06 noviembre 2015

Por qué Tinder es un pozo del mal

Tinder, esa app del demonio en la que todas mis amigas tienen perfil y de la que todo el mundo habla. Esa herramienta mágica que parece solucionar los problemas de toda persona solitaria y con ganas de calor humano. 
Esa aplicación que, para los que no la conozcan, te permite conocer personas cercanas a ti siguiendo tus criterios de búsqueda. 

Yo la conocí gracias a mi amiga Leti, que siempre estaba contándome lo guay que era y lo bien que funcionaba. Me imaginé aquello como una especie de IRC moderno, donde muchas personas se conectan para charlar y pasar el rato y donde podías encontrar gente con tus aficiones y sentirte menos solo. Leti me aseguraba que había de todo: gente guapa, gente fea, gente que iba a lo que iba y gente que sólo quería charlar. Y yo que soy una gata curiosa y ahora que vuelvo a estar en el mercado de la carne no quise perder la oportunidad de oler por mí misma de qué iba todo aquello...

MAL, BEA, MAL. Pero por entonces yo no lo sabía. 

Lo primero que tienes que hacer después de descargarte la aplicación es crearte el perfil. Tinder se fusiona con tu cuenta de Feisbu (la verdad es que no sé si puedes registrarte sin tener cuenta en FB) y por defecto pone como tu primera foto del perfil la que tengas actualmente en Feisbu. Y esto es importante, amigos, aunque parezca que no. Esa foto que tengas en la red social de Zuckerberg, donde tienes a tus amigos, a tu madre y a tu cuñao, marcará la imagen que vas a dar en una aplicación para ligar, que parece que hay que decirlo todo. 

Después eliges si quieres añadir más fotos, si quieres escribir una descripción de tu persona y listo, ya tienes perfil. Ahora pasamos a tus criterios de búsqueda: ¿a quién quieres conocer? Hombres, mujeres, rango de edad y a un rango de distancia de tantos kilómetros. Yo elegí hombres cercanos de un rango de edad razonable teniendo en cuenta que ya soy una señora de mediana edad, que tampoco era plan de ponernos exóticas así de primeras.


Ya estaba lista para empezar con el tema, así que le di a OK y ale, al lío: un chorreón de hombres aparecieron ante mis ojos. Al principio parece divertido porque te van saliendo en plan catálogo, como si estuvieses eligiendo sofá pal salón. 
Debajo de cada perfil (en el que la foto es lo más importante, no os vayáis a creer que nos movemos por terrenos intelectuales) te dan tres opciones: descartar, aceptar o super like. La diferencia entre aceptar o el super like es que cuando aceptas a alguien, esa persona nunca lo sabrá si no te acepta a ti también. Pero si le das a super like, Tinder le avisa y le dice: "oye, mira, que esta chica tan mona de rizos que parece lerdilla dice que le molas un huevo y que por favor le des a like a su perfil". Por eso hay que tener mucho cuidado y ser muy consciente de a quién le das tus super likes, que con los me gusta o los descartes te puedes equivocar, pero un super like es para siempre.


Como os decía, cuando le das a "me gusta" a una persona hay dos opciones: que no pase absolutamente nada y no vuelvas a saber de ella, o que de pronto Tinder te avise de que ha habido un "match", es decir, que esa persona también te ha visto y le has gustado. Entonces es cuando se abre la veda: Tinder abre el chat entre vosotros y ya podéis foll hablar.
Fácil, sencillo y para toda la familia.

Y debo decir que como sistema es cojonudo, sobre todo para las personas que van a lo que van y no se andan con chorradas. Pero yo, que soy Bambi y me fijo en todo, no sólo en la foto del perfil, pues... En fin, os explico para que me entendáis.

El primer hombre que me salió tenía de foto de perfil un yate. Su segunda foto era él en el yate, con un gorro de marinerito, bronceado naranja de bote y una botella de champán al lao. Inmediatamente me sentí perroflauta y a él lo descarté porque no me veía yo en Puerto Banús diciendo oshea.

El segundo que me salió fue mi ex. A tope y sin vaselina. Instadescarte.

El tercero fue un jefe que tuve.

Entonces fue cuando me propuse limar aún más mis criterios de búsqueda, porque esto no estaba saliendo como yo esperaba. Quité un par de años para abajo, un par de años para arriba, y me dije a mí misma que no le daría a like ni me fijaría en ningún hombre que no tuviese una bio graciosa. 

Y así fue como me salieron los primeros casados, los optimistas que tienen de foto de perfil a su novia, los que ponen la foto de su boda o de sus hijos, los que salen tocándole el culo a una tetona o los que conducen un cochazo con una pegatina de esas de "bebé a bordo". Que yo lo veo correctísimo, ojo, porque al menos con estos ya sabes lo que hay de primeras y las chicas que busquen darle una alegría al cuerpo sin compromisos sin duda se decantarán por ellos.  Pero para mí, como ya supondréis, estos chicos son un descarte seguro.

También me salieron los aventureros cuyas fotos sólo muestran deportes de riesgo, el Himalaya, selvas amazónicas y playas exóticas con olas enormes. Este tipo de chicos suele escribir en su perfil cosas como "be free" "be wild" o "sport for life", y seguro seguro que tienen alguna foto con un tigre de bengala abrazao. Otro descarte por mi parte, ya que para mí la verdadera aventura está en entrar en el Ikea y conseguir salir la misma tarde, no escalar. 

Luego están los guapos, que están buenorros y lo saben. Ni biografía ni nada, que aquí hemos venido a hablar de nuestro libro: abdominales. Fotos en calzones rollo modelo de Calvin Klein, por si quedaba alguna duda de que  tienen buen paquete and you know it. Muchas veces me pregunto qué leches harán estos muchachos en Tinder si podrían tener a la que quisieran chasqueando los dedos, pero luego recuerdo que es todo mentira y se me pasa la curiosidad. Otro descarte. 

Después tenemos a los millonarios, que es un grupo en sí mismo. Es curioso porque en el Tinder de Málaga hay una gran cantidad de hombres de Marbella, y todos son pijos, pijos, pijos. Obviamente con ellos no tengo nada que hacer porque nuestra conversación se acabaría cuando les dijese que yo me compro las bragas en el Carrefour.

Un colectivo tinderiano que me hace mucha gracia es el de los hombres de paso. Al poner en los criterios de búsqueda el rango de distancia al que tienen que estar y funcionar por gps, Tinder no te muestra a los hombres que vivan cerca de ti, sino a los que estén cerca de ti en ese momento. Por eso a veces también te pueden salir guiris que están turismo en tu ciudad o chicos que vienen una semana por trabajo y buscan chicas para salir y tomar algo y hacer turismo sexual. A estos chicos no los descarto a priori porque algunos son majos y me gusta conocer gente diferente, pero no me gustaría encariñarme de alguien que se va en tres días ni estoy en esa etapa social de quedar para un café y lo que surja, la verdad. 

Luego están los frikis. Pero frikis chungos, eh, no friki guay. Me refiero a los hombres que quieren parecer románticos y sensibles y ponen de perfil una foto morreándose con su perrito, del osito de peluche con el que duermen  o de un atardecer desde su ventana. Algunos tienen, incluso, frases de Coelho en su bio... que ya es un WTF en toda regla. Los chicos sensibles no son ya "buena gente y amigo de mis amigos", sino que yo he llegado a ver -y no os miento- "leal y amante de mis amigos". Puro amor. Yo de estos no me creo nada y además de ser cierto que les va el rollo osito conmigo no tienen nada que hacer, así que otro descarte.

Y por último están los divertidos, que son  los únicos a los que les doy like. De momento he hablado con muy pocos pero son los más normales porque parto de la base de que para tener sentido del humor hay que ser inteligente, y eso me mola. Podría deciros que el chico más normal que me he encontrado y al que meto en esta categoría tiene un burro llamado Bastardo, así que ya os hacéis una idea xDDD
Y bueno,  entre que los chicos normales y sin yates ni fotos de esposas no abundan y que los demás también tienen que darle al like en mi perfil, he tenido pocos matches hasta ahora y he hablado con poca gente.

Y con menos que hablaré, que me da a mí que mis aventuras por Tinder van a durar poco. Ni me he metido aquí buscando conocer a nadie realmente, ni creo que pudiese encontrar nada interesante rascando entre esta fauna. No sé si es por ti, Tinder, o es por mí, que soy especialita, pero no sirvo para este mundo frívolo de apariencias y postureo en el que o tienes una vida super interesante o tienes que mentir como una perra para ligar. La idea de quedar con un chico de estos me aterroriza, no sé por qué. Igual mi yo de 23 años hubiese quedado con todos y se habría echado unas risas, pero yo es que ya no estoy para estos trotes. Supongo que sigo siendo una romántica que sigue creyendo en relaciones que se forjan poco a poco, ahí con su esfuerzo, sus nervios, su emoción.
Así me va.


Y así es como tienen que quererme.




02 noviembre 2015

Ay, Danny

Culpo a Danny Castellano de mis altas expectativas con los hombres. Danny, ese doctor buenorro que, además, es adorable. Ese hombre inteligente, divertido, responsable, masculino, tierno, detallista, romántico. Ese que, encima, te hace unos bailecitos sensuales que se te cae todo. Ese hombre que... bueno, que no existe porque es el coprotagonista de una serie y su personalidad ha sido escrita y dirigida en un guión, pero eso son minucias que no vienen al caso.

Danny Castellano es el compañero de Mindy en la fantástica y maravillosa serie The Mindy Project. Os la recomiendo si no la conocéis: es divertida y fresca y te sacará dos o tres carcajadas sinceras por capítulo, que ya es mucho decir. Adoro a Mindy, me siento muy identificada con ella en algunos aspectos y a veces, en los capítulos tristes, querría achucharla y llorar con ella a su lado comiendo helado hasta que se nos cayesen los ojos e implotáramos. 
Pero sobre todo amo a Danny. Creo que no existe mujer heterosexual que pueda debatirme el hecho de que sea, probablemente, EL HOMBRE, y de hecho no lo digo yo sola, que lo dicen muchas en el interné por ejemplo aquí o aquí. Ese ideal al que todas aspiramos conocer y enamorar algún día: alguien que nos quiera por nuestros defectos, que nos comprenda, que mueva el culo por nosotras, que nos ponga por las nubes cuando habla de nosotras con sus amigos y familia, que nos mime, que nos sepa mangonear cuando toca, que nos haga felices. Si es que hasta cocina, coñe. 

Mi amiga Bich fue la que me descubrió esta serie y desde entonces solemos ver cada capítulo nuevo a la vez para poder ir corriendo a comentarlo a twitter, y siempre acabamos suspirando cual adolescentes ante Justin Bieber. Y una cosa os voy a decir: pienso encontrar a mi Danny. O a mi Chris Messina, vale, que es su nombre real. 

No sé cuánto tiempo me llevará, pero mientras tanto creo que no podré seguir viendo la serie porque acabo con unas lloreras que no veas con cada capítulo. Sobre todo con esta última temporada, en la que Danny es más adorable que nunca y hace cosas que me tocan la patata porque pa mí las querría. 

Igual me sale más a cuenta ver The Walking Dead, que representa mucho mejor la fauna masculina que me encuentro día a día por la calle.
O Zoo.

Ay. Omá.


31 octubre 2015

This is Jalogüín 2015: especial cortos de suhto

Gabri, mi estudiante particular, me ha animado a que atualice hoy el blog con los mejores cortos de terror que he visto este año yo, que soy una amante del canguelo y de ver películas con media cara tapada. Y oye, como estamos en Jalogüín y pega, pues vamos allá.

Las culpas a él, ojo.







26 octubre 2015

Yo soy una chica con suerte...


Hoy podría venir a contaros mis penas. 
Podría mostrarme vulnerable y miserable y decir que me han dejado. Que he vivido una mentira. Que he tenido que volver a casa de mis padres (otra vez) y que cada año que pasa las rupturas son más tristes pero menos dolorosas, porque van haciendo callo.

Que os veo con vuestras relaciones perfectas en facebook, vuestras familias, vuestros viajes románticos a París, vuestras bodas, vuestros retoños, y que a veces me pregunto por qué conmigo nunca funciona nada de eso. Bueno, lo de los retoños da igual. :P

Podría dar material vario a los trolls y a los envidiosos que me leen  en la sombra para ponerme verde y burlarse de mí una vez más. 

Pero no vengo para eso. Porque a pesar de que todo lo anterior sea cierto, luego vengo aquí y os leo y se me pasa y se me escurre un sonrisón otra vez. 

Yo soy una tía con suerte. Tiene que ser buena suerte, sí, porque de toda la gente mala que hay por ahí, todos los psicópatas y los resentidos y los Grinch Sabelotodo de internet, yo he ido a toparme con  lo mejor de lo mejor. Llevo ya alrededor de 15 años conectándome a la red de redes y hasta el día de hoy eso me ha causado más alegrías que penas. Vale que alguna vez saliese algún imbécil a darme la tarde, pero os prometo que no fue nada importante y que al final lo que ha calado es el sentimiento de que, de alguna manera mágica y extraña, internet me ha hecho estar menos sola.

No es ningún espejismo, como dirán ahora los entendidos. No me aíslo de mi realidad cuando entro a Twitter a leer lo que escribís. No es tóxico para mí chatear con vosotros por Facebook. No me hacen ningún mal nuestras risas por Skype. Internet suma en mi vida, no resta. 
Que los abrazos virtuales también me calman. Que habrá mucho falso por ahí, pero sé que la mayoría de vuestros mensajes de ánimo son sinceros. Que los combos fav+RT me hacen sonreír. Que os siento conmigo. 

A todos los que estos días se han preocupado por mí en las redes sociales, (amigos, conocidos y desconocidos) muchas gracias. Bich, Lola, Fiebre, Bertis, Fle, Paula, Pe, Sil, Gordi, Janton, Ro, Eva, Yoyo, Omar, Bea, Antonio, Marta, Mara, etc etc y mil etc más -seguro que ya sabéis quienes sois-. Estoy chachins, de verdad. Y estaré mejor todavía cuando encuentre un curro que me permita ahorrar para viajar y poder ir a tomarme un gintonic con todos vosotros. 
Que nos vamos mereciendo una juerga.




Y ahora a bailar una poquita, a ver si me inspiro para empezar un ciclo de posts alegres y pavos como los de antaño.


15 octubre 2015

La loca llorona

Harta, me tenéis. Harta.


Harta de que a las personas sensibles nos llamen histéricas. De que, cuando lloramos, se rían o le quiten importancia porque "siempre estamos igual". Que ignoren nuestras emociones tan sólo porque no las compartan.


Harta de que haya que ser frío y rancio para que te consideren "normal". De que en este mundo de mierda parezca que todo te tenga que resbalar y que ser fuerte sea sinónimo de ser cruel.  

Harta de que por mostrar mis emociones a los demás y alterarme cuando algo me duele se me tache de loca. Harta de que se burlen, me menosprecien, se crean superiores tan sólo por no sentir y pasar de todo. Cierro los ojos y no está ahí. 

Estoy harta porque yo no soy débil, ni estoy loca, ni soy una histérica. Yo soy una mujer fuerte que llora a menudo; que llora mientras lucha, mientras defiende sus ideas, mientras se explica con el corazón en la mano. Lloro cuando me emociono, cuando me frustro, cuando me pongo triste, cuando algo me llena de felicidad. Lloro porque estoy viva y me siento viva cuando lloro. 

Lloro cuando tengo frente a mí a alguien frío cual muro, incapaz de comprenderme o, al menos, darme un abrazo. Un abrazo es lo único que separa a esta loca llorona de una mujer normal. Un maldito abrazo. El problema no es mío, sabes. 

Pero tú sigues burlándote a pesar de saberlo... porque quizá tú también estés un poco zumbado aunque tu locura no sea la de llorar, sino la de evidenciar que eres incapaz de hacerlo.



05 octubre 2015

Donma y Fernando.

Hoy, 5 de octubre, es el Día del Profesor en España. Hace dos años que yo me convertí en docente, y por eso este día ha pasado a ser "especial" para mí.

Yo siempre fui buena alumna. De verdad, eh, no es por echarme flores. En el colegio siempre hacía los deberes, me sentaba en las primeras filas, escuchaba al profesor y participaba en todo lo participable. No era repipi ni empollona, de hecho yo siempre fui de sacar notables, no sobresalientes; lo justo para quedar bien pero seguir teniendo tiempo para jugar a los videojuegos :P

Como os decía, yo era buena alumna. Y aunque a la mayoría de mis compañeros les diese igual lo que el profesor nos venía a contar y llegaran a clase cual lechones al matadero, yo me sentaba expectante ante cada nueva lección, emocionada, como si fuese Hermione y estuviese ante una clase de brujería de Hogwarts. 
Quizá por eso recuerde muy bien a mis maestros, a cada uno de ellos. No sólo lo que nos enseñaban, sino también sus personalidades, sus peculiaridades, su forma de darnos los buenos días. Las muestras de cariño, las mil formas de fruncirnos el ceño cuando nos poníamos farrucos, las bromas, las anécdotas. 
Sobre todo recuerdo con especial cariño a dos de ellos: Don Manuel y Fernando.


Don Manuel fue mi profesor de Lengua y Literatura en Primero de BUP. Era un señor mayor, muy diferente a las "señoritas" y las monjas que nos habían impartido clase hasta entonces. 
Don Manuel olía a puro y a Varón Dandy y a veces llevaba sombrero, como los señores de verdad. Nadie se cuestionó jamás el por qué de llamarle de Don como si fuese algo natural, y él a su vez nos llamaba también de Don y de Doña y se refería a nosotros con un respeto infinito, a pesar de nuestra insolencia adolescente. 
Odiaba los libros de texto y utilizaba el del colegio lo menos posible, lo justo como para que las monjas no le dijeran nada. En su lugar prefería hacernos escribir y pensar, imaginar, inventar mil historias y crear nuestros propios textos sobre los que hacer comentarios. Con Don Manuel, mi Donma, tuvimos que ir a charlar con un árbol en otoño y después transcribir toda la conversación, sentarnos a la orilla del mar y tratar de describir las sensaciones que nos producían las olas y la brisa marina, imaginar una vida utópica en las montañas y escribir poemas modernos no-cursis a los brotes primaverales. No sé si en mis compañeros produjo la misma impresión que en mí, pero os puedo asegurar que Donma me caló hondo y me hizo pillarle el gustillo a esto de leer y escribir. Era poco ortodoxo y me sorprendía, conseguía motivarme y me forzaba de manera natural a querer superarme día a día. Cada falta ortográfica que conseguía superar era una fiesta para él, y gracias a su peculiar entusiasmo hacia la Lengua Española aprendí a reconocer la belleza de la sinalefa, de la sinestesia o del punto y coma. 
Cuando murió Don Manuel, una parte de mí murió con él. Creo que nadie me sonreirá de la misma forma con la que él me sonreía cuando le leía un texto nuevo cada lunes, como si fuese mi único cómplice en este mundo que no entiende del todo al poeta.  Fue mi maestro y no sólo de Lengua, y me hubiese gustado mucho haber tenido la oportunidad de decírselo cuando crecí. 



Fernando también fue mi profesor de Literatura un par de años después. Sin duda ha sido el profesor más tarado que he tenido: treinta y pocos años, canijo, informal, nervioso y con menos solemnidad que un pulpo. Entró en clase el primer día gritando algo así como "QUE NADIE SE META CON DON BENITO PEREZ GALDÓS", y se fue entre llantos y abrazos a final de curso. Nadie sabe cómo se sacó la plaza de profesor en un colegio religioso y estricto como el mío, (de hecho creo que no duró muchos más años allí) pero sea como sea yo fui muy afortunada de tenerle en mis clases porque convertía cada lección en una aventura. 
Fernando fue algo así como el profe-colega, pero de los buenos. Colega, no coleguilla. Le respetábamos porque sospechábamos que estaba zumbado de verdad y vete a saber por dónde nos salía si conseguíamos enfadarle en serio... 
Era creativo y divertido: siempre encontraba la forma de hacer atractivo cualquier libro, cualquier biografía, cualquier texto. Nos hablaba de la vida de Cervantes como si fuese su primo el del pueblo, y de su adorado Don Benito nos hizo aprendernos obra y milagros porque decía que nunca seríamos personas de bien sin conocerle a fondo. 
Fernando era un loco sabio porque sabía meternos en el bolsillo. Y a todos, eh, no sólo a los buenos estudiantes. Con tres bromas y cuatro cartones va y se monta un tablero de Trivial, se saca del sobaco unas tarjetas con preguntas sobre el Quijote y nos pone a todos a leernos las aventuras y desventuras del ilustre hidalgo como imbéciles ilusionados por el juego. Nos guiña un ojo, saca una chistera de una bolsa y, haciendo aspavientos y creando drama, nos anuncia que los viernes serían a partir de ahora los viernes de la Caja de Pandora, que no era más que una vil manera de preguntar la lección metiendo papelitos con nuestro nombre en la chistera y sacándolos uno a uno.

Él no nos llevaba a dar la clase fuera, nos llevaba al Parnaso. Y no nos preguntaba la lección poniéndonos en fila en la pizarra: nos condenaba al Paredón de Fusilamiento.



Ahora soy yo la profesora y a veces me sorprendo de manera inconsciente imitando a mis dos maestros favoritos. Animo a mis estudiantes a escribir sobre emociones y sentimientos, me pongo en rollo drama-queen para hablar del subjuntivo como si fuese nuestro mejor amigo y llevo a mis estudiantes al Parnaso a leer cuando hace sol. Me gustaría ser capaz de inculcar la misma ilusión por la Lengua a mis estudiantes, y aunque me veo mucho más torpe e ignorante me gusta pensar que algún día alguno de ellos me recordará con el mismo cariño -aunque sea con la mitad- con el que yo recuerdo a Donma o a Fernando.

Nunca os olvidéis de vuestros profes; sois un pedacito de ellos, también.