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13 marzo 2009

La colmena.

El chico de azul pedaleaba con fuerza bajando Paseo de Gracia por la acera. Pasaba de ir por el carril-bici, tan estrecho y aburrido. Todos sus compañeros de clase decían que él era el que mejor manejaba la bicicleta, los skates y la tabla de snow, y no podía desaprovechar la menor ocasión de corroborar tales afirmaciones.
Eran las doce del medio día, y la calle se abarrotaba de gente que subía y bajaba con prisas cual hormiguitas atareadas; ésto es como el terrario del instituto, pensó él. Un hombre que llevaba un ramo de rosas gigante se cruzó en su camino, gilipollas, y el ciclista tuvo que hacer un quiebro para no estamparse contra tal atontao. Estaba cabreado y lo único que quería era pedalear con fuerza, perderse entre la gente, marcharse lejos. Qué coño sabrían sus padres. ¿Por qué una psicóloga que no le conocía tenía que decidir su futuro?




Dejó un momento las bolsas en el suelo, (pesaban) mientras esperaba a que el semáforo se pusiese en verde para los peatones. ¿Le gustará el pescado?, pensaba, tratando de recordar la receta de rape de su madre y lamentándose por no haberle prestado más atención cuando todavía vivía con ella.
El semáforo cambió de color, y agarró sus bolsas para cruzar calle Aragón pisando fuerte, contoneando las caderas al ritmo del golpeteo de sus zapatos de tacón. Sonreía, nerviosa, tratando de imaginarse cómo acabaría esa cena con la que tanto había soñado y que por fin iba a hacerse realidad. ¿Qué le gustaría más a él, tanga o cullotte? Quizá disimularía mejor la barriga con el cullotte... ¿Se dejaba el pelo suelto, o se lo recogía? ¿Quedo como una fresca si le pido que se quede a dormir? ¿Y si no le gusto?




Barcelona, por fin. Sentado en un banco decorado con trencadís, frente a él se extendía la avenida más amplia y hermosa que había contemplado en su vida. Acostumbrado a las estrechas calles de su pueblo natal, blanco y rural, aquella enorme calle del Ensanche le parecía extraordinaria, majestuosa.
Estaba contento. Traía consigo una maleta llena de mapas, direcciones, ilusiones y teléfonos de interés, y no podía dejar de pensar que por fin tendría la oportunidad de empezar de cero. Había tardado meses en darse cuenta de que la vida sigue, y que aunque el amor no sea para siempre la vida continúa y no podemos cerrar los ojos ante su belleza.
Se levantó y tiró de su maleta calle arriba, buscando la Gran Vía de las Cortes Catalanas (apartamento soleado e impecable en pleno centro de Barcelona) que era, a la vez, su nueva oportunidad de ser feliz.
Una hermosa mujer de melena pelirroja pasó por su lado cargada con mil bolsas de H&M, Zara y Carrefour, y al observarla más detenidamente y descubrir su sonrisa enigmática y el rubor de sus mejillas pensó, animado, que quizá las grandes ciudades no fuesen tan malas como decía su padre, al fin y al cabo.





Arrugó la frente y rompió a llorar. No seas maricón, Joan, trató de decirse a sí mismo mientras caminaba despacio calle abajo, sin rumbo. Lo había perdido todo, todo. Su trabajo, (maldita crisis) su familia, sus amigos. Había estado tan ocupado buscando clientes y ampliando sus redes sociales que no había sido capaz de cuidar la única red que verdaderamente importa...
Obviamente ya era tarde. Ella no había querido escucharle ni aceptar sus rosas, y se había llevado a los niños a casa de su madre. Seguramente ahora se pondría a buscar un trabajo de mierda donde la explotarían por cuatro duros. O igual conocía a otro, alguien con estabilidad económica y mejor que él en la cama que la haría feliz de verdad. Porque era una mujer guapa, coño.Valía mucho, mucho más que él. No le costaría nada sobrevivir por su cuenta, pero él...
Miraba escaparates sin ver nada, sin ser consciente de lo que le rodeaba. Las lágrimas empañaban su vista y su mente, y por eso no fue capaz de ver al chiquillo en bibicleta que casi se lo lleva por delante en el cruce de Paseo de Gracia con Gran Vía. Abrió los ojos como platos, dio un brinco haciendo aspavientos con las rosas (que salieron despedidas por los aires) y finalmente pudo salir airoso con el corazón desbocado y el suelo gris repleto de pétalos multicolores.
Al menos me queda una... pensó él, irónico.





Qué asco de suelo, yo no sé qué educación enseñan a la gente. Barría el pedazo de acera que pertenecía a su bar cada mañana, y siempre terminaba enfadado. Mira que ya había prometido mil veces no ponerse nervioso, tomarse las cosas con más calma... Pero es que anoche antes de cerrar lo dejó todo niquelao, las mesas brillantes y el suelo como una patena, y hoy al llegar se había quedado boquiabierto con los restos de bocadillo, botellas de cerveza rotas y cacas de perro de la acera. A ver dónde cojones pongo yo las mesas hoy si no limpio ésto antes de la una, joder. Y encima tengo a Neus enferma, con lo rápida que es ella organizando.
Meneaba la escoba como un poseso de ceño fruncido y mirada encendida, cuando alguien dejó caer sin querer una bolsa frente a su escoba. Dos botes de nata montada y un pintalabios rojo empezaron a rodar hasta él que, curioso, alzó la vista para descubrir a una tiabuena tremenda que se acercaba, azorada, a recoger sus cosas.
-Uys, perdone, estoy tonta hoy...

Joder, qué escote.
-No te preocupes, guapa, que yo a ti te ayudo todo lo que quieras...





Le escuché soltarle una sarta de piropos tremenda, mientras ella se alejaba calle abajo todavía colorada y tropezando sin querer presa de los nervios.
Sonreí, divertida, mirando la cara del camarero que se frotaba las manos contra el delantal mugriento y pasaba de seguir limpiando en una mañana tan primaveral (y con tantas mujeres con poca ropa a su alrededor), y torcí por Gran Vía camino del trabajo.

-Perdone, señorita, ¿es ésta la Gran Vía de las Cortes esas?
Miré al hombre que me hablaba, sosteniendo un enorme mapa pintarrajeado frente a mis ojos, y asentí haciendo gala de mi experiencia como guía para decirle, señalando en el mapa:
-Sí. Mire, está usted aquí, y si quiere ir a donde tiene puesta la cruz tiene que seguir hacia delante.
Me dio las gracias antes de volver a agarrar su maleta y seguir su camino, y recé en silencio porque pasase desapercibido en esta ciudad donde el guiri es como un conejillo herido entre una bandada de cuervos.

Continué caminando y justo cuando pasaba frente al bar de los pitos, un hombre se paró frente a mí impidiéndome el paso, me dio los buenos días con voz temblorosa y lágrimas en los ojos y me regaló una rosa.

¿San Jordi no era en abril? Me pregunté yo dándole las gracias, extrañada, y continuando mi camino sin volverme para ver cómo seguía llorando sentado en un banco de Rambla Cataluña.

30 octubre 2008

ÑAM ÑAM

Iba yo canturreando animadamente por Rambla de Cataluña camino de trabajo el otro día cuando me crucé con dos señoras de mediana-avanzada edad. Casi nos chocamos, quizá fruto de mi empanamiento habitual, con lo que me giré dispuesta a disculparme frente a frente tal y como me decía mi madre que se disculpaba una señorita... y entonces escuché que una de ellas interrumpía su charla, ajena al choque, y le preguntaba a la otra con voz animada:
-Oye, me apetece comerme un pito.

Yo creía que había escuchado mal, que además de empanada estaba sorda y que seguramente lo que la buena mujer había comentado era que le apetecía un fito, o un mito, o un rito (que quizá fuesen alimentos catalanes que aún no conozco)...
Entonces la otra señora volvió a repetir:
-¡Ay sí, un pito! Venga, vamos a buscar un par.

Ea. De fito o mito o rito nada. Habían dicho pito, con todas sus letras. P-i-t-o, que en mi tierra tiene sinónimos tan gráficos como falo, minga, pene.

Me traumaticé dándole vueltas al tema durante el restro del trayecto al curro, porque pensaba yo (ilusa) que soy una mujer sin prejuicios ni tapujos, una mujer moderna y liberal... y entonces me topo con que en realidad no soy más que una monja mojigata que no es capaz de pronunciar en voz alta sus apetencias.

En fin, que hoy volvía caminando por la misma acera que aquella mañana, cruzando la Gran Vía, y al pasar por Ciudad Comtal o Condal o como leches se escriba el nombre del bar, leo en la pizarra donde escriben el menú del día:

-ESPECIALIDAD DE LA CASA: PITOS.



Menos mal, no soy ninguna monja. Me voy a comerme un buen pito para celebrarlo. xDDDD




(En otro orden de las cosas, mañana es Jayoguín... servidora tiene fiesta de disfraces wahahaha...ya os contaré)