El príncipe azul se inclinó sobre Blancanieves y, extasiado por su belleza, acercó su boca a los delicados labios rojos de la princesa. Cerrando los ojos la besó con dulzura, sintiendo un cosquilleo embriagador en su estómago que hizo que sus rodillas temblasen. Era ella, su amor, lo que siempre había buscado. Ese angel de cabello azabache que había salido en sus sueños innumerables veces, la culminación de todos sus deseos.
Se recreó en el beso los segundos justos para notar cierto calor, cierta magia extraña que parecía inundar el rostro y cuerpo de la muchacha. Se incorpotó a tiempo de ver cómo Blancanieves murmuraba algo entre dientes y abría lentamente los ojos...
Los siete enanitos alzaron sus cejas y empezaron a reir a carcajadas de pura alegría. Todo el bosque rezumaba euforia, magia, ilusión, y el candor del los rayos solares acarició las mejillas ahora sonrosadas de la princesita que, volviendo en sí tras tanto tiempo de terrible encantamiento, se sentó en su ataud de flores silvestres. Parecía una rosa más entre tanta belleza, tan delicada y bella.
El príncipe le cogió la mano con delicadeza y, dedicándole una mirada repleta de amor y esperanza, dijo:
-Hermosa Blancanieves... estoy feliz de haber podido rescatarla del cruel sino que la fortuna le había reservado. Si me lo permite, me gustaría convertirla en mi esposa para así amarla y protegerla el resto de su vida. Juntos gobernaremos bosques y océanos, y prometo convertirla en la mujer más dichosa del reino.
Ella alzó una ceja, inexpresiva, y deslizando su mirada primero por la pluma del sombrero del príncipe, pasando por sus mallas ceñidas y más tarde dejándole a un lado para observar a los enanos, se echó hacia atrás su flequillo moreno y frunció el cejo.
-El sol está dañando mi vista; he pasado demasiado tiempo dormida...
Veloz cual guepardo, el príncipe alzó su capa para proteger los delicados ojos de su amada, pero ella apartó su brazo de un manotazo y exclamó:
-Por favor, aparte esa ropa de hortera de mi vista; debería matar a su estilista por vestirle cual payaso.
Él, estupefacto, susurró:
-Mi señora, ¿se encuentra usted bien?
-Perfectamente, gracias. -Dijo ella, poniéndose unas gafas de sol enormes- Eso sí, me da asco que me haya despertado alguien con cara de Gollum, pero bueno, tampoco es culpa de su merced... supongo que los enanos le habrán mareado toda esta semana con que venga o no venga a rescatarme. Está claro que los enanitos éstos no tienen ni idea de cuentos, y no saben que los finales felices, los productos, lo que verdaderamente triunfa hoy en día... ya no es el amor cortés. Pero en fin, para la próxima vez que rescate a alguien, déjeme darle un consejo... Sea diferente. Príncipes azules hay muchos, intente que yo le recuerde como el hombre que me rescató, no como el gilipollas que me besó. Por cierto... esos gorros los venden en el carrefour a 3 x 2... Me provoca usted urticaria, pero bueno... quite esa sonrisa de estúpido y ayúdeme a bajar de la pasarela...
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No me digáis que no mola Risto Mejide.