocionará a partes iguales y que habla de la enorme diferencia que hay entre abordar una injusticia desde el prisma feminista y hacerlo desde el machismo. De que no es lo mismo sentirte aliviado al saber que alguien es inocente que sentir el alivio al saber que alguien es culpable. 
Pero, sobre todo, que ser una víctima no está de moda ni es algo con lo que se pueda bromear para quitarle importancia, y que si las chicas reivindicamos cosas unidas, aunque se burlen, somos mucho más fuertes.




14 febrero 2019

Arrancando tiritas.


Cuando sabes que te tienes que alejar de determinadas personas que te aportan sensaciones que crees necesitar pero que realmente te hacen mal, cuesta. Cuesta porque la toxicidad no sería tan peligrosa si no te hiciera sentir bien a corto plazo, como las tiritas sobre las heridas sin curar. 

Es muy difícil sacar de tu vida a gente que te importa, pero el día en que eres consciente de que esa relación (bien sea de amistad o de pareja o incluso familiar) es negativa para ti, empiezas a hacerlo. A veces necesitas un tiempo y otras veces lo haces de forma fulminante: zas. Un tirón y se acabó. 

¿Y sabes lo que sucede después? Porque todo el mundo te advierte de los peligros de una relación tóxica, pero nadie te dice qué sucede cuando estás lejos y sólo escuchas el silencio a tu alrededor. 

Y lo que sucede es que te sientes solo. Mal. Triste. En lugar de sentirte satisfecho porque has hecho lo que tenías que hacer, lo que te mereces, te invade una sensación de vacío insoportable que se me antoja como el último trabajo de Hércules: si eres capaz de sobrellevar esa pena, estarás más cerca de sanar. 

Porque es normal sentirte solo cuando has huido de tus amigos. Es natural estar de bajona si rompes con tu pareja después de diez años juntos. Es completamente lógico sentirte poco querido cuando sacas de tu vida a la gente que te decía que te quería. Si cierras la puerta a alguien que aliviaba tu inseguridad, aunque fuera por un rato. 




Y en esas estoy yo en estos momentos, después de un año de hacer limpieza profunda en mi vida. 
Sola. O casi sola, porque soy muy afortunada de tener una familia que me quiere y algunos amigos indispensables.

Pero, como os decía, cada dos o tres noches me ahogo un poco en esa soledad y lloro, escribo textos que nunca llego a publicar, escucho música deprimente y caigo una y otra vez en el pozo de mis miserias.


 Y aún así, no me arrepiento en absoluto de haber hecho limpieza. Porque ahora ya no camino pisando mierda ni me salpican las consecuencias de mi inseguridad y mis miedos, y esas noches de tristeza cada vez son menos frecuentes y menos desoladoras... y algún día llegarán a desaparecer, estoy segura.

31 diciembre 2018

Thank you, 2018. Next.


Frío, dolor de garganta y sospecha de alergia. Swing y tardes de clandestino frente a la Alcazaba. Últimos coletazos del trivial los viernes por la noche con las chicas. Sesiones de cine en soledad y alguna con J.Kent. Clases. Una FreakCon bastante peculiar donde todos flotan. Mi cumpleaños en familia, la de sangre y la que no. Macetas con flores moradas.  Comidas con queso y vino italiano al sol. Pre Nueva York. Nueva York. Post Nueva York. Calor, por fin, y una boda en Zaragoza vestida de caperucita. Calas escondidas con palmeras y gente en pelotas. Torre del Mar y Jesús. Citas surrealistas de Tinder. Ambulancias y hospitales. Más surrealismo. Carcajadas con dolor de mofletes. Patoveja. Granada con unicornios. Londres. Paquer. Purple Rain. Clases con mi grupo de señoras en las que se ríe más que se explica. Stranger Things y Alberto y yo dándolo todo con el pavismo. Youtube y Ni Guou ni Guau. Halloween. Madrid ballooning. El advenimiento de Nisi otro invierno más. Comidas y cenas navideñas con mucho vino y jamón. La magia de mi melena.

Ha sido un año de pensar menos y actuar más, tal y como me propuse a finales de 2017, y por ello estoy contenta y satisfecha.


Gracias por tanto, 2018, fue un placer. No me eches de menos ahora que te vas.





20 diciembre 2018

Tus recuerdos en facebook


Facebook me recuerda hoy que hace justamente dos años yo publicaba una foto en mi muro. Una foto en la que enseñaba mis gafas nuevas, super moradas y preciosas, con las que yo me sentía bastante favorecida dentro de mis circunstancias miopes. Os pedía opinión porque fue un cambio importante para mí, por chorrada que os parezca.

Y oye, que igual no es casualidad que desde entonces haya aprendido a ver la vida de otra forma. A calar mejor a las personas. A reconocer patrones. A obviar los grises. A verme más guapa y juzgarme menos. A valorar cosas que antes pasaban desapercibidas. A ver más allá (que no el mas allá, de momento). A no conformarme con menos y luchar por más.  A encontrar sonrisas mágicas. A mirar. 

Benditas gafas.




05 diciembre 2018

Relojes.


Cuando yo tenía doce o trece años pasaba las tardes sentada en las escaleras del bloque de mi urbanización. Allí nos reuníamos todos los niños del barrio sin necesidad de whatsapp ni mensajes por facebook, simplemente íbamos bajando de forma escalonada cuando terminábamos de comer y de hacer los deberes.
Nos dedicábamos a charlar, contar historias de miedo y, si acaso, vaciar paquetes de pipas o devorar poloflashes Kelia de los de dos sabores, que eran los mejores. Disfrutábamos simplemente de nuestra compañía, y se podría decir que aquellas fueron las tardes más felices de mi vida.

En aquellas estábamos un viernes después del colegio cuando se me acercó un chico (llamémosle Adolfo, del bloque dos) y me dijo, muy serio: "Bea, ¿quieres que intercambiemos los relojes este finde?". Yo tenía un Casio súper molón que me había traído mi padre de sus viajes por los Mares del Sur, así que aquella pregunta no me chocó tanto y me pareció natural que el chico quisiera presumir con mi reloj delante de sus amigos de tenis. 


-Vale, - contesté yo, sonriente- pero el lunes me lo devuelves.


Todos los demás niños se giraron hacia nosotros con los ojos muy abiertos para no perderse detalle de nuestra conversación, cosa que yo no terminaba de comprender muy bien pero que me hizo feliz por ser el centro de atención aunque fuera por un ratito.

El intercambio se llevó a cabo, pasó la noche del viernes y el sábado por la mañana ya me había arrepentido. El reloj de Adolfo era grande, demasiado para mi muñeca minúscula y debilucha. Además era negro, feo y con unos botoncitos que se me enganchaban en la ropa y en el pelo cada vez que yo me movía, por lo que decidí guardarlo en un cajón hasta el lunes. Total, Adolfo no se iba a enterar.
Me puse a ver los dibujos animados y de pronto llamaron a la puerta y mi mejor amiga entró corriendo en mi habitación, saltando histérica. Le pregunté que a qué venía tanto alboroto y ella me respondió, mirándome como si fuese lo más evidente del mundo: "PUES QUE TIENES NOVIO".


- ¿Pero qué novio?,- respondí yo, divertida y extrañada. -si a mí no me gusta nadie. 
Ya lo tenía yo  todo cristalino por entonces. 

- ¿Pero no te ha dado Adolfo su reloj?".


Me quedé pasmada con esa cara de estupor idiota ante lo sorprendente que me caracteriza, 
y entonces algo hizo clic en mi mente y lo comprendí. El intercambio de relojes era en realidad una táctica ancestral de acercamiento romántico de la que yo no había sido consciente hasta ese momento, y de la que había participado sin querer tan sólo por ser maja.


Así que encima a Adolfo ni siquiera le gustaba mi reloj.

Estuve un rato pensando en cómo me enfrentaría al problema el lunes, cuando viese al chaval. ¿Le digo que nuestros mundos son muy diferentes y que nuestro amor nos haría desdichados? ¿Que quiero centrarme en mi carrera y sacar todo sobresalientes? ¿Que nuestras familias no verían bien nuestra historia?
Al final opté por decirle la verdad: que no sabía lo del intercambio y que me parecía fatal que no hubiese sido claro, porque encima yo no quería para nada su reloj.  O sea que además de romperle el corazón, le eché la bronca.

Y aunque ahora me entre la risa floja cuando me acuerdo y piense que fui un poco cabrona, la verdad es que no me arrepiento. Me sigue gustando muy poco que me mareen.


Y así me va. Ya nadie quiere intercambiarme nada.




PD: Adolfo, si me lees, espero que encontrases a una chica maravillosa que quisiera llevar tu horroroso reloj. No fui digna, de verdad.