02 marzo 2007

El mendigo de los versos

Esta mañana, al ir a sacar dinero al cajero de mi barrio, me ha ocurrido algo muy extraño y, a la vez, especial. Os lo cuento porque la experiencia todavía da vueltas y vueltas en mi cabeza, y seguramente no salga de élla en mucho tiempo.

El cajero automático que yo frecuento está en una calle bastante transitada y repleta de tiendas. Normalmente me gusta ir muy temprano en la mañana o bien entrada la tarde para no tener que esperar colas o estar vigilando por encima del hombro por si demasiada gente revolotea a mi alrededor mientras saco dinero.
Pero hoy he retrasado mi visita, ya que antes he ido a echar un vistazo a las novedades de la librería.
Media hora después me acerqué al cajero hojeando mi libro nuevo sin prestar demasiada atención a lo que tenía alrededor... y quizá por eso pasé frente a él sin mirarle. Sin reparar en sus pies descalzos, ni en su cuaderno de notas.

Esperé mi turno y saqué dinero, (poco, que una no está para derroches) y me dispuse a regresar por donde había venido cuando oí su voz. Suave, distante y muy dulce. Ausente. Le miré bajando la vista.

Estaba sentado frente a mí, en el escalón del portal. No aparentaba más de treinta años, a pesar de esa barba rebelde y la suciedad que intentaba borrar en vano la frescura de su rostro. Su mente se veía ocupada leyendo en voz alta lo que, a mi parecer, se asemejaba a un poema. Yo hubiese jurado que era un mendigo más si no fuese porque él no mostraba ningún cartel en el que pidiese limosna, ni extendía la mano suplicando ayuda.

Entonces se dio cuenta de que yo le observaba. Alzó su vista azul y profunda y me miró a los ojos, como leyéndome el alma, y me sonrió un momento. Fue sólo un segundo, pero me sentí cómoda con esa sonrisa. Como si me estuviese invitando a algo, o se alegrase de que yo estuviese ahí. Y me habló:

-Buenos días...¿te gusta la poesía?

Yo me quedé callada un instante, no sabía qué responder. Lo único que pude hacer fue afirmar con la cabeza, y devolverle la sonrisa. Así que él se puso a leer su poema en voz alta, clara y serena. Mirándome entre verso y verso.
Era un poema precioso. Hablaba de flores, de prados, de atardeceres. De estrellas y de soles, de días y de noches. De cómo una vida jamás es suficiente para llegar a apreciar todo lo que tenemos a nuestro alcance, y de cómo malgastamos cada segundo en darle importancia a lo que no la tiene. De cómo mueren olas sin ser observadas. De cómo pasa la brisa sin que la sintamos acariciándonos el rostro...

Terminó de leer el último verso, y volvió a sonreir. Yo estaba encandilada, todavía pensando en todo lo que acababa de oír, cuando me volvió a hablar:

-Y ahora,¿serías tan amable de ayudarme?

Casi convencida de que me estaba pidiendo dinero, saqué el monedero y me dispuse a premiar tan hermoso poema. Pero no pude hacerlo porque su voz, ahora más grave y decidida, volvió a dirigirse a mí:

-No te pido dinero. No lo necesito. Tan sólo me gustaría que le dieses un nombre al poema. Un título.
No sabía qué decir. ¿Un título? ¿Sólo eso? Sorprendida gratamente y dispuesta a complacerle, empecé a pensar cómo podría encabezarse la poesía...Pero no fue fácil en absoluto. Hubiese resultado más fácil para mí el entregarle todo el dinero que acababa de sacar del cajero. O comprarle un chalet en la Moraleja.
Porque algo tan bonito, tan sincero y tan valioso no era fácil de ser titulado.Hasta que por fin, después de unos minutos que me parecieron horas, dije, pensativa:- Lo único que se me ocurre es... culpabilidad.Su mirada se cargó entonces de bondad y de comprensión. Me preguntó:-Muy bonito, pero... ¿por qué?Miré hacia abajo un momento para contestar:

-Porque es lo que he sentido al escuchar ese poema.

Al oirme, sonrió por tercera vez y bajó la vista hacia su cuaderno. Escribió "Culpabilidad" sobre el primer verso, con letras cursivas, y pasó la página. Olvidándose de mí, empezó entonces a escribir lo que parecía ser otra poesía. No volvió a mirarme.

Pasados unos minutos y comprendiendo que mi conversación con aquel muchacho se había terminado, proseguí mi vuelta a casa. Entonces, al pasar frente a la librería, el librero (que estaba en la puerta y lo había visto todo) me dijo, sonriente:

-A mí también me pidió un título hace unos días para otra poesía de las suyas, y te prometo que no he vuelto a ser el mismo desde entonces...

6 comentarios:

  1. Se nota que te van los pintas, rizosa. La próxima vez que un desconocido te hable huye, que eres pequeña.

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  2. La verdad es que es muy curiosas estas aportaciones que surgen de donde menos te lo esperas, porque, a mi al menos eso me hace pensar en muchas cosas y plantearme muchas otras como la rutina que tenemos a diario, el estilo de vida que llevamos (si es el que queremos o el que necesitamos llevar,,,) y todo eso es curioso que te lo haga ver un poema de un desconocido. Eso me hace pensar que aun no estamos del todo perdidos :D me hace pensar que aun queda gente interesante y desinteresada,,, eso me gusta :D Me ha pasado algo parecido en una ocasion, y me hizo pensar de aquella, y ahora con esto he vuelto a pensar :D Gracias niña ^^ gracias por compartir la experiencia :D

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  3. Hoy en día queda tan poca gente así..

    Por una vez, te responderé citando palabras ajenas. Este texto lo escribió Ciruelo, y lo puedes encontrar en su "Cuaderno de Viajes".

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    Cuentan los aldeanos que cierto día, un extraño joven con una mochila a su espalda y rodeado de pájaros, pasó por el pueblo.
    Solo bebió un poco de agua y habló brevemente con un grupo de niños antes de seguir su camino.
    -"Era un ángel, y llevaba sus alas cubiertas por la mochila."-dijeron los niños con naturalidad.

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  4. A mí un dia se me apareció "el poeta de la Mousse", pero se me pasó cuando Mildred me subió la medicación.

    Ahora sólo veo Dragones.

    Dan, Creo que deberías de hacer un recopilatorio de letras de Ciruelo, Perales y Armando Manzanero y llamarle "Biofrutales"

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  5. Ciruelo es un ilustrador, no un cantante :o

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