14 octubre 2007

El cuadro de su vida

Lucía se compró su primer caballete con dieciseis años, juntando todos los ahorros de su vida. Adoraba pintar, retratar sentimientos y olores, fundir su mirada en cada trazo que impregnaba de color el lienzo y olvidarse del resto del mundo mientras susurraba con pincel. Dibujando era capaz de decir cosas que no sabía expresar con palabras, y a veces

+esa era su única vía de escape cuando los gritos de su padre le martilleaban en el pecho y su madre lloraba tendida en el suelo con una botella en la mano.
Sus padres murieron en un accidente de coche provocado por el alcohol tres años después, y la chica malvivió en un piso compartido con estudiantes trabajando en una cafetería, de noche.

Con veinte años inundó su primer piso de deudas, sonrisas y lienzos a medio terminar. Marcos, su novio, le hizo espacio suficiente entre la mesa del comedor y la terraza para que tuviese su pequeño "estudio", su lugar especial donde sentirse cómoda y tranquila. Juntos trataron de emprender el vuelo con ilusión y ganas, pero con la primera bofetada que Marcos impregnó en la mejilla de la muchacha la magia se acabó y el lugar especial se volvió a quedar vacío.

Tras un par de años cargados de cuadros oscuros y opacos, Lucía encontró en el periódico local una extraña oferta de trabajo: "Se necesita retratista, alta remuneración y alojamiento y manutención incluídos hasta finalización del servicio".
Leyó un par de veces la oferta en voz alta y se dijo: ¿por qué no?. A fin de cuentas, no tenía nada que perder aparte de un trabajo basura y lágrimas a media noche...

Concertó una cita telefónica con una mujer mayor y concisa que se presentó como Sandra y que le invitó a su mansión de la playa esa misma tarde. No había querido darle más datos acerca del empleo por teléfono, así que Lucía condujo en silencio, nerviosa e intrigada, por la serpenteante carretera comarcal que lamía la costa del sur de Brisa.

Llegó puntual y no pudo contener una exclamación de asombro al aparcar frente a la mansión. Era verdaderamente grande, majestuosa, y consistía en un edificio de piedra rojiza situado sobre un acantilado y un pequeño cobertizo entre pinos a su derecha. El mar golpeaba con fuerza las rocas al otro lado de la casa, y un camino de guijarros bajaba escalonado desde el jardín hasta una pequeña playa privada rodeada de riscos.

Llamó al timbre y aguardó sintiendo el temblor de sus rodillas. Venga, Luci -pensó, -que no eres una cría...
Una señora de más o menos setenta años abrió la puerta lentamente. Tenía el cabello de un extraño color rojizo que desentonaba con su edad, y una mirada profunda y serena que se clavó inmediatamente en los ojos de la muchacha.
-Buenas tardes, - dijo ella- soy Lucía, espero no llegar demasiado pronto...
La mujer sonrió y calmó un poco la tensión en el ambiente al exclamar:
-Nunca es demasiado pronto, linda. Pasa, por favor.
Se adentraron en la mansión y Lucía perdió su mirada por entre los salones exquisitamente decorados, las alfombras de colores suaves y apariencia delicada que acariciaban el mármol del suelo y las retorcidas lámparas de araña que iluminaban los oscuros rincones del pasillo.
Se sentaron en un sofá semicircular frente a la chimenea de uno de los salones (por lo menos debía haber cinco o seis, pensó la muchacha) del piso inferior. Lucía se contuvo en silencio mientras la mujer le servía una taza de café y comenzaba su historia.

-Verás... Vivo en esta casa desde que nací. Aquí yacen todos mis recuerdos, mis ilusiones, mis victorias y mis derrotas. En esta mansión viví con mi marido y en esta misma casa le vi fallecer, hace ya cuarenta años. Mi hijo nació y creció aquí, y mis nietos dieron sus primeros pasos junto a este mismo sillón...

Hizo una pausa para darle un sorbo al café humeante, y prosiguió.
-Estoy muy enferma. De hecho me quedan aproximadamente ocho meses de vida, aunque el médico estúpido que me obliga a ingresar en el hospital el mes que viene diga que con el tratamiento adecuado podría vivir más tiempo. No creo en los milagros, sabes... Algo me dice que mi tiempo aquí se acaba, y no tengo miedo ni estoy triste. A lo único que temo es a olvidar...

Lucía no pudo contenerse más y preguntó:
-¿Olvidar qué? ¿A su familia?

-A mi hogar, Lucía. Mi mansión, mi vida. Poco a poco iré perdiendo la memoria y la razón, y acabaré siendo un vegetal ligado a una botella de suero en una habitación blanca. No quiero, ¡me niego!. Quiero conseguir algo que me permita recordar día a día lo que fui, lo que soy. Algo que pueda colgar frente a mi cama del hospital y me ayude a revivir cada momento de mi vida cuando empiece a chochear.

La chica empezó a comprender, aunque había algo que no le cuadraba del todo.
-Se refiere usted a un cuadro, ¿verdad? Quiere usted que yo la retrate aquí, en su hogar, y llevárselo al hospital.

La mujer asintió, visiblemente emocionada.

-Pero si lo que desea es poder contemplar su mansión, ¿por qué no contrata un fotógrafo para que haga una composición bonita? Si lo piensa bien, una fotografía será mucho más fiel a la realidad que un cuadro...

-No, linda, te equivocas. Mira a tu alrededor y dime qué ves.

Pasó su mirada de un lado a otro de la habitación y descubrió algo que antes se le había pasado a su curiosidad: las cuatro paredes del salón estaban repletas de cuadros. Había retratos, paisajes enormes y coloridos, bodegones. Al fijar más la vista sobre la pared junto a la mesa de comedor descubrió un cuadro de la mansión hecho con acuarelas. Se distinguía perfectamente cada detalle de la casa, pero además la forma en la que los trazos constituían el cuadro parecía intencionadamente retorcida y gris, como si la tristeza golpease con furia las rocas del acantilado del dibujo y el sendero se deslizase llorando hasta la playa.

-Veo tristeza...

Sandra asintió, sabia, y prosiguió:

-Yo misma pinté todos esos cuadros a lo largo de mi vida. Adoro pintar, es mi segunda gran pasión después de esta casa. Y si me gusta tanto es porque cada pintor plasma en sus obras cada pedacito de su alma, sea lo que sea lo que está pintando. Nunca jamás dos personas podrán hacer el mismo cuadro a pesar de estar dibujando lo mismo, ¿entiendes?

Lo entendía muy bien; ella misma opinaba exactamente igual que Sandra. Esa era una de las razones por las que sus propios cuadros solían ser opacos y oscuros...
Sandra sonrió al contemplar la expresión seria y pensativa de la muchacha, y dijo:

-Hablemos de trabajo. Yo ya no tengo la vista de antaño, y dentro de poco quizá no sea capaz ni siquiera de sostener un pincel. Pero tú tienes todo el tiempo del mundo... Yo te daré un mes. Un mes para dibujarme a mí frente a mi casa, el tiempo justo para poder llevarme el cuadro al hospital. Sé que vives lejos y además creo que necesitas conocer este lugar para poder captar toda su esencia... así que podrás quedarte aquí a vivir durante todo ese tiempo. Te pagaré mejor de lo que te han pagado en la vida en el mismo momento en que mi cuadro se cuelgue frente a mí...

-Pero señora, ¿y si no le gusta el resultado? Aún no ha visto ninguna de mis obras, ¡no puede usted confiar en mí ciegamente!

De nuevo expresión burlona en el rostro de la anciana... Entre susurros, sentenció:

-Me gustará.

Y sin decir nada más, se levantó del sillón y comenzó a caminar hacia el pasillo, dando por terminada la conversación.
De pronto un gato color humo saltó sobre el sofá justo donde la anciana había estado sentada segundos antes, con la cola muy alta y los ojos entrecerrados. Lucía instintivamente alargó una mano para acariciarlo, y recibió un zarpazo y un bufido como respuesta.
Observándolo con recelo, Lucía se levantó y se perdió por el pasillo en busca de Sandra.


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Los días pasaban veloces. Lucía ya se movía por la mansión como si de su propia casa se tratase. Sabía la historia de cada cuadro, de cada mueble, y Sandra y su tormentosa vida le fascinaban cada vez más.
No pasaba casi ni un minuto en su dormitorio, puesto que tenía tanto por descubrir y conocer que no quería perder ni un momento. Cuando no estaba pintando frente a la casa, estaba en el jardín observando las olas romper contra el acantilado mientras Sandra le contaba algún pasaje de su juventud. Grey, su gato, solía enroscarse entre las piernas de la anciana y dormía plácidamente mientras las dos mujeres conversaban, pero nunca permitía que la muchacha se le acercase más de la cuenta.

-Es muy prudente, -solía comentar Sandra- no entrega su confianza fácilmente.

La anciana de cabellos color fuego le había facilitado a la chica todo tipo de material de pintura: pinceles, lienzos, caballetes y perspectivas, así como infinidad de consejos acerca de los mejores momentos solares para pintar el porche o el mejor encuadre para el acantilado. Era una mujer coqueta, y cuando Lucía empezó a retratarla a ella sentada en el jardín, la anciana no paraba de preguntar si su pelo estaba bien colocado o si en esa postura su nariz no se veía demasiado grande.
Más tarde, cuando al anochecer daba retoques a las tejas del cuadro o echaba más espuma a las olas del dibujo, la anciana se sentaba tras ella para no ser vista y observaba a la muchacha en silencio, sonriendo.

Cada mañana Lucía se despertaba por culpa de los maullidos tempranos de Grey, abría la puerta de su dormitorio y se encontraba con el desayuno (tostadas, zumo de naranja y café) sobre una mesita de mimbre. No le gustaba que Sandra gastase energías cocinando, por lo que siempre era ella misma la que se ofrecía para hacer la comida o la cena así como las compras en el pueblo más cercano. -Pero del desayuno me encargo yo- respondía siempre la anciana- no quiero sentirme un trasto inútil mientras siga teniendo uso de razón.
Lucía había empezado a quererla, quizá porque era lo más parecido a un "mentor" que había tenido nunca, alguien que le trataba con cariño y no con el egoísmo y el desprecio al que, por desgracia, estaba acostumbrada. Por eso con los primeros achaques de la anciana ella sentía que algo se rompía en su interior...

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La tarde en la que el doctor vino a buscar a Sandra la chica aún estaba terminando su cuadro. No me dará tiempo, pensaba ella, preocupada.
Sandra se acercó al porche donde Lucía daba brochazos veloces y nerviosos, y se sentó en un enorme butacón de bambú.

-No te preocupes, Luci. Puedes traérmelo cuando acabes, no hay prisa...todavía. Además necesito que cuides de Grey hasta que encuentre con quien dejarlo, así que puedes quedarte aquí el tiempo que necesites para terminar el cuadro.

Se abrazaron dulcemente, y la muchacha sintió cómo por primera vez en su vida alguien humedecía sus ojos gracias al cariño, y no por culpa de la tristeza. Acarició el flequillo rojo de la anciana mirándola a los ojos y dijo:

-Gracias, Sandra. Gracias por todo lo que haces por mí... este ha sido el mejor mes de toda mi vida.


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Tres enfermeras, el doctor y dos pacientes más aguardaban (además de Sandra, tendida en su cama) a que Lucía colgase el cuadro en aquella diminuta habitación de hospital. Todos murmuraban y chuchicheaban, presas de la curiosidad, y la muchacha no cabía en sí de inseguridad y nerviosismo cuando quitó la tela que cubría su lienzo.
Lo primero que llamaba la atención era la figura de Sandra. Así lo quiso Lucía; que la anciana fuese total protagonista del cuadro de su vida. Serena, sabia, tranquila, (con un aura cálida que competía en brillo con el color de su cabello) su figura sobresalía en el jardín frente a la mansión. A sus pies, Grey, dormitando plácidamente, y tras ellos una casa enorme tan delicadamente dibujada que parecía casi real. Cada recodo de sus paredes, cada brillo de sus gigantescos ventanales, cada pétalo de las flores que decoraban la terraza parecían captados más por una cámara de fotos que por la creatividad de los ojos de una muchacha pecosa.

Con miedo, Lucía se giró para descubrir una expresión visiblemente emocionada y satisfecha en los ojos de Sandra. La anciana no miraba ya al cuadro, sino que la observaba a ella misma con una media sonrisa cómplice que parecía decirle -¿ves? te dije que me gustaría...

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Mientras ella se limpiaba las lágrimas del rostro, el abogado continuó hablando.

-Sandra me dijo hace tres semanas que no le hablase de la herencia hasta el día después de su muerte... Pues bien, es usted la única heredera de todas sus posesiones materiales, señorita. La mansión es íntegramente suya, así como todos sus ahorros repartidos en varias cuentas bancarias, que si me permite hacer un comentario personal creo que le permitirán vivir sin agobios el resto de su vida...

Le costaba reaccionar, pero al fin comprendió. De éso se trataba la "alta remuneración" de la que hablaba la oferta de empleo del periódico que su querida Sandra había escrito casi para ella misma.
Se sintió plena, agradecida y orgullosa por haber conseguido ser digna de la confianza de tan increíble mujer, y guardó las llaves de la mansión en su bolso con una lágrima deslizándose por su mejilla sonrojada.

-Por cierto- comentó el abogado justo cuando la chica abría la puerta del despacho para marcharse- en la habitación del hospital había un cuadro que también le pertenece. Nadie quería tocarlo ya que no sabíamos qué hacer con él.... aunque aquí tengo una apéndice del testamento escrito por la misma Sandra que dice que "ese cuadro debe ser colgado sobre la chimenea del salón principal". Supongo que usted sabrá a qué salón se refiere y que hará lo pertinente...


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Estaba vaciando la última de las cajas con sus -pocas- pertenencias, terminando la mudanza, cuando sonó el timbre de la puerta. Se levantó de un salto y corrió por el pasillo iluminado por enormes lámparas de araña y abrió la puerta de un golpe.

-Buenos días, le traigo el último paquete. Tenga cuidado, es frágil.

Firmó el albarán y entró corriendo de nuevo hasta el salón con el paquete alargado en los brazos. Sabía perfectamente qué se escondía tras la envoltura cuidadosamente dispuesta, y por eso su sonrisa se volvió asombro y estupor cuando, al abrir el paquete, frente a la casa delicadamente pintada y el atardecer que constituían el mejor cuadro que había pintado nunca aparecía ella misma (y no Sandra) sentada sobre la hierba del jardín.

Un maullido atrajo su atención en el mismo momento en que casi deja caer el cuadro al suelo... Grey ronroneaba, enroscándose entre sus piernas.

2 comentarios:

  1. por que es tan dificil encontrar a alguien que te haga sentir de esa manera?

    tanta tristeza, tantos sueños rotos... tanta frustraciones...

    y todo vuelve a empezar

    Precioso

    :*********

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