El sol empezaba a caer sobre el mar, frente a ella, y un par de gaviotas planeaban en círculos allá donde su vista alcanzaba a mirar, sobre las rocas.
Pensaba en cómo le echaba de menos, en lo mucho que necesitaba una de sus palabras al oído en ese mismo instante... cuando la arena a su lado se revolvió y alguien se sentó junto a ella. Era él.
Ninguno de los dos dijo nada, tan sólo continuaron observando juntos el atardecer. El corazón de la muchacha latía más y más deprisa, travieso, y su respiración abandonó el compás de las olas y se convirtió en tormenta.
Tenía miedo. Y no era un miedo racional, (no quería tener miedo) pero algo en su interior le impedía acercar aún más su cuerpo al de él, su vida a la del chico. Estaba ahí, junto a ella, tan cerca que la brisa inundaba todo con su aroma profundo y masculino... pero había un muro extraño entre los dos que les situaba en playas distintas, en mundos distintos. Qué pasaba, se preguntó. Por qué.
Una ola valiente empapó sus pies y le hizo dar un pequeño respingo que acabó con el sueño. Con los ojos brillantes inundados de mar se levantó y miró a su derecha, justo donde él se había sentado en su mente. Y comprendiendo (asimilando) que ningun granito de arena se había movido desde hacía horas a su lado, se alejó caminando por la orilla en busca de un nuevo amanecer.
Quién sabe.











