Ups!
12 febrero 2009
09 febrero 2009
Estupideces que hago de vez en cuando
Mirar a los ojos de quien va detrás de mí cuando voy caminando por la calle, creyendo que si es un ladrón o un asesino se sentirá coartado por mi mirada y huirá.
Lanzarme a comerme una patata frita justo cuando me ponen el paquetito en la bandeja en el McDonalds, sabiendo que todavía queman y que, además, faltan dos minutos para mi McPollo.
Pagar con un billete teniendo monedas de sobra.
Volver a leer algunos blogs que juré que nunca volvería.
Morderme las uñas en el cine como cuando tenía 15 años.
Pedirle perdón al perchero cuando me choco sin querer.
Mirarme treinta veces en el espejo del ascensor, para ver si me puse bien el pintalabios.
Saludar a alguien dos veces en una misma tarde.
Saludar a alguien dos veces en una misma hora, si es lunes.
Dibujar hermosos paisajes costeros en las servilletas de los bares, deseando estar allí.
Hablarle a mi reflejo en el espejo del baño cuando me siento sola. Y a mis peluches, y a mis plantas.
Ponerle nombre a todo, incluso a mi bolígrafo del trabajo.
Meterme siempre en el probador del fondo en las tiendas, como si allí mi intimidad fuese mayor.
Lanzarle besos a las fotos de mi perro.
Echar de menos una esquina de la cocina de la casa de mis padres donde siempre me sentaba de pequeña mientras mamá preparaba la comida.
Tocar las cosas aunque sepa pinchen/quemen/duelan. También aplicable a las personas.
Hacer fotos absurdas por si algún día me vienen bien para ilustrar cualquier posible post tonto de mi blog.
Pensar que hay gente que verdaderamente valora el interior, y no el envoltorio.
Creer que mi blog algún día será famoso sin poner ni un solo video mío enseñando cacha, leyendo poemas o cantando.
Lanzarme a comerme una patata frita justo cuando me ponen el paquetito en la bandeja en el McDonalds, sabiendo que todavía queman y que, además, faltan dos minutos para mi McPollo.
Pagar con un billete teniendo monedas de sobra.
Volver a leer algunos blogs que juré que nunca volvería.
Morderme las uñas en el cine como cuando tenía 15 años.
Pedirle perdón al perchero cuando me choco sin querer.
Mirarme treinta veces en el espejo del ascensor, para ver si me puse bien el pintalabios.
Saludar a alguien dos veces en una misma tarde.
Saludar a alguien dos veces en una misma hora, si es lunes.
Dibujar hermosos paisajes costeros en las servilletas de los bares, deseando estar allí.
Hablarle a mi reflejo en el espejo del baño cuando me siento sola. Y a mis peluches, y a mis plantas.
Ponerle nombre a todo, incluso a mi bolígrafo del trabajo.
Meterme siempre en el probador del fondo en las tiendas, como si allí mi intimidad fuese mayor.
Lanzarle besos a las fotos de mi perro.
Echar de menos una esquina de la cocina de la casa de mis padres donde siempre me sentaba de pequeña mientras mamá preparaba la comida.
Tocar las cosas aunque sepa pinchen/quemen/duelan. También aplicable a las personas.
Hacer fotos absurdas por si algún día me vienen bien para ilustrar cualquier posible post tonto de mi blog.
Pensar que hay gente que verdaderamente valora el interior, y no el envoltorio.
Creer que mi blog algún día será famoso sin poner ni un solo video mío enseñando cacha, leyendo poemas o cantando.
08 febrero 2009
De visitas fugaces y esperadas
Este finde mis colegas de Málaga han venido a verme.
Sobra decir que me lo he pasado como una enana en una feria...
Sobra decir que me lo he pasado como una enana en una feria...
Gracias, chicos.
06 febrero 2009
Cuando la noche languidece...
Cuando me mudé a Barcelona empecé a compartir piso muy cerca de la Sagrada Familia.
Cada noche, volviendo a casa del curro, tenía que recorrer el intercambio de líneas entre el metro lila y el azul, y justo en medio del pasillo por el que suben las escaleras mecánicas siempre había un negro tocando la trompeta.
Tocaba la misma melodía una y otra vez, aunque las primeras noches que me cruzaba con sus ojos enormes y sus zapatos de baile me costaba reconocer de qué canción se trataba. Supongo que ni él mismo conocía la música que interpretaba, puesto que las notas desfilaban todas juntas sin ritmos ni tiempos entre ellas. A veces alargaba una nota, a veces casi se las comía, por lo que deduje que se había aprendido la partitura de memoria sin tener ni idea de solfeo.
Una noche en la que llegaba yo más cansada de lo normal, me detuve un minuto a leer un cartel del andén que me llamó la atención. Y allí estaba el negro de la trompeta, inundando la estación con su incansable melodía habitual y sus brillantes ojos sonriendo bajo el ala del sombrero.
Me caía bien, ya que a pesar de no ser un músico brillante (o precisamente por eso, quién sabe) me parecía entrañable por alguna extraña razón. Me gustaba su forma de vestir, siempre con gabardina y sombrero, siempre galán. Sus zapatos impecables, brillantes, y sobre la funda de su trompeta descansaba cada ocaso un pañuelo de seda rojo con algunas letras bordadas a mano que nunca llegué a distinguir.
Pues bien, aquella noche en la que yo dedidí pararme unos minutos y descansar junto al cartel, observándole, un chico cargado con una mochila se detuvo también a su lado y sonrió. Era como si él sí que hubiese reconocido la canción que tocaba el trompetista, y parecía feliz de escucharla.
Dejó entonces la mochila en el suelo, junto al pañuelo de seda rojo, la abrió y sacó la funda de un clarinete.
El negro dejó de tocar (todos se giraron para mirar qué sudecía, ya que no estaban acostumbrados al silencio en aquella estación) y empezó a intercambiar palabras con el muchacho del clarinete mientras el chico le señalaba la partitura y le daba explicaciones con las manos.
Al cabo de dos minutos, con los ojos muy abiertos y sonrisa tímida, mi amigo el trompetista se sentó en un escalón mientras el chaval del clarinete se acercaba al micrófono de pie y empezaba a tocar. Pasaba del resto del mundo, pero de vez en cuando miraba de reojo al negro para cerciorarse de que estaba atento, de que comprendía.
Y vaya si estaba atento... Creo que no he visto una mirada tan enorme como aquella.
Se despidieron cinco minutos después, con un apretón de manos y un movimiento de sombrero. El chico, que no debía tener más de veinte años, siguió su camino escaleras arriba y el trompetista volvió a situarse en mitad del pasillo. Me miró, consciente de que había sido testigo de aquel mágico momento, y me guiñó un ojo justo antes de seguir tocando... aunque ahora su canción sonaba algo diferente.
Y así fue como por fin descubrí cuál era la canción que había estado escuchando noche tras noche a la vuelta del trabajo: Moliendo Café.
A veces el arte aparece en los lugares más insospechados...
Cada noche, volviendo a casa del curro, tenía que recorrer el intercambio de líneas entre el metro lila y el azul, y justo en medio del pasillo por el que suben las escaleras mecánicas siempre había un negro tocando la trompeta.
Tocaba la misma melodía una y otra vez, aunque las primeras noches que me cruzaba con sus ojos enormes y sus zapatos de baile me costaba reconocer de qué canción se trataba. Supongo que ni él mismo conocía la música que interpretaba, puesto que las notas desfilaban todas juntas sin ritmos ni tiempos entre ellas. A veces alargaba una nota, a veces casi se las comía, por lo que deduje que se había aprendido la partitura de memoria sin tener ni idea de solfeo.
Una noche en la que llegaba yo más cansada de lo normal, me detuve un minuto a leer un cartel del andén que me llamó la atención. Y allí estaba el negro de la trompeta, inundando la estación con su incansable melodía habitual y sus brillantes ojos sonriendo bajo el ala del sombrero.
Me caía bien, ya que a pesar de no ser un músico brillante (o precisamente por eso, quién sabe) me parecía entrañable por alguna extraña razón. Me gustaba su forma de vestir, siempre con gabardina y sombrero, siempre galán. Sus zapatos impecables, brillantes, y sobre la funda de su trompeta descansaba cada ocaso un pañuelo de seda rojo con algunas letras bordadas a mano que nunca llegué a distinguir.
Pues bien, aquella noche en la que yo dedidí pararme unos minutos y descansar junto al cartel, observándole, un chico cargado con una mochila se detuvo también a su lado y sonrió. Era como si él sí que hubiese reconocido la canción que tocaba el trompetista, y parecía feliz de escucharla.
Dejó entonces la mochila en el suelo, junto al pañuelo de seda rojo, la abrió y sacó la funda de un clarinete.
El negro dejó de tocar (todos se giraron para mirar qué sudecía, ya que no estaban acostumbrados al silencio en aquella estación) y empezó a intercambiar palabras con el muchacho del clarinete mientras el chico le señalaba la partitura y le daba explicaciones con las manos.
Al cabo de dos minutos, con los ojos muy abiertos y sonrisa tímida, mi amigo el trompetista se sentó en un escalón mientras el chaval del clarinete se acercaba al micrófono de pie y empezaba a tocar. Pasaba del resto del mundo, pero de vez en cuando miraba de reojo al negro para cerciorarse de que estaba atento, de que comprendía.
Y vaya si estaba atento... Creo que no he visto una mirada tan enorme como aquella.
Se despidieron cinco minutos después, con un apretón de manos y un movimiento de sombrero. El chico, que no debía tener más de veinte años, siguió su camino escaleras arriba y el trompetista volvió a situarse en mitad del pasillo. Me miró, consciente de que había sido testigo de aquel mágico momento, y me guiñó un ojo justo antes de seguir tocando... aunque ahora su canción sonaba algo diferente.
Y así fue como por fin descubrí cuál era la canción que había estado escuchando noche tras noche a la vuelta del trabajo: Moliendo Café.
A veces el arte aparece en los lugares más insospechados...
04 febrero 2009
Ciudad de nómadas
Alguien me dijo una vez que ojalá todo me fuese bien aquí, en Barcelona, porque la ciudad podía ser muy perra. Que ojalá no tuviese que encontrarme con su cara más oscura...
Y bueno, ya llevo más de un año aquí. He pasado épocas buenas y épocas malas, y por supuesto me he chocado de bruces con lo peor de esta gran Metrópoli.
Pero Barcelona no es perra. Barcelona es exigente.
A veces creo que se parece un poco al colegio en el que me crié durante mi infancia: estricta. Las cosas hay que currárselas, hay que moverse, hay que luchar. Hay que dejar de quejarse por todo y salir a la calle a buscarse la vida. Aquí no hay regalos, ni mentiras, ni nadie que te inunde el oído de palabras dulces y tiernas.
Barcelona me ha enseñado a ser más fuerte. Es curioso cómo las personas que han nacido y crecido aquí no son conscientes de lo diferente que es la vida en ciudades más pequeñas. Si lo comparo con Málaga, por ejemplo, es fácil descubrir que lo difícil aquí no es encontrar trabajo, por ejemplo. Aquí hay trabajo a puñados; mil oportunidades diferentes. Lo difícil es mantenerse, prosperar, subsistir. Aquí más que en ningún sitio se aplica la ley del pez más grande y fuerte.
En Málaga, cuando encuentras algo... es fácil que sea para siempre, si tú quieres.
Barcelona es una ciudad de nómadas. Durante los catorce meses que la conozco, he visto acoger en su seno a miles de personas de paso. Gente que cree que viene para quedarse, pero que se va. Gente que asoma la cabeza, entra con timidez, disfruta y se divierte y que cuando ya las cosas se ponen complicadas, busca otro sitio.
Yo quiero quedarme. Más que nada porque creo que, por fin, lo he comprendido todo. Quizá porque después de trece años en el colegio de monjas he aprendido la lección: los mayores esfuerzos conllevan las mejores satisfacciones. Y al igual que yo aprobé selectividad sin problema alguno después de haber estudiado tanto en mi adolescencia, Barcelona ahora comienza a aparecer más bonita ante mis ojos.
He aprendido que cuando consigues valorar lo que tienes, dejar de lamentarte por todo, administrar tu escaso sueldo y apañártelas para sonreirle a la vida, esta ciudad puede ser increíble.
Porque Barcelona no es sólo la Sagrada Familia y la torre Agbar. Ni el Tibidabo, ni Monjuic, ni Gaudí, ni las Ramblas.
Barcelona es el hogar de gente internacional, culta, alegre y optimista. Gente que vino una vez buscando su sitio, y que lo encuentra aquí porque ella es la mejor de las anfitrionas.
Barcelona me dio mil oportunidades cuando yo estaba perdida, y aún hoy sigue recordándome que aquí el esfuerzo se valora con creces.
Barcelona es la ciudad del mar, de los atardeceres hermosos, de los rincones mágicos y de los jardines encantados.
Y además ahora, por fin... Barcelona también soy yo.
Y bueno, ya llevo más de un año aquí. He pasado épocas buenas y épocas malas, y por supuesto me he chocado de bruces con lo peor de esta gran Metrópoli.
Pero Barcelona no es perra. Barcelona es exigente.
A veces creo que se parece un poco al colegio en el que me crié durante mi infancia: estricta. Las cosas hay que currárselas, hay que moverse, hay que luchar. Hay que dejar de quejarse por todo y salir a la calle a buscarse la vida. Aquí no hay regalos, ni mentiras, ni nadie que te inunde el oído de palabras dulces y tiernas.
Barcelona me ha enseñado a ser más fuerte. Es curioso cómo las personas que han nacido y crecido aquí no son conscientes de lo diferente que es la vida en ciudades más pequeñas. Si lo comparo con Málaga, por ejemplo, es fácil descubrir que lo difícil aquí no es encontrar trabajo, por ejemplo. Aquí hay trabajo a puñados; mil oportunidades diferentes. Lo difícil es mantenerse, prosperar, subsistir. Aquí más que en ningún sitio se aplica la ley del pez más grande y fuerte.
En Málaga, cuando encuentras algo... es fácil que sea para siempre, si tú quieres.
Barcelona es una ciudad de nómadas. Durante los catorce meses que la conozco, he visto acoger en su seno a miles de personas de paso. Gente que cree que viene para quedarse, pero que se va. Gente que asoma la cabeza, entra con timidez, disfruta y se divierte y que cuando ya las cosas se ponen complicadas, busca otro sitio.
Yo quiero quedarme. Más que nada porque creo que, por fin, lo he comprendido todo. Quizá porque después de trece años en el colegio de monjas he aprendido la lección: los mayores esfuerzos conllevan las mejores satisfacciones. Y al igual que yo aprobé selectividad sin problema alguno después de haber estudiado tanto en mi adolescencia, Barcelona ahora comienza a aparecer más bonita ante mis ojos.
He aprendido que cuando consigues valorar lo que tienes, dejar de lamentarte por todo, administrar tu escaso sueldo y apañártelas para sonreirle a la vida, esta ciudad puede ser increíble.
Porque Barcelona no es sólo la Sagrada Familia y la torre Agbar. Ni el Tibidabo, ni Monjuic, ni Gaudí, ni las Ramblas.
Barcelona es el hogar de gente internacional, culta, alegre y optimista. Gente que vino una vez buscando su sitio, y que lo encuentra aquí porque ella es la mejor de las anfitrionas.
Barcelona me dio mil oportunidades cuando yo estaba perdida, y aún hoy sigue recordándome que aquí el esfuerzo se valora con creces.
Barcelona es la ciudad del mar, de los atardeceres hermosos, de los rincones mágicos y de los jardines encantados.
Y además ahora, por fin... Barcelona también soy yo.
02 febrero 2009
Ellos nunca lo harían
Queridos lectores de mi blós. Hoy os necesito más que nunca, y es que vengo a compartir con vosotros una de mis preocupaciones: no paro de escuchar que el bulldog francés es un perro feo.
Y eso me duele en el alma, me hace cerrar los puños con rabia porque creo que es mi perro ideal y que algún día tendré uno... Será por esas orejotas gigantes con las que me identifico, o esos morrillos chatos y tiennos que me derriten.
Por eso creo desde ahora la plataforma
EL BULLDOG FRANCÉS NO ES UN GREMLIN.
Si estás interesado en colaborar y quieres unirte a la causa, nos vemos en los comentarios.
Porque ellos lo necesitan.
Porque son perros como tú y como yo.
Porque sus orejotas están cansadas de escuchar insultos y mofas.
Porque ellos también nos ven feos a nosotros, pero nos quieren.
Por mí.
Por ti, que tienes más arrugas y pelo en el culo que él.
Ea.

Y eso me duele en el alma, me hace cerrar los puños con rabia porque creo que es mi perro ideal y que algún día tendré uno... Será por esas orejotas gigantes con las que me identifico, o esos morrillos chatos y tiennos que me derriten.
Por eso creo desde ahora la plataforma
EL BULLDOG FRANCÉS NO ES UN GREMLIN.
Si estás interesado en colaborar y quieres unirte a la causa, nos vemos en los comentarios.
Porque ellos lo necesitan.
Porque son perros como tú y como yo.
Porque sus orejotas están cansadas de escuchar insultos y mofas.
Porque ellos también nos ven feos a nosotros, pero nos quieren.
Por mí.
Por ti, que tienes más arrugas y pelo en el culo que él.
Ea.

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