Mostrando entradas con la etiqueta amor. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta amor. Mostrar todas las entradas

09 mayo 2020

Después de todo

Lo digo desde ya para que no haya equívocos: esto no es una historia de amor.

Ella, la eterna niña de ojos brillantes y de risa cantarina, que desde muy corta edad creía en unicornios y en hadas y en los finales felices, le conoció una y otra vez y creyó reconocerle en mil rostros y en mil caricias diferentes. Aprendió a levantarse tras cada caída sin que las heridas supusieran ningún problema porque, como pudo comprobar en innumerables ocasiones, toda herida cicatriza y permite caminar de nuevo si sabes limpiarla y curarla bien. Si guardas reposo. Si te cuidas.

Soñaba en secreto con alguien que quizá ni siquiera hubiese llegado a nacer; echaba de menos momentos que jamás habían sucedido y que, como en el poema de Machado, eran siempre todavía. 
Su mente volaba alto sobre las decepciones, las rutinas, las expectativas y las desilusiones, creando un microcosmos paralelo en el que -que nadie lo sepa, es un secreto- ella no se sentía sola ni incomprendida y las lágrimas no eran saladas, sino dulces.

Pero esto no es una historia de amor y, como os decía, ese alguien anhelado no llegó. Nadie supo ir más allá ni consideraba que el esfuerzo mereciera la pena, pero la niña de ojos brillantes continuó bailando en su microcosmos particular hecho de cristales tornasolados, llorando lágrimas saladas de vez en cuando y creando momentos reales, algunos bellos y otros más tristes, que fueron completando su existencia hasta que el paso del tiempo inundó sus cabellos de destellos blancos y sus manos se volvieron más torpes y más lentas. Ni siquiera sabía si lo estaba haciendo bien, si eso era lo que los sabios llamaban "vivir plenamente". Tan sólo se limitó a vivir.

Y cuando todo terminaba y ella sentía, satisfecha, que ya no tenía miedo ni sentía pena y que la vida tenía ya poco que ofrecerle, llegó la catarsis: quizá no haya amor, pero los finales felices sí que existen, después de todo.






Esta es la primera vez que me animo a hacer un audiopost. Si os gusta, probablemente no sea la última :)

26 enero 2020

Kavafis.


Cuando emprendí mi viaje a Ítaca no era más que una niña. Anhelaba el calor del hogar - ese que se veía tan lejano y distante- y encaminé mis pasos hacia aquella meta que me alentaba y revolvía con fuerza las velas de mi barco adolescente.
Por entonces yo no lo sabía, pero estaba a punto de vivir mil aventuras y experiencias. Lucharía fiera contra lestrigones y cíclopes que golpearían mi autoestima una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez. Atracaría en  innumerables puertos desconocidos y exóticos cuando el sol del verano entibiara mi rostro e inundaría mis alforjas de nácar, coral y ébano (besos, promesas, ilusiones).


Viajé a Egipto, me hice con sensuales perfumes de azahar que adormilaron mis sentidos y más tarde traté de aprender de los más sabios,  siempre con Ítaca en mi mente.


Apresuré mi viaje. Llegar allí era mi único destino y el motor de mi existencia, y cuando por fin maduré y la silueta de la isla se divisaba en el horizonte, altiva, la brisa marina me trajo el sonido de una voz familiar que me gritaba que me fuera, que huyera, que aún había tiempo. Que Ítaca no tenía ya nada que darme.

Tú eres mi Ítaca, y aunque no me hayas engañado jamás y gracias a mi viaje ahora vea con claridad todo lo que siempre has significado... yo ya no quiero envejecer en ti.




14 febrero 2019

Arrancando tiritas.


Cuando sabes que te tienes que alejar de determinadas personas que te aportan sensaciones que crees necesitar pero que realmente te hacen mal, cuesta. Cuesta porque la toxicidad no sería tan peligrosa si no te hiciera sentir bien a corto plazo, como las tiritas sobre las heridas sin curar. 

Es muy difícil sacar de tu vida a gente que te importa, pero el día en que eres consciente de que esa relación (bien sea de amistad o de pareja o incluso familiar) es negativa para ti, empiezas a hacerlo. A veces necesitas un tiempo y otras veces lo haces de forma fulminante: zas. Un tirón y se acabó. 

¿Y sabes lo que sucede después? Porque todo el mundo te advierte de los peligros de una relación tóxica, pero nadie te dice qué sucede cuando estás lejos y sólo escuchas el silencio a tu alrededor. 

Y lo que sucede es que te sientes solo. Mal. Triste. En lugar de sentirte satisfecho porque has hecho lo que tenías que hacer, lo que te mereces, te invade una sensación de vacío insoportable que se me antoja como el último trabajo de Hércules: si eres capaz de sobrellevar esa pena, estarás más cerca de sanar. 

Porque es normal sentirte solo cuando has huido de tus amigos. Es natural estar de bajona si rompes con tu pareja después de diez años juntos. Es completamente lógico sentirte poco querido cuando sacas de tu vida a la gente que te decía que te quería. Si cierras la puerta a alguien que aliviaba tu inseguridad, aunque fuera por un rato. 




Y en esas estoy yo en estos momentos, después de un año de hacer limpieza profunda en mi vida. 
Sola. O casi sola, porque soy muy afortunada de tener una familia que me quiere y algunos amigos indispensables.

Pero, como os decía, cada dos o tres noches me ahogo un poco en esa soledad y lloro, escribo textos que nunca llego a publicar, escucho música deprimente y caigo una y otra vez en el pozo de mis miserias.


 Y aún así, no me arrepiento en absoluto de haber hecho limpieza. Porque ahora ya no camino pisando mierda ni me salpican las consecuencias de mi inseguridad y mis miedos, y esas noches de tristeza cada vez son menos frecuentes y menos desoladoras... y algún día llegarán a desaparecer, estoy segura.

05 diciembre 2018

Relojes.


Cuando yo tenía doce o trece años pasaba las tardes sentada en las escaleras del bloque de mi urbanización. Allí nos reuníamos todos los niños del barrio sin necesidad de whatsapp ni mensajes por facebook, simplemente íbamos bajando de forma escalonada cuando terminábamos de comer y de hacer los deberes.
Nos dedicábamos a charlar, contar historias de miedo y, si acaso, vaciar paquetes de pipas o devorar poloflashes Kelia de los de dos sabores, que eran los mejores. Disfrutábamos simplemente de nuestra compañía, y se podría decir que aquellas fueron las tardes más felices de mi vida.

En aquellas estábamos un viernes después del colegio cuando se me acercó un chico (llamémosle Adolfo, del bloque dos) y me dijo, muy serio: "Bea, ¿quieres que intercambiemos los relojes este finde?". Yo tenía un Casio súper molón que me había traído mi padre de sus viajes por los Mares del Sur, así que aquella pregunta no me chocó tanto y me pareció natural que el chico quisiera presumir con mi reloj delante de sus amigos de tenis. 


-Vale, - contesté yo, sonriente- pero el lunes me lo devuelves.


Todos los demás niños se giraron hacia nosotros con los ojos muy abiertos para no perderse detalle de nuestra conversación, cosa que yo no terminaba de comprender muy bien pero que me hizo feliz por ser el centro de atención aunque fuera por un ratito.

El intercambio se llevó a cabo, pasó la noche del viernes y el sábado por la mañana ya me había arrepentido. El reloj de Adolfo era grande, demasiado para mi muñeca minúscula y debilucha. Además era negro, feo y con unos botoncitos que se me enganchaban en la ropa y en el pelo cada vez que yo me movía, por lo que decidí guardarlo en un cajón hasta el lunes. Total, Adolfo no se iba a enterar.
Me puse a ver los dibujos animados y de pronto llamaron a la puerta y mi mejor amiga entró corriendo en mi habitación, saltando histérica. Le pregunté que a qué venía tanto alboroto y ella me respondió, mirándome como si fuese lo más evidente del mundo: "PUES QUE TIENES NOVIO".


- ¿Pero qué novio?,- respondí yo, divertida y extrañada. -si a mí no me gusta nadie. 
Ya lo tenía yo  todo cristalino por entonces. 

- ¿Pero no te ha dado Adolfo su reloj?".


Me quedé pasmada con esa cara de estupor idiota ante lo sorprendente que me caracteriza, 
y entonces algo hizo clic en mi mente y lo comprendí. El intercambio de relojes era en realidad una táctica ancestral de acercamiento romántico de la que yo no había sido consciente hasta ese momento, y de la que había participado sin querer tan sólo por ser maja.


Así que encima a Adolfo ni siquiera le gustaba mi reloj.

Estuve un rato pensando en cómo me enfrentaría al problema el lunes, cuando viese al chaval. ¿Le digo que nuestros mundos son muy diferentes y que nuestro amor nos haría desdichados? ¿Que quiero centrarme en mi carrera y sacar todo sobresalientes? ¿Que nuestras familias no verían bien nuestra historia?
Al final opté por decirle la verdad: que no sabía lo del intercambio y que me parecía fatal que no hubiese sido claro, porque encima yo no quería para nada su reloj.  O sea que además de romperle el corazón, le eché la bronca.

Y aunque ahora me entre la risa floja cuando me acuerdo y piense que fui un poco cabrona, la verdad es que no me arrepiento. Me sigue gustando muy poco que me mareen.


Y así me va. Ya nadie quiere intercambiarme nada.




PD: Adolfo, si me lees, espero que encontrases a una chica maravillosa que quisiera llevar tu horroroso reloj. No fui digna, de verdad.



14 febrero 2018

What is love


Baby don't hurt me, don't hurt me no more.

Media vida llevo estudiándolo. Sin tener ni fucking idea de por qué a unos les funciona y a otros no. Por qué cada persona lo siente de diferente manera. Intentando aprender, descubrir, comprender. Encontrándolo en las pequeñas cosas. Soñando con cosas grandes.

Y aquí estoy, otro San Valentín más preguntándome qué narices es esa crazy little thing que  llega, nos pone el mundo del revés y que desaparece cuando menos te lo esperas. O que a veces quieres, pero no llega, o que llega con la persona que no quieres que llegue.


-¡Química! -dirán algunos. 
-¡Hormonas! -dirán otros. 
-¡Gilipolleces! -dicen muchos en mi TL de tuiter.
-¡Jamón york! -dice mi gato.


Yo a los 36 años aún no tengo ni idea de qué es el amor; sólo espero tenerlo claro algún día. Aunque sea tan claro como mi gato.




01 enero 2018

Propósitos de año nuevo, 2018

-Comer mucho y de lo bueno. Sin remordimientos, a menos que acabe rodando entre montañas de colesterol y gota.

-Hacerme 639.303 millones de fotos en Manhattan y freíros a todos con ellas en el blog, en fareborn y en tuiter. Si me queréi, quedarse.


-Disfrutar todo lo que pueda del pre-viaje. Un viaje, ya sabéis, se disfruta tres veces :)

-Mimarme más. Y esto es aplicable en todos los ámbitos de mi vida.

-Trabajar duro en lo que me dejen.

-Seguir practicando con el eyeliner hasta que me salga perfecto en los dos ojos.

-Visitar a todos los amigos que me sea posible. A los de Valencia, a los de Londres, a los de Bcn, a los de Mallorca, a los de Granada, a los de Madrit, a los de Canarias... a todos.


-Dejar de aceptar migajas. Aunque esto podríamos meterlo en lo de mimarme más, pero bueno.


-Tomar más el sol y caminar más.

-Enganchar a mis padres a muchas series de Netflix.

-Ser menos anti-cosas y ser más pro-cosas.

-Ser buena con los demás, pero sobre todo conmigo misma. Vale, esto también es mimarse.


-Escribir más. Encontrar un nuevo hobby.

-No dejar de ilusionarme por las cosas como una niña pequeña ni permitirme perder el rumbo de lo verdaderamente importante. Disfrutar de lo bueno que tengo.


-Ser agradecida.

-Continuar aprendiendo cosas y aplicándolas. -¿Aprender alemán?-

-Empezar el #chinotour2018, en busca del nuevo chino mágico en Málaga, y no parar hasta encontrarlo.

-Comprarme un sujetador de mi talla precioso y que me quede como un guante por menos de 30€.

-Ayudar más a quien me necesite. Con lo que sea, cuando sea, siempre que me sea posible. Vivir menos pendiente del teléfono y más de las personas. (Mamá, aquí no cuenta fregar más los platos)

-Jugar más con Nico mientras sea joven y tenga energía. 

-Seguir con lo del año del SÍ, o del TAMBIÉN, o del PUESOK. #todopuedepasar


-No dejar que el miedo me haga perderme cosas chachins.

-Ver muchas más películas, leer más libros, ir más al cine siempre que no sea paupérrima, tragarme toda serie nueva de Netflix o HBO. Ampliar mi zona de confort artística.


-Rodearme de gente que me haga reír a carcajadas.

-Continuar viva y hermosa hasta 2019. 




25 noviembre 2017

Friendzone


Cuando estás mal, se nota, se ve desde fuera. Se manifiesta en tus acciones por mucho que tú te esfuerces en demostrar que puedes con lo que sea.

Conmigo todo empezó la tarde en la que quedé con -llamémosle- Juan. Me gustó, pensé que le gusté, pero un muro extraño nos separaba sin que yo supiese identificar claramente el motivo. Cines, cañas, tardes de frikismos varios. Llegó un punto en el que o bien ese muro caía o bien se reforzaba, y se acabó reforzando con la realidad: Juan tenía novia. Una novia lejana que le dejaba mucho tiempo libre, tiempo que Juan avispadamente se encargó de rellenar conmigo. Yo era su "novia" -sin sexo pero con todo lo demás-  mientras la novia oficial no estaba. Por si acaso la situación que yo permití no era lo suficientemente patética, resulta que su novia auténtica se ponía celosa cuando Juan quedaba conmigo, así que mientras ambos estábamos por ahí de cañas, Juan se pasaba toooodo el tiempo con el móvil, yendo "al baño" para hablar con ella o riéndose solo mirando la pantalla, mientras yo rumiaba mis tapas en la más profunda de las soledades miserables. Acompañada, pero sola. Y así durante meses. 
Me encantaría deciros que aquello se terminó porque yo me cabreé y lo mandé a la mierda, pero no. Se acabó porque Juan se fue a vivir con su novia a otro país y, por supuesto, nunca más se supo.


A -llamémosle- Manuel lo conocí poco después. Aún me sentía estúpida por cómo me había encariñado por Juan cuando Manuel llegó como un huracán prometiendo diversión a raudales. Guapo, divertido, carismático. E inmaduro y narcisista, pero eso son detalles. Hombre veleta de los que te lo dan todo... mientras están, y yo lo sabía. Lo supe desde el principio. Ya desde la primera cita me soltó un "me gustas, pero no lo suficiente", y a que no adivináis lo que hice yo. Efectivamente. Intenté encontrar lo que lo haría suficiente, y me esforcé también durante meses para ver si le hacía ver que yo era lo que buscaba. 
Pero nunca lo fui. Nunca lo seré.  Y yo siempre lo supe, a pesar de haber estado ahí para apoyarle en momentos muy difíciles de su vida. A pesar de escucharle hablar durante horas de sus preocupaciones. A pesar de romperme los piños por hacerle reír. Volví a la friendzone en aquel 2016 en el que yo me postulé a la AMIGA DEL AÑO y me posicioné como el ser más ridículo del sur de Europa.
De nuevo sería genial poder deciros que mandé al carajo a Manuel porque comprendí que me utilizó mientras le vino bien, pero no. Se echó novia -una que sí le gustaba lo suficiente- y se piró a otro país. Empiezo a ver un patrón aquí.




Luego llegó otro chico que me soltó "yo es que estoy roto y nunca más volveré a comprometerme", otro que en lugar de una novia parecía buscar un socio para su negocio  -"¿cómo de independiente económicamente eres? ¿qué sabes hacer? No quiero payasas, el sentido del humor en su justa medida". Otro que me decía que tenía el quinto chakra cerrao y que así sería incapaz de encontrar el amor...
Ay, ya os hacéis una idea.

Y, por si aún no os habéis pispado, este post no va de lo cabrones que son los hombres. Todos y cada uno de los chicos que he conocido en los últimos años son buenas personas, aunque  (ahora lo comprendo) estuviésemos en ondas distintas y buscásemos cosas diferentes y finalmente no nos supiéramos ver de verdad. 


Este post viene a colación de algo que dijo ayer mi amiga Fle en tuiter. Os dejo su tuit:








Todavía no nos ha explicado esa teoría, (en menudo jardín te has metido, amiga xDDD) pero yo voy a explicar la mía, que es la que me puedo aplicar a mí y a mi experiencia personal.

Es imposible encontrar pareja mientras no estemos bien con nosotros mismos (y con nuestra vida en general, que me lo acaba de decir mi amiga Silvia por tuiter y es muy cierto). Y, si lo hacemos, no durará y/o no nos hará felices.  
Si no estás bien, en paz, si no te quieres fuertemente ni  dejas de obsesionarte con el futuro, serás incapaz de enamorarte. ¿Cómo vas a aguantar a nadie si no te aguantas a ti mismo? Además de eso, no serás capaz de actuar de forma legal contigo mismo, ni buscarás tu bienestar. Te esforzarás por conseguir lo que quieres, no lo que necesitas. 
El universo, el destino, la vida, el karma o como queráis llamarlo, nos pone delante de nuestras narices situaciones y personas en el momento justo, para que aprendamos.  Yo tenía un miedo irrefrenable a la soledad y el abandono, y por eso llegaron Juan y Manuel, para abandonarme. Yo los busqué y los mantuve cerca. Tenía razón el del quinto chakra, al fin y al cabo.


La friendzone además no existe; es una forma de consolarnos a nosotros mismos cuando alguien de quien nos encaprichamos no nos quiere lo suficiente. La friendzone es un invento del cobarde incapaz de romper con lo que no necesita.

Podría desarrollar mucho más esta idea hablándoos de cómo nos agarramos a alguien que no nos gusta  ni nos conviene realmente por sentir que no estamos solos. Por la cantidad de frustraciones que eso nos aporta. Por la barbaridad de estupideces que hacemos por el mero hecho de no acabar delante de un espejo, en silencio, contemplándonos a nosotros mismos.
Hablando de lo frágiles que nos volvemos todos en algún momento de nuestras vidas, y de lo mucho que nos maltratamos y nos intentamos autoengañar. 

Pero estoy segura de que no es necesario comentar nada más, ¿verdad?





23 febrero 2017

What's going on

Sentir. 
Me he pasado la vida sintiendo, sintiendo muy fuerte. Y no me refiero tan sólo a las emociones y a la clase de sentimiento que te hace reír y llorar, sino también al meramente sensorial.  Me afectan los ruidos muy fuertes, los olores demasiado intensos, puedo reconocer los ingredientes de un plato tan sólo acercando mi nariz y me gusta tocarlo todo en las tiendas. Lloro con las canciones, con las películas, con todo. Me gusta estar con gente pero necesito un tiempo cada día para refugiarme en mi cueva, porque después de estar un rato en lugares abarrotados me siento sobreestimulada y estresada. Mi capacidad empática está más desarrollada de lo normal y me frustra cuando me doy con personas "muro". Me agobia tener muchas cosas que hacer en poco tiempo, y me siento cómoda dentro de la monotonía de lo cotidiano. Me enamoro con facilidad e intensamente, y estoy enamorada del amor. No soporto competir. El frío me afecta más de lo habitual, tengo tendencia a enfermar cuando estoy triste y no puedo tomar mucho café. 

Soy una persona altamente sensible (PAS, como empiezan a llamarlo en psicología) y a pesar de haberme pasado años y años escuchando eso de "es que eres demasiado sensiblera", he aprendido a disfrutar de mis peculiaridades y a dejar de verlo como algo negativo. Parezco vulnerable, pero soy fuerte. 

Quizá por todo esto que os cuento me guste tanto Sense8. No sé si la conocéis: es una serie de Netflix de la que ya podemos disfrutar de la primera temporada (y del maravilloso especial de Navidad) que nos ofrece un argumento diferente y estimulante: ¿qué pasaría si, de pronto y sin motivo aparente, ocho personas desconocidas entre sí -separadas, incluso, por diferentes continentes- empezaran a sentir una conexión mental y sensorial? Si, por ejemplo, cuando una chica se sienta en un parque de San Francisco a escuchar música con sus auriculares, un señor de Rusia comenzara a silbar la misma canción mientras conduce sin entender de dónde ha salido esa melodía de su cabeza. O si una mujer encarcelada en Corea sintiera de repente unas ganas horribles de comer burritos, tan sólo porque una niña de Tijuana estuviera dándose un festín en ese preciso instante. 
Mentes conectadas, sentimientos compartidos. Me encanta ese argumento porque supongo que me he pasado mi existencia buscando esa conexión con alguien. Dentro de mi infinito mundo interior de sensaciones, anhelo dejar de ser una Sense1 y estar rodeada de personas que me comprendan y vivan tan intensamente como yo.

Y aunque he aprendido a asumir que eso es imposible (y que mis cumpleaños nunca serán tan interesantes como los de la serie) yo seguiré enviando mis señales al universo  por si acaso alguna vez alguien consigue descifrarlas.


05 enero 2017

Conoces de verdad a alguien cuando le dices que NO.


-No eres tan inteligente y tu blog es insulso. Pero no te quiero ofender.
-Me agotas.
-No te aguantas ni tú.
-Rancia.
-Estás cerrada al amor.
-Me tienes harto.
-Eres todo fachada.
-Qué estúpida, anda que vaya tela.
-Niñata.
-Que te den.
-Ya me he dado cuenta de cómo eres, está claro que tenemos poco en común.
-Todas las tías de Internet sois iguales.
-Hipócrita.
-Qué pena, con lo simpática que parecías.
-Si no eres ni guapa.
-Suerte en la vida, zorra.
-Ok, te deseo lo mejor, un beso.



23 diciembre 2016

2016 Mashup

Un Enero extraño, tímido y asustado. Requisitos para ser una persona normal que no cumplo. Familia y amigos que me arropan. Me propongo el año del sí.
Febrero de nuevos amigos. De carreras con tutú. De San Valentín de cine en soledad y palomitas con el moquillo colgando. De revelaciones.
Marzo que empieza a clarear entre las nubes. Rencores reminiscentes cada día más débiles. Vuelta al trabajo duro, más acción y menos pensamiento. Clases particulares.
Abril imponente. Cumpleaños que hace olvidar todos los cumpleaños anteriores. Amigos, amigos, amigos. Amor diferente. Risas. Ibuprofeno. Otra vez señales con flores.
Mayo que trae el calor de nuevo. Paz. La promesa de la #operaciónNY2018. Say yay ay ay!.
Junio y la feria de la tapa. Gogós de playa y salmorejo. Bikini y mis lorzas al sol. Huelo a cambio. California dreamin. San Juan.
Julio y trabajo. Trabajo. Trabajo. Risas. Go, go, go. Sigue nadando.
Agosto y alguna desilusión, pero pequeña. Piel curtida contra gente helada. Kintsugi. El blog cumple diez años y estoy tan ocupada que ni lo celebro, pero está bien. Reuniones maravillosas en Granada. Feria.
Septiembre y el apogeo de Tinder. Adverbios. Cosas que quiero y que no quiero. Be myself again.
Octubre y gente que se va y que deja un vacío. Gente que llega. Vértigo repentino. Recuerdos que ya duelen poco. Nuevas friendzones que provocan risas miserables. Qué más da.
Noviembre y vuelta a la paz laboral. Comprender, de golpe, que todo puede pasar. Este año y los que están por llegar. La chica con todos los dones y Platania Conection.
Diciembre y corroborar que era cierto: in omnia paratus. Médicos. Hospitales. Preocupaciones. Unicornios que llegan y se van. Guasaps que salvan tardes y semanas y meses enteros. Amigos que vuelven a casa por Navidad. Reuniones bonitas. Cambios de look por fuera y por dentro. Miedos que se desvanecen y gafas nuevas. Años locos que terminan pero que no acaban para mí.

Gracias por todo, 2016. Por lo bueno, por lo menos bueno y por lo peor. Gracias por darme la oportunidad de vivir un año más, por las nuevas canas de mi flequillo y por haber podido aprender todo lo que he aprendido.

Y  a vosotros, amigos, os deseo unas felices fiestas y un 2017 cargado de cosas buenas. No sé qué nos depara el futuro... pero ya está aquí y, como bien dice Odin Duperyon,  más nos vale estar preparados :)




08 diciembre 2016

Un año de match

Me lo tomé como un estudio sociológico a lo Samanta Villar: 365 días en Tinder. A finales del año pasado decidí, alentada por una amiga, crearme una cuenta en las tres webs de ligoteo gratuitas más famosas que yo conocía: Tinder, Badoo y Adopta un Tío. ¿El motivo? Quería curiosear. Nunca me había metido en estos pozos del vicio y tenía la cabeza llena de prejuicios que ya era hora de contrastar. Además estaba de vuelta en el mercado de la carne y, según me insistía mi amiga, no me vendría mal conocer gente nueva y que me diera el aire. Ejem.
Yo no sé si vosotros tendréis perfil en Tinder o si, como yo hacía antes, pasáis de esos sitios porque ahí solo hay gente "que entra para follar, echar un polvo y ya". Esa era la idea que entre unos y otros me habían asentado en la cabeza, y aunque así de primeras me pareciese perfecto (allá cada cual con sus cosas, mientras no se engañe a nadie) a mí la idea de quedar con un señor desconocido para que me atusara las lanas no me atraía nada. Encima tenemos que añadir el hecho de que cuando comenzó el año yo estaba hecha un gurruñito pocho: me dolía el corazón, me dolía el alma, me dolía la barriga de tanto comer burger king y beber para olvidar. Así que como vosotros comprenderéis, no estaba yo como para darme una alegría con gente extraña... pero aún así, como decía, tenía curiosidad y me metí en Tinder.

Lo primero que me llamó la atención es que la gente pasaba del chat. Yo, que soy de la generación del Irc, cuando conseguía un match con algún muchacho apañao me ponía a chatear y a contarle mis cosas, a decir payasadas y demás, pero casi siempre me cortaban el rollo  a los cinco minutos soltándome eso de -bueno, ¿vamos a quedar para un café o qué, Beatriz?. Y yo es que con esas presiones no funciono, eh. A ver, que yo necesito saber un poquitín más sobre ti para quedar. Que no es que crea que te voy a conocer por el chat, pero no sé... seré una antigua, pero yo quedando así tan de golpe me siento muy incómoda. ¿De qué hablas con alguien del que sólo sabes que  es "amigo de sus amigos"? Es más, ¿y si te das cuenta de que has quedado con un gilipollas? Porque si eso te puede pasar después de chatear tres meses, imaginad a los 5 minutos del match. 
Efectivamente mis elucubraciones eran certeras: en 365 días he quedado con 9 chicos a los que "conocí" en esas webs, - la verdad es que tampoco es tanto, visto con perspectiva- y tan sólo he conectado un poco más con aquellos con los que chateé un mínimo antes de vernos cara a cara.  Comunicación, señores. No se trata de pasarte seis meses hablando e idealizando a la persona, pero si antes de quedar para un café al menos dejáis claro quiénes sois, qué buscáis y qué cosas os molan, os ahorraréis perder el tiempo y muchos disgustos.

Más cosas que me llamaron la atención de Tinder: lo de que la gente entra para follar es MENTIRA, y me da igual lo que digáis. El 90% de los hombres que están en Tinder son personas que están cansadas de sexo esporádico, de citas superficiales y de estar solos. Gente que busca una relación, un poco de cariño, un mimo, un algo amoroso. Gente que viene rota de otras relaciones. Recién divorciados que sienten que su mundo se desploma sin una mujer. Incluso los que en su perfil te plantan un "no quiero compromisos, quiero vivir la vida" también buscan pareja en lo más profundo de su corasóns, así que de primeras te echarán un polvo y justo después ya se pondrán a planear vuestro futuro juntos. 
Me ha sorprendido mucho lo sola que está la gente, la verdad. Lo mal que llevamos esa soledad. Ese sentimiento de yo es que quiero ser feliz y sólo seré feliz cuando encuentre a la persona. El problema es que estás buscando amor en un lugar donde quedas a los 5 minutos de encontrar a alguien. Donde decides si hay química o no con la otra persona en una cita de media hora. Donde probablemente tengas sexo con esa persona antes de saber cuál es su película favorita o cuál es su apellido materno.
Tinder es pura contracción, es un oxímoron en sí mismo: queremos amor inmediato con un desconocido. Que salten chispas con el primer café. Te ríes tres veces con alguien y ya crees haber encontrado tu media naranja. Y por el contrario, si esa persona no te remueve por dentro desde el minuto uno, no es la persona y la bloqueamos ipso facto porque no queremos perder el tiempo en nuestra búsqueda del santo grial sentimental. Vamos, vamos, a por más matches.

Es un arma de doble filo, porque esta facilidad que tenemos ahora para conocer gente gracias a las redes sociales de ligar es, en realidad, una mentira: creemos que encontrar esa conexión real con la otra persona es igual de fácil y rápido que conseguir un match, y no. Tinder en realidad es el equivalente a una señora sentada en el súper que, cuando llegas con tu carrito buscando tomates y lechugas, te dice que te sientes con ella en una mesa un momento y te planta delante a un maromo que también ha venido a comprar, a ver si conectáis. Pero ya está, no crea la magia ni te provee de lo que realmente necesitas; eso tienes que tenerlo bien clarito tú antes de crearte un perfil, porque de lo contrario estarás mareando a otras personas y vagando sin rumbo en un mar de fotos de abdominales y casados adúlteros. 

Y yo ya. Un año de match  ha sido suficiente para mí. Un año en el que  mi estado de ánimo ha pasado por todas las fases posibles del duelo: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. Un año en el que empecé con ansia de cariño, con una necesidad irracional de que me abrazaran y no sentirme tan vacía por dentro... que ha terminado con un ansia de paz que me lleva a disfrutar de mi soledad y a sentirme bien conmigo misma. Me he liberado de prejuicios, he mejorado mi autoestima, he conocido a gente maravillosa, gente menos maravillosa y gente imbécil.  Se alinearon los planetas y he hecho dos amigos nuevos en un lugar hostil y muy poco dado a crear vínculos de amistad real y sin dobleces.

Un año en el que he aprendido la lección: no voy a encontrar el amor en Tinder, pero no porque esté lleno de gente que no merezca la pena, sino porque nadie encuentra el amor mientras lo busca. 

Y yo dejo de buscarlo oficialmente; que llegue cuando tenga que llegar. El 31 de diciembre daré de baja todos mis perfiles en las redes de ligar, sin pena ni arrepentimiento. No sé si 2017 será el año de mi soledad, de mi clausura casta haciendo rosquillas con las carmelitas, pero ya no siento la necesidad de conocer a nadie que me sacuda por dentro porque por fin vuelvo  a ser consciente de que ese alguien soy yo.




Recordarás, nuestros días felices. 
Recordarás, el sabor de mis besos. 
Y entenderás, en un solo momento 
qué significa 
un año de maaaaatch.




12 noviembre 2016

Ellas.


Ellas y yo somos muy diferentes. Ellas son inteligentes, cultas, divertidas, saben de música y de teatro y de historia, escriben de maravilla y disfrutan de las pequeñas cosas de la vida. Cada día me enseñan algo nuevo y me regalan un pedacito de su mundo cotidiano, a mí, que soy una rancia despegada que nunca llama ni escribe guasaps porque vivo en Bealand. Ellas no me reprochan, no me juzgan aunque no estén de acuerdo conmigo, no me regañan, (bueno, a veces sí, pero porque la lío mucho y me lo merezco) me escuchan con un cariño y una paciencia infinita y se ríen con mis chorradas. 
Ellas han aparecido de la nada y han decidido que, para mi fortuna, yo soy una persona que quieren tener cerca, aunque sea desde la distancia física. Ellas me han elegido y ven algo más en mí. Me hacen sentir dichosa y me sorprenden cuando estoy choff. 

Ellas se han cargado de un plumazo mi frase estrella de la juventud, -yo es que soy más de amigos que de amigas- y me han demostrado que la verdadera amistad entre mujeres es fuerte, sana y mola millones. 


Ellas me hacen la vida más bonita con un simple tuit, con un me gusta, con un comentario o con un "espera, llego a casa y te llamo".  Ellas llenan mi instagram de rostros hermosos, sonrisas infinitas,  cosas cuquis, ginkos, gatos y perros adorables, rizos pelirrojos, libros de los que no tenía ni idea y zapatos glamourosos. También llenan mi memoria de -cada vez más- recuerdos de aventuras fantásticas, reuniones furtivas de verano y carcajadas con lagrimilla.  

Ellas han vivido conmigo etapas muy importantes de mi lucha, y las he sentido cerca. Han crecido conmigo, aunque envejezcan muchísimo mejor que yo. Tengo la extraña sensación de que ya forman parte de mi vida, de mí misma, y el sentir que están ahí aunque no hablemos todos los días me llena de tranquilidad y de paz. Me aportan, casi sin querer, una serenidad que me hace mucha falta.


Este fin de semana es muy importante y especial para dos de ellas. Hoy se casa Sandra, mi Flés. Ella y su casi esposo me recuerdan cada vez que se me olvida que el amor existe, que es el motor de la vida y que, pese a todo, hay esperanza.  No estaré ahí para darte un abrazo luego, pero que sepas que te lo estoy dando muy fuerte con el corasóns :P

Mañana será el cumpleaños de Berta, mi pelirroja peligrosa, y yo espero que lo celebre por todo lo alto, que se lo pase genial y que reciba todo el cariño que se merece.


Hoy quiero que sepáis que os quiero mucho, que me he despertado pensando en vosotras y que os deseo de corazón que seáis todo lo feliz que se pueda sin implosionar ni haceros pis de la emoción. Bueno, Sandra puede hacerse pis porque con el vestido de novia igual ni se nota :P



Brindo por vosotras. Brindemos todos :)   Aunque bueno, con biofrutas, que no son horas.




10 noviembre 2016

Dear future blacksheep


Lo puse el otro día en mis redes sociales y ahora os lo dejo por aquí: mi salto a la fama musical xDDDD

(Por favor, no me dejéis sola con el windows movie maker :P)




Que si algún cazatalentos anda por la sala, yo por menos de lo que haya ganado Juan Camus en el concierto OT El Reencuentro, nada.

10 septiembre 2016

Adverbios.

Vivimos en un mundo loco de runners, de móviles que se cargan ultra-rápido, de trenes de alta velocidad y de máquinas de cocina que te preparan la cena en diez minutos. De gente que se mira sin verse, que corre por llegar a su destino. Que nunca llega. Que lo quiere todo ya. Que va y viene. Que no se permite sentir. Que habla sin pensar. Que ama y odia violentamente. Velozmente. Rápidamente. Brevemente. Dinámicamente. Ágilmente. Descuidadamente. Escandalosamente. Infaliblemente. Fugazmente. Torpemente. Vertiginosamente. Superficialmente.

A mí me gusta caminar despacio. Ser paciente. Salir con mucho tiempo de casa para no ir con agobios. Sentarme a contemplar la tarde respirando hondo. Tener todo el tiempo del mundo para no hacer nada especial. Saborear cada bocado. Pararme de golpe a notar la brisa. Disfrutar el camino. Besar sin prisa. Tocar, oler, sentir. Sosegadamente. Delicadamente. Tranquilamente. Silenciosamente. Pausadamente. Profundamente.

Lentamente. Es mi adverbio favorito.

18 agosto 2016

Kintsugi

Kintsugi significa literalmente, en japonés,  cicatriz dorada. También es el nombre que se le da al arte oriental de reparar objetos con oro, mejorando la pieza inicial y convirtiéndola en una obra de arte. 
El kintsugi forma parte de una preciosa filosofía vital que plantea que las roturas y reparaciones conforman también la historia de un objeto y que deben mostrarse en lugar de ocultarse, constatando así su transformación y evolución. 

Lo leí el otro día en un blog (no recuerdo en cuál, lo siento por no poner la referencia) y me fascinó. Me quedé impresionada porque mientras leía sobre el tema y contemplaba fotografías de jarrones y platos maravillosamente restaurados, no podía sino verme reflejada en ellas. Yo, que me he roto tantas veces. Que me pegado cada pedacito una y otra vez. Que me he remendado. Que tengo mil pespuntes por cada rinconcito de mi anatomía. Que me he cosido de nuevo el corazón al pecho. Que llevo pegotes de pegamento hasta en las orejas. Que me las he apañado no sé bien cómo para seguir siendo yo, con mis ilusiones iniciales y mi forma de ver la vida. 
Yo me siento un poco así, porque me gusta cómo soy (con mis imperfecciones y mis cicatrices) y porque por muchas experiencias pasadas y peso que haya sobre mis hombros, desde mi infinita resiliencia me niego a desmoronarme y a pensar que ya no volveré a sentir igual nunca más.  Cada vez que me caigo y me rompo, me recupero y vuelvo a empezar. Desde cero, aunque aún más dorada -sabia- que antes. 

Mi experiencia me ha enseñado que si hablamos de dolor hay dos tipos de personas: las que no pueden evitar cambiar con los golpes de la vida y se transforman en una versión más fría y gris y deslucida de sí mismas, y las que lucen cicatrices de oro y siguen queriéndolo todo.
Y cada vez que alguien me dice "lo siento mucho pero  es que yo estoy roto", a mí se me desprende un pedacito del pecho y tengo que irme corriendo; alejarme lo máximo posible de esa persona que trata de mermar mis ilusiones para poder pegármelo de nuevo y seguir adelante. Yo no quiero rotos y medias tintas: me merezco a alguien que quiera bañarse en oro y seguir funcionando conmigo. 








04 julio 2016

Analfanautas.

Cada vez estamos más conectados con más gente de todo el mundo y, al mismo tiempo, más solos.
Internet es una maldición y una bendición: creemos que nos acerca a los demás cuando, en realidad, nos aísla.

Con tanta información que nos atonta y merma nuestra capacidad de raciocinio nos volvemos binarios y malgastamos las horas haciendo click, dando a me gusta, regalando RTs.  Y no me malinterpretéis: yo soy una adicta más. Me fascina lo rápido que se puede viajar cuando no se tiene dinero tan sólo escribiendo "Central Park" en el buscador google imágenes. Aprendo cosas cada día, actualizo mis conocimientos, me entero de todo. Sigo a periódicos digitales en Twitter, a las páginas de facebook de mis series estrella y a varios profesionales de diversos sectores de la actualidad que se ocupan de no hacerme parecer estúpida en los debates con amigos. Uso internet para mantener el contacto con amigos lejanos, al menos esa es la excusa oficial. Discuto por Twitter, me quejo y me indigno en 140 caracteres como los demás.
Pero cada vez estamos más solos, somos más intransigentes y nos cuesta más conectar de verdad, cara a cara, allí donde no tenemos botón de bloquear ni de mutear ni podemos cancelar compatibilidad cuando alguien nos cae mal. Tampoco podemos demostrar que estamos escuchando a la otra persona con un simple like, ni la vida dispone de notificaciones sonoras o vibración cuando nos estamos perdiendo un evento importante.
La vida está ahí, nos rodea, nos entibia la piel mientras nosotros nos hacemos selfies de espaldas al atardecer. Nos intenta llamar a voces mientras nuestro cuerpo nos avisa de que algo no funciona; a veces nos duele la cabeza, se nos enrojecen los ojos, nos volvemos un poco más taciturnos. Dejamos de ver. Miramos las cosas pero no las vemos a menos que sea a través de una pantalla.  Ya no sabemos disfrutar del sabor de la comida si no la compartimos por Instagram. El animal social deja de serlo.
Quedamos con alguien especial y sacamos el móvil cada tres minutos. Las conversaciones ya no importan, las miradas ya no cuentan, las sonrisas ya no valen nada si no forman parte de una perfecta pose. Ya nadie es especial. Ya no escuchamos voces, sino tweets.

Yo cada vez me siento más extraña en este círculo vicioso del que cuesta mucho salir. Y ahí estoy, enmedio de los pitidos del whatsapp, del "hablamos por skype", de los super likes o los bloquear de Tinder.  De esa mecánica en la que lo primero que miro cada mañana sea mi teléfono móvil (y lo último antes de acostarme), de los mails que me avisan de que tengo nuevos comentarios en el blog, de las aplicaciones que se supone que me hacen la vida más sencilla.
Echando de menos, sin embargo, el roce de una piel, las cosquillas en el estómago, las sonrisas cómplices. El detener el ritmo frenético de esta sociedad que nos impulsa a no vivir durante unos minutos y contemplar de verdad lo bonito que me rodea. Extrañando las voces de la gente que quiero y que veo poco, su olor. Añorando aquellos grandes momentos que se han grabado a fuego en mi memoria en los que, curiosamente, no había un whatsapp de por medio.
Preguntándome si todo esto de la Era de la Comunicación evolucionará más y más hasta hacerse imparable o si algún día volveremos a comunicarnos de nuevo.

Que lo mismo sueno muy anticuada para tener 35 años, pero creo que mi corazón es arcaico y no acepta la última versión del FlashPlayer.

10 junio 2016

Guapa de cara.

Desde que me quiero más, me quiere menos gente. 
Ya no ligo nada de nada, ni tengo mil mensajes de chicos pendientes de mí todo el rato como cuando tenía 25 años.

Desde que no escondo cómo soy realmente y dejo de ponerles filtros y censuras a mis fotos y a mi personalidad hay mucha más gente que se aleja de mí. Gente que, directamente, le da a no en Tinder cuando ve mi perfil y que sale de mi blog inmediatamente después de verme en una foto de cuerpo entero. Tampoco suelen quedarse los chicos que conozco en los chats, que vienen  a mi blog a ver si soy una mujer dócil y primorosa. Jamás se me acercan en los bares. Qué pena, con lo mona que es de cara.

Desde el día en que decidí dejar de tratar de gustar a todo el mundo me resulta mucho más difícil mantener mis relaciones, las de pareja y las de amistad. 

Desde que me niego a ceder cuando algo no me gusta, evito a las personas cobardes y pusilánimes y me quito de enmedio cuando algo me hace daño, estoy más sola. Ahora soy una borde, dicen. Es inevitable sentirme sola. 

Desde que dejé de entrar en tiendas donde mi talla era la mayor o, directamente, inexistente, tengo menos ropa a la moda y tengo que gastar mucho más dinero para vestir ropa que me siente bien.

Desde que dejé de contestar a todos los whatsapps, a todos los comentarios, a todas las llamadas de teléfono, a todos los cumplidos, a todas las quejas, a todos los consejos, a todos los reproches, etc, se me critica mucho más. Bruja. Zorra. Fea. Creída. Pava. Tonta del culo.

Desde que dejé de intentar adelgazar  inútilmente -nunca conseguí dejar de tener caderazas y culazo- y empecé a disfrutar de lo que me gusta engordo una media de 1kg al año, si no más. De seguir así, en 2030 seré un mamut.

Desde que aprendí a invertir mi tiempo libre en lo que me dá la gana, sin importarme lo extraña o friki que pueda parecer mi vida o si a alguien le parece bien o mal que me quede en casa, en bata, un viernes por la noche, me siento mucho más señora y menos en la onda que la mayoría.




Desde que me divorcié de castigarme a mí misma por mis errores, de sentir que nunca seré lo suficientemente buena para alguien y, simplemente, aprendí a aceptar que no soy perfecta, duermo mucho más tranquila por las noches. Lloro más a gusto. Abrazo mi histerismo.

Desde que encontré la solución para las rozaduras entre los muslos en verano, (el que quiera saber más, que me pregunte por privado) me importa mucho menos tener los muslos gruesos y nada de thigh gap.

Desde que ya no me da vergüenza ponerme un bikini y tirar para la playa, disfruto muchísimo más de mis veranos, me pongo más morena y tengo los huesos mucho más fuertes. Tengo estrías, tengo celulitis, tengo las rodillas feas. Y qué. Al carajo la osteoporosis.

Desde que me cuido más a mí misma y le doy menos importancia a las personas y las cosas que realmente no importan una mierda, me siento mucho más plena y creo que aprovecho mucho más mi vida. Invierto menos tiempo en lo que me pone triste y más en lo que me hace reír.

Como os decía, desde que me quiero más a mí misma, me quiere menos gente. 
Y ya me va bien.
Es un largo camino, el de aprender a valorarse a uno mismo. Estoy en mitad de una metamorfosis y el que me "quiera" menos gente ahora tan sólo es una muestra de que voy por buen camino.



Aquí una que se supone que está gorda que se ve buenorrísima. Lo de pava ya no lo niego.




08 mayo 2016

Practicando el subjuntivo

Cosas que me importaban con 25 años 

-Que supiera bailar.
-Que supiera vestir más o menos bien.
-Que le gustara salir y viajar.
-Que no fumara.
-Que se lo currara en las citas y me sorprendiera de vez en cuando.
-Que hiciera alguna locura a veces pero que fuese un tío razonable e inteligente.
-Que oliese a algún perfume de los buenos.
-Que fuera friki y que tuviera conversaciones interesantes y hobbies exóticos.
-Que no fuera un picaflor.
-Que estuviera bueno, objetivamente.
-Que me mirara como si yo fuese la mujer perfecta. 
-Que supiese valorar las horas que dedicaba a estar perfecta para él.
-Que me entendiera bien.
-Que leyera. El Marca no cuenta.
-Que fuera una máquina del amor (lalalala)
-Que tocara algún instrumento o cantara o fuese un artista en general.
-Que fuera detallista y romántico.
-Que les cayese bien a mis amigos.
-Que pusiera celosas a mis amigas.
-Que tuviera una vida interesante y pudiera contarme mil historias y aventuras.
-Que tuviera una voz bonita.
-Que fuera feliz estando conmigo.
-Que fuera maduro. O lo que yo creía que era madurez por entonces.
-Que se cuidara y fuera deportista.
-Que no me agobiara mucho y respetase mi espacio.
-Que me quisiera mucho y de verdad.





Cosas que me importan con 35 años 

-Que sepa cocinar  (y especialmente que pueda preparar sopa cuando yo esté enferma).
-Que tenga trabajo y/o estabilidad económica.
-Que sea independiente, sobre todo de su madre.
-Que no "esté dejando" de fumar: que no fume.
-Que esté un poco zumbadillo.
-Que sea humilde y buena persona.
-Que luche por  todos sus objetivos. Que apueste por nosotros al 100%.
-Que no necesite un croquis para tenerme contenta, ejem.
-Que se lo curre en su vida, en general.
-Que no le importe si un día se me olvida depilarme o si voy con pelos de loca.
-Que haya leído mucho.
-Que sea valiente y arriesgue. Que me bese primero (y que encima bese bien).
-Que se duche y huela a limpio.
-Que tenga amigos propios y vida social ajena a la mía.
-Que sea alegre y divertido y me haga reír. Que su felicidad no dependa de mí.
-Que sepa arreglar cosas.
-Que me guste físicamente.
-Que tenga más aspiraciones además de pasarse el Dark Souls 3.
-Que disfrute de las pequeñas cosas de la vida.
-Que me respete.
-Que sepa comprarme compresas, cremas y tampones cuando yo esté malita y no pueda salir.
-Que quiera viajar (conmigo).
-Que esté en mi onda y se lleve bien con mis manías.
-Que se ilusione como un niño con las cosas que le gustan.
-Que comprenda el significado de "equipo" más que de "pareja".
-Que me cuide -no sólo al principio- y me quiera bien.


26 abril 2016

Pero.


Ya llegué. Sabía que tarde o temprano pasaría, y parece que esta vez es el momento: estoy en medio de todo. En el "ni chicha, ni limoná". Ni pa ti ni pa mí.

Tengo 35 años: ya no soy una mujer joven, pero tampoco me siento una señorona muy mayor. En los sims ya habría dejado de ser un "adulto joven". Mi cara empieza a tener arrugas y, mi cabeza, canas. Mi mente sigue teniendo 20 años.


Peso lo justo como para no entrar en los vaqueros del Zara pero no lo suficiente como para mirar en tallas especiales. Las tiendas normales acaban en la 42, las especiales empiezan en la 44. Yo estoy ahí en el límite del bien y del mal con mi culazo y mi pechera que contrastan con mi cinturilla de avispa pava. Parece que no soy lo suficientemente delgada para unos, pero tampoco llego a gordibuena para otros. Me gusta mi cuerpo casi todos los días.

Para algunas personas estoy zumbada; para otras soy divertida. Ni cuerda ni loca, creo yo. He conseguido llegar a ese punto de locura necesario como para tomarme la vida con filosofía y no morir en el intento, pero sin llegar a estar para que me encierren. De momento. 

El pelo lo llevo ni corto ni largo: media melena, que les explico yo a mis guiris en las clases de descripciones físicas. Nunca hasta ahora lo había llevado así, ni por debajo de la barbilla ni por encima de los hombros. Tampoco había estado a caballo entre el castaño y el pelirrojo y ahí estoy ahora, en terreno de nadie.

No soporto los tacones ni caminar siempre con deportivas. Me he vuelto intransigente con las personas cerradas y cerriles. Las faldas las llevo por las rodillas y, el bolso, ni grande ni pequeño: que me quepa todo sin sentirme mula de carga. Sé lo justo de cocina como para no morir de hambre. He viajado lo suficiente como para ser consciente de que necesito viajar más. Cuando como algo dulce me apetece algo salado. He leído los libros justos como para sentirme ignorante, y he conocido demasiadas personas buenas que en algún momento del camino dejaron de serlo. 
Me sé la letra de muchas canciones que ya no hablan de mí; he perdido el gusto musical hasta el punto de escuchar cada día un estilo diferente y enamorarme de un cantante nuevo cada tarde.

Tengo algunas cosas muy claras, pero aún no sé lo que busco en la vida. Sé lo que no quiero, pero no lo que quiero. Camino siempre adelante pero sin tener claro hacia dónde. 
Soy feliz y no. Me siento afortunada casi siempre. 

Adoro escribir en el blog pero a veces detesto que me lean. 

Soy una mujer buena que se ha comportado mal y ha tomado malas decisiones alguna vez. No hay quien me entienda, pero eso me gusta.


No quiero estar sola. Pero.






15 abril 2016

Schadenfreude


Hay personas que te cambian la vida. Quizá sin querer, quizá tan sólo de manera perceptible en los pequeños detalles.

Nunca había escrito sobre ti en mi blog y por eso creo que ya es hora de que lo haga ahora: tú me transformaste. Fue poco a poco, un proceso en el que sin darme cuenta y gracias a tu forma tan diferente de ver la vida me enseñaste a cambiar la manera de verla a mí. En algunos aspectos somos opuestos, ya lo sabes, pero eso nunca fue algo negativo para mí... si acaso, al contrario. Me gustaba aprender contigo; esas maneras de sabiondo paternalista que aparentemente me sacaban de quicio eran una de las cosas que más me atraían de ti, aunque nunca lo llegase a reconocer. Tu inteligencia, tu sentido del humor, tu forma de leerme la mente. 
Por otro lado también me gustaba tu impulsividad, tu descaro, tu pasión sin control por las cosas que te gustan, tu oscuridad, tu inseguridad disfrazada, tu orgullo, tu egocentrismo, tu impaciencia de niño pequeño. Sí, me gustaban tus defectos. Me gustaba verme reflejada en ellos, a veces.

De hecho creo que ahí radicaba el problema que acabó poniendo distancia entre nosotros: nos parecemos más en los defectos que en las virtudes, y por eso realmente y aunque me duela somos incompatibles. Aquella alma gemela que creí haber encontrado acabó siendo mi enemiga. Y nunca quise terminar mal contigo, te prometo que no. Por eso supe (tardé mucho tiempo y me costó muchísimo, y de hecho me sigue costando cada día) que tenía que alejarme.

Pero me cambiaste. Contigo sentí cosas que no he vuelto a sentir con nadie, y ahora que ha pasado el tiempo y he seguido buscando sin éxito esas emociones en otras personas, me aterra sobremanera pensar que quizá no las vuelva a sentir nunca. 

Por tu culpa estoy maldita, así que en cierto modo puedes alegrarte (schadenfreude) porque ahora tengo que aprender a vivir feliz con una vida que jamás será igual que la que tenía antes de conocerte, ni parecida a la que pude haber tenido contigo y que ya nunca será.